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Los Cuidados Maternales (Notas cordobesas)

De Cordobapedia
Revisión del 20:08 24 ago 2026 de Aromeo (discusión | contribs.) (Incorporación de Notas cordobesas, de Ricardo de Montis)
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Los Cuidados Maternales es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

En estos días en que la cristiandad celebra el acontecimiento más grande que registra la Historia y, al conmemorarlo, parece que escribe el poema sublime del amor y de la ternura maternales, creemos oportuno recordar las que pudiéramos llamar estrofas de ese poema que la familia rimaba antiguamente en el hogar, lleno de inefables venturas.

Autes [sic] de que naciera el hijo, aguardado como verdadero fruto de bendición, su madre se dedicaba a confeccionar el hatillo del futuro vástago, poniendo en tal labor todo el cuidado, todo el esmero, toda la delicadeza propios y característicos de la mujer.

Ayudábanle en la obra las demás mujeres de la casa, entre las que se suscitaba una competencia de buen gusto y de habilidad para adornar primorosamente las mantillas, el gorrito y las demás prendas que luciría el recién nacido en el solemne acto de recibir las aguas bautismales.

Siempre que se reunía la familia su conversación basábase en lo mismo, en el suceso que se avecinaba. Discutíase los nombres que se había de imponer al anhelado ángel del hogar y todo se volvía augurios y vaticinios halagüeños.

Si era varón poseería inteligencia privilegiada, nobleza de sentimientos, gallarda figura; llegaría a ocupar un puesto preferente en la sociedad. Si era hembra llamaría la atención por su hermosura, por su gracia; poseería un tesoro inapreciable de virtudes.

La madre sólo entregaba su hijo a la nodriza cuando le era absolutamente imposible amamantarle. No quería que senos mercenarios criaran al ser qne [sic] era carne de su carne y que ella tenia el deber de alimentar con el jugo de sus propios senos.

¡Con qué sublime ternura le dormía ya en el regazo, bendito sagrario del amor materno, ya en la cunita semicubierta por nívea colgadura de gasas y encajes, que semejaba una azucena en capullo!

¡Y cuán dulcemente arrullaba el sueño del pequeñuelo con esos cantares monótonos, llenos de melancolía, que únicamente las madres saben entonar y que son misterioso y eficaz beleño para la infancia!

Con el pequeñuelo en los brazos, a fin de que no llorase, realizaba hasta las operaciones domésticas más penosas y, si era preciso, robaba horas al sueño para dedicarlas a las faenas que el cuidado del niño impedíale efectuar durante el día.

La madre jamas confiaba a su servidumbre los cuidados del niño; ella le planchaba las ropas, ella se las zahumaba con alhucema, en las enjugaderas, cuando se las iba poner; ella le vestía; ella preparábale los primeros alimentos que habían de sustituir a la lactancia.

La aparición del primer diente del chiquillo constituía para su familia un acontecimiento y originaba general regocijo.

Cuando el rapaz era vestido de corto concedíasele un puesto en la mesa estufa y en la del comedor y ante ellas se le sentaba en el alto silloncito, procurando entrenerle [sic] con juguetes y distracciones propias de su edad.

Los padres pasaban horas y horas absortos en la contemplación de su hijo, que constituía para ellos un tesoro de encantos y perfecciones

Apenas el pequeñuelo comenzaba a balbucir las primeras palabras, su madre imponíase la alta misión de inculcarle los principios sublimes de la Religión católica, de hacer que germinara en su alma la simiente de la Fe. Enseñábale a signarse y, a fuerza de repetirlas, le obligaba a aprender las oraciones que había de decir al acostarse y al abandonar el lecho.

El padre en sus ratos de ocio y los hermanitos se dedicaban también a enseñarle las primeras letras, la Cartilla , utilizando una pedagogía especial, hermosa, basada en la caricia y en el beso.

Para los padres el primer dechado de la niña y la primera plana del niño eran presentes de inestimable valor que guardaban como oro en paño.

También conservaban, lo mismo que se conserva una reliquia, las ropitas y los juguetes del pequeñuelo que abandonaba este mundo y no podían contemplarlos sin que el llanto nublase sus ojos.

Antiguamente el pueblo, cuando moría un niño, convertía el velatorio en una fiesta para celebrar el tránsito del nuevo Angel desde este mundo a la Gloria.

Tal fiesta agudizaba el dolor de los padres que acababan de perder para siempre a su hijo idolatrado y les hacía abominar de una costumbre absurda que, por fortuna, ya ha desaparecido.

¡Cómo laceraba al corazón maternal la imprescindible frase “Angelitos al cielo y ropita al arca” que, a guisa de consuelo, dirigían a los afligidos padres todos los concurrentes al velatorio!

Diciembre, 1923.