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Industrias Que Desaparecen (Notas cordobesas)

De Cordobapedia
Revisión del 20:08 24 ago 2026 de Aromeo (discusión | contribs.) (Incorporación de Notas cordobesas, de Ricardo de Montis)
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Industrias Que Desaparecen es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

Así como han desaparecido bastantes industrias características de Córdoba, hay otras, algunas muy típicas a punto de desaparecer.

Una de ellas es la de la candiotería y adobado de aceitunas en pequeña escala.

Antiguamente casi todas las personas que se dedicaban a ejercitarla hallábanse establecidas en la calle de la Feria, de la que eran una nota original y pintoresca las tonelerías como los pequeños talleres de los abaniqueros y paragüeros.

En amplios portales, algunos mucho más altos que el piso de al calle, tenían su obrador y sus almacenes los candioteros y allí trabajaban sin descanso desde que amanecía hasta que sonaban, lentas, as campanadas de la oración de la tarde.

Mientras unos se dedicaban a cortar las duelas, otros las curvaban, operación en la que, según los inteligentes en el oficio, no había quien aventajara a los operarios cordobeses; estos armaban los barriles y demás artefactos, aquellos cortaban los flejes y remachaban el cierre de los aros que unían y sujetaban las duelas.

En la época de la recolección de la aceituna las faenas de los candioteros aumentaban extraordinariamente con la preparación del fruto del olivo para adobarlo.

No constituía el principal negocio de estos industriales la construcción de barriles y candiotas, sino la de cubos y cubetas que hoy ha disminuido extraordinariamente porque a los recipientes citados se les sustituye en casi todas las casas por otros de metal.

Las candioterías de la calle de la Feria diferenciábanse de las de otras calles únicamente por sus dimensiones, en todo lo demás eran iguales.

Colgados en el umbral de la puerta aparecían, a guisa de muestra, cubetas y cubos; en el centro del portal el banquillo de labrar las duelas; en el fondo las enormes tinajas de barro repletas de aceitunas.

Como estas constituían un elemento esencial de la alimentación del pobre, por la mañana albañiles y otros obreros iban a las tonelerías para comprar dos cuartos de aceitunas enteras que, muchas veces, era su único almuerzo.

Las familias que no preparaban en sus casas aceitunas para el año, a las horas de comer mandaban a dichos establecimientos, ya por las exquisitas aceitunas partidas o rayadas, ya por las enteras de lejía, y la sirviente encargada de la compra, a cambio de muy poco dinero, llevábase un tazón o una olla completamente lleno del sabroso fruto, sin que nunca le faltara, por recomendación de la doméstica, la cabeza de ajos, uno de sus aliños indispensables.

El oficio de candiotero se transmitía, no sólo de padres a hijos, sino de generación a generación y estaba vinculado en determinadas familias, las cuales, para que no pudieran aprenderlo otras, solamente admitían como aprendices, para enseñarles la profesión, a los muchachos de los toneleros.

Hoy las grandes fabricas de barriles de madera establecidas en España y en el extranjero y los importantes almacenes que hay en Córdoba para surtir a todos los mercados de aceitunas adobadas, han hecho desaparecer, casi por completo, una modesta industria típica de nuestra ciudad.

Otra que se encuentra en las mismas circunstancias es la de la paragüería y abaniquería dedicada, no a fabricar, sino a componer paraguas y abanicos.

Implantáronla aquí, hace bastante más de un siglo, unos franceses que se establecieron en la Cuesta de Luján, por lo cual se dió a esta calle el nombre de Cuesta de los Gabachos, y a los que siguieron en el negocio, hasta nuestros días las familias cordobesas de Villarreal y León.

Mas la paragüerías y abaniquerías que ostentaban un sello característico que tenían el encanto de lo primitivo, de la sencillez, eran las de la calle de la Feria.

Hallábanse instaladas en portales pequeñísimos, que a la vez servían de taller y vivienda a dichos industriales.

En el centro una mesa grande, muy baja, que en invierno era sustituida por una mesita estufa, hacía las veces de banco de trabajo donde se realizaba la mayoría de las operaciones de la industria.

Sentados a su alrededor, hombres y mujeres dedicábanse, con asiduidad, a múltiples tareas; a sustituir una varilla o un bordón rotos de un abanico por otros nuevos; a ponerle un clavillo o a pegarle la tela desprendida del varillaje. A colocar una ballena al enorme paraguas encarnado reemplazando otra inservible o a colocarle una coronilla que ocultase la rotura de la parte superior.

Cuando había mucho trabajo, generalmente a la entrada del estío y del invierno, abaniqueros y paragüeros tenían que velar y, a las altas horas de la noche, veíaseles a través de las puertas de cristales de sus portalillos, sin dar paz a la mano, para cumplir todos sus ofrecimiento con la mayor exactitud posible.

A la hora en que los alumnos de la Escuela provincial de Bellas Artes salían de las clases, invadiendo como bandadas de pájaros la plaza del Potro y las calles contiguas, muchos se detenían ante la puerta del taller de Goiseda, aquel hombre tan obeso como corto de estatura, que figuró entre los jefes del Ejercito carlista, para verle remendar un abanico o un paraguas o para dirigirle algunas bromas que producían un efecto malísimo al partidario acérrimo del Pretendiente.

La mesa de pino o la mesita estufa en que trabajaban estos industriales servíales también para comer y la utilizaban, asimismo, como bufete siempre que tenían que ajustar sus cuentas o despachar su correspondencia.

Cuando no era preciso trabajar durante la noche, el paragüero y su familia pasaban las veladas en invierno alrededor de la estufa, leyendo a la débil luz de un quinqué de petróleo una novela de las que adquirían a cuartillo de real la entrega y, en verano, sentados ante la puerta, viendo pasar la gente que iba a disfrutar del fresco en el paseo de la Ribera o a zambullirse en las apacibles aguas del Guadalquivir.

Agosto, 1925.