Rafael Chichon es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.
Texto
Hace cuarenta años residía en Córdoba un matrimonio al que miraban con envidia muchas personas.
Marido y mujer hallábanse en plena juventud; él llamaba la atención por su arrogante figura, por su porte distinguido, por su espesa y larga barba rubia; ella por su espléndida hermosura, por su elegancia: por su majestad de reina.
El llamábase Rafael Chichón de Llanos y era hombre de vasta cultura. Hablaba correctamente varios idiomas y sabía manejar, con destreza, los pinceles y la pluma.
Vivían con holgura, sin estar sujetos a la dura ley del trabajo, y todo el mundo, al verles, alegres, satisfechos, en paseos, en teatros, en reuniones aristocráticas, decía o pensaba con rara unanimidad: he aquí una pareja feliz.
Rafael Chichón, para distraer sus ocios, copiaba y restauraba cuadros antiguos, distinguiéndose por su habilidad en la imitación de los del Greco, y escribía cuentos, artículos de costumbres y crónicas interesantes.
Formaba parte de la redacción del batallador diario local El Adalid , defensor de la política del famoso pollo antequerano Romero Robledo y en dicho periódico empezó a usar y popularizó el pseudónimo de Rafael de Córdoba, utilizado después por otros escritores.
El carácter de Chichón armonizaba perfectamente con el de sus compañeros de El Adalid , Enrique y Julio Valdelomar y Emilio Cabezas.
Los cuatro derrochaban el ingenio y la gracia, lo mismo cuando se reunían ante la mesa del trabajo que cuando se congregaban, con otros compañeros y amigos, en la taberna de Colmenero o asistían a las tertulias del Conde de Cárdenas.
Rafael Chichón deleitaba a todos con su charla amena y culta; ya con curiosos relatos de viajes, ya con narraciones de extrañas aventuras, y lo mismo contaba un chascarrillo rebosante de gracia que recitaba con voz campanuda y dramática entonación una poesía.
Parodiaba de modo admirable el estilo de los poetas más famosos, siendo ésta una de las principales manifestaciones de su ingenio.
No resistimos la tentación de reproducir la siguiente imitación de Selgas:
LA FLOR Y EL CEFIRO
La flor. - ¿Por qué me soplas a mí? El céfiro. - Porque sí. La flor. - ¿Quieres que te sople yo? El céfiro. - Por qué no. (Se soplan.)
Chichón sostenía un pleito de gran importancia con una Sociedad minera y las actuaciones de aquél obligáronle a trasladar su residencia, primero a Madrid y luego a París.
Lo mismo en la Corte de España que en la capital de Francia continuó viviendo con holgura, sin estar sujeto a la dura ley del trabajo, gozoso, feliz.
Un día la adversidad le asestó un terrible golpe. Chichón vió desaparecer de su lado, para siempre, a su idolatrada compañera.
Otro día supo que los Tribunales habían fallado en contra de él el pleito famoso que le permitiera vivir con holgura durante medio siglo.
Agobiado por el peso de la edad, solo, sin recursos y en tierra extraña, nuestro hombre decidió volver a Córdoba, su ciudad natal, donde pasó los mejores años de su juventud, donde dejara, al ausentarse, muchos y buenos amigos.
Mas al tornar aquí, enteróse, con dolor profundo, de que casi todos aquellos habían desaparecido. Ya nadie le conocía. La gente miraba con extrañeza a aquel anciano decrépito, de luenga barba blanca, semejante a una figura bíblica.
El pobre viejo llamó a varias puertas y todas permanecieron cerradas.
Al fin obtuvo un puesto en la redacción de un periódico; en la prensa local volvió aparecer el pseudónimo de Rafael de Córdoba firmando los artículos del primer escritor que lo usara
Casi al mismo tiempo una Corporación oficial ericargóle la restauración de varios cuadros antiguos.
Chichón había resuelto, modestamente, el problema de la vida, recurriendo, para conseguirlo, a las profesiones que, por distracción, ejerciera durante su juventud.
Mas su salud quebrantada resintióse hasta el punto de obligarle a guardar cama y como en una modesta casa de huéspedes no podíasele atender como su estado requería, el veterano periodista fue conducido al hospital.
En el último asilo de la desgracia, donde se pierde hasta la personalidad, donde el nombre se convierte en un guarismo, allí, en el revuelto montón de los infortunios y las miserias sociales, obligáronle a rendirse en la jornada de la vida, más que los dolores físicos, los padecimientos morales, los desengaños y las ingratitudes.
¡Descanse en paz Rafael Chichón de Llanos!
Junio, 1924.
