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Lineros Y Casilleros (Notas cordobesas)

De Cordobapedia
Revisión del 20:08 24 ago 2026 de Aromeo (discusión | contribs.) (Incorporación de Notas cordobesas, de Ricardo de Montis)
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Lineros Y Casilleros es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

En Córdoba, hace muchos años, hubo gran número de industrias que han desaparecido, algunas de excepcional importancia, como la de los guadameciles, que dió renombre a nuestra ciudad.

Una de las más extendidas fue la consistente en la preparación del lino para hilarlo y tejerlo.

Bastantes familias, además de poseer un establecimiento o ejercer una profesión, dedicábanse a dicha industria, la cual llegó a adquirir tanto desarrollo que pasaron, a veces, de un centenar las casas destinadas a la limpieza del cáñamo, operación en que se ocupaban innumerables obreros.

Aunque dichas casas estaban diseminadas en toda la población, el mayor número de ellas y las más importantes se hallaban en la calle de Emilio Castelar que, por este motivo, llamábase de Lineros.

Entre los últimos industriales cordobeses de esta clase figuraban don Fernando Barrionuevo y Baena, establecido en la calle de San Pablo; Bergillos, en la del Toril; García, en la de Lucano; Fernández, en la de Lineros, y Pérez, en la de la Espartería.

Este individuo pertenecía a una familia dedicada a industrias típicas de Córdoba, como las de la seda y la platería y la gente conocíale por un original y gracioso remoquete: el Caballero de la pernada.

¿Cuál era el origen de este apodo? Vamos a satisfacer la curiosidad de nuestros lectores.

Pérez tenía el prurito de hablar bien, con irreprochable corrección y, en ocasiones, por no usar palabras que él consideraba ordinarias o vulgares, aplicaba otras con gran impropiedad.

Un día vió a un chiquillo acercarse a una caballería que piafaba inquieta y díjole en tono imperativo: muchacho, retirate; ¿no ves que te va a dar una pernada?

La frase corrió de boca en boca y originó el alias indicado.

En el pintoresco y abigarrado conjunto de diligencias, carros, caballerías de trajinantes y caminantes que antaño animaba a nuestras carreteras, destacábanse recios mulos con cargas de lino y cáñamo en balas, que venían casi siempre de Valencia, para regresar a su región cargados de seda, con destino a las fábricas de damascos y terciopelos.

El lino valenciano era preferido al de otras partes porque tenía menos residuos de hojas y caña y resultaba más fácil su limpieza.

Esta efectuábanla por medio de rastrillos, especie de lavaderos de madera, con grandes púas de acero, sobre las que restregaban una y cien veces el cáñamo y el lino hasta dejar sus hebras limpias.

Esta operación producía bastantes molestias a los obreros que la realizaban, pues envolvíales en una nube de polvo que, a las personas que no estaban acostumbradas a aspirarlo, les provocaba continuos estornudos.

Preparado el lino para utilizarlo, de primera o de segunda, según su grado de limpieza, envovíasele en papeles sujetos con un bramante, formando paquetes de libra y de media libra.

Así se enviaba a las tiendas donde había de expendérsele, que eran casi todas las de la capital, lo mismo la de telas que la de comestibles, de igual modo la taberna que la especería.

Las familias de holgada posición adquiríanlo en grandes cantidades y las pobres lo compraban de media en media libra, dedicándose todas las mujeres, especialmente las viejas, a hilarlo por el primitivo procedimiento de la rueca y el huso.

En muchas casas había también telarillos donde se tejían lienzos bastos, pero de mejor calidad y de más consistencia que la mayoría de los que se fabrica ahora.

Cuando se aproximaba el Carnaval la gente joven recurría a los lineros o rastrilleros, que así también se les denominaban, para que les proveyeran de estopa con que confeccionar la peluca o la barba que había de completar sus disfraces.

Rastrillado el cáñamo y clasificado también como el lino, el de calidad inferior, al que se denominaba horruras, era destinado a la fabricación de cordeles y bramantes, otra industria que obtuvo gran desarrollo en Córdoba y que ya ha desaparecido.

El Campo de Madre de Dios y sus inmediaciones estaban llenos de estas fábricas, todas muy pequeñas, a las que se le denominaba casillas del Cáñamo.

Cerca del Asilo de Mendicidad hay una calleja en la que, antiguamente, sólo habitaban cordeleros o casilleros, por lo que aún conserva el nombre de calleja del Cáñamo.

Las talabarterías estaban abarrotadas de cordeles de todas clases; desde los gruesos y resistentes conque se amarraba la barca a la orilla del Guadalquivir y se sujetaba los bueyes a la carreta hasta el más delgado que las mujeres utilizaban para tendederos.

Los chiquillos iban a las casillas del Cáñamo, ya para comprar la cuerda con que habían de echar la cometa, ya para adquirir el zumbel destinado a bailar el trompo.

Los casilleros, por regla general, eran gente pendenciera, entre la cual, en muchas ocasiones, se desarrollaron sangrientos dramas.

Las industrias del lino y del cáñamo desaparecieron hace bastantes años, según ya hemos dicho, y de ellas sólo las personas de avanzada edad conservan el recuerdo, como de nuestras fábricas de paños, famosas por sus capotes de monte, indispensables en la típica indumentaria de los contrabandistas y los bandoleros antiguos.

Septiembre, 1924.