Hace treinta y cinco años las calles del Barrio de la Catedral quedaban casi desiertas apenas sonaba el toque de ánimas, especialmente en invierno.
Pues bien, para las personas de espíritu observador que transitaran por una de esas calles, la de Pedregosa, desde las nueve hasta las once, no pasaría inadvertido un extraño movimiento de gente.
Verían a algunos hombres embozados hasta los ojos en sendas capas, separadamente dirigirse a una vieja casa de extraña construcción, cuya fachada formaba un angulo recto, penetrar en el portal lleno de muestrarios de fotografías, llamar al portón, abrirse este y perderse aquellos en la profunda oscuridad de la planta baja del edificio.
Y si tales observadores volvían a pasar por el sitio indicado o la curiosidad les retenía en las inmediaciones de la casa a que nos referimos, sin temor a los rigores de la temperatura, volverían a ver a los hombres misteriosos, embozados en sendas capas, salir del viejo edificio a la calle de Pedregosa, en pequeños grupos, sosteniendo animadas conversaciones pero en voz tan baja que era imposible oirlas aunque se estuviese muy cerca de ellos.
Aprovechando los momentos en que alguno de aquellos noctámbulos se bajaban el embozo para respirar con libertad o para fumar un cigarrillo, si había cerca un farol, a su débil luz, podía reconocerse a los embozados que, en el primer tercio del Siglo XIX habrían pasado por fantasmas para el pueblo.
Todos eran hombres muy conocidos en Córdoba, personas cultas y la mayoría con títulos profesionales.
¿Se trataba de una reunión de conspiradores; de un centro donde se concertaban terribles planes para provocar la revolución, para hundir el régimen, acaso para transformar el mundo entero? No, se trataba sencillamente de un centro espiritista.
Las teorías de Allan-Kardec tenían, entonces, en nuestra capital muchos partidarios y estos fundaron una especie de casino para cambiar impresiones acerca de sus estudios y experiencias, para ponerse en comunicación con los espíritus, valiéndose de mediums y conseguir curiosísimas revelaciones, vedadas a los mortales que no creemos en las doctrinas de Mesmer.
Don Ventura Reyes Corradi, fotógrafo, pintor, literato y periodista, gran entusiasta del espiritismo, ofreció generosamente su casa para las reuniones de sus colegas, y allí, en una amplia habitación del piso principal, mezcla de despacho y de estudio de artista, se congregaban los espiritistas cordobeses un par de noches a la semana.
Tal entusiasmo se despertó entre aquellos, que llegaron hasta a fundar una revista, como elemento de propaganda, de la que era director propietario un ingeniero.
La curiosidad engendró en nosotros un vivo deseo de presenciar una de las reuniones indicadas.
Lo expusimos a don Ventura Reyes Corradi, con quien nos unía una buena amistad, y amablemente nos ofreció el camarada en las tareas periodísticas invitarnos a la primer sesión experimental que celebraran los discípulos de Allan-Kardec.
No es necesario decir que el fotógrafo de la calle de Pedregosa cumplió su ofrecimiento y, al poco tiempo, una noche tuvimos la satisfacción de ser presentados a los señores que formaban aquella especie de congreso espiritista y el honor de que nos dedicasen una sesión extraordinaria.
Confesamos que nuestro asombro fué grande al ver congregadas en el salón que servía de estudio y despacho al señor Reyes Corradi, a una docena de personas respetables, serias, cultas que creían a pie juntíllas en la transmigración de las almas, en la aparición de los espíritus y en otras chifladuras por el orden.
Uno de los concurrentes, el ingeniero director de la revista que ya hemos citado, pronunció una larga disertación, de la que entendimos muy poco, para exponernos las teorías elementales del espiritismo e inmediatamente comenzaron las experiencias.
Aquellos señores; valiéndose de los mediums, evocaron los espíritus y estos; obedientes acudieron al conjuro, y contestaron a toda clase de preguntas en la forma enigmática que, según parece, usan siempre en sus conversaciones.
Después las almas del otro mundo anunciaron su presencia por medio de misteriosos golpes; se hizo girar y ejecutar una especie de danzas en el espacio al simbólico trípode y, finalmente, hasta se llegó a obtener fotografías de algunos espíritus.
Confesamos que todo aquello nos parecía una comedia de magia; que los golpes de las almas del otro mundo nos recordaron los del comendador cuando acude a la cena de Don Juan Tenorio; las evoluciones del trípode trajeron a nuestra memoria los ganchos que el prestidigitador oculta en los puños de la camisa para mover el velador sobre el cual tienen apoyadas las manos varias personas y en las fotografías de los espíritus sólo vimos sombras más o menos esfumadas, humo; quizá el humo que se desprendía de los cigarros de los concurrentes.
Sin embargo, como es lógico suponer, nos mostramos plenamente convencidos y satisfechos de la realidad de aquellas ficciones, pues la cortesía así lo demandaba.
Al salir nos pareció que los retratos expuestos en el muestrario del portal sonreían burlonamente y comentaban la credulidad inconcebible de los espiritistas.
Referencias

