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La creciente del Guadalquivir de 1626 fue una importante riada del Guadalquivir ocurrida en Córdoba en enero de 1626, dentro de un episodio de intensas precipitaciones que provocó inundaciones en distintas zonas de España y Portugal.

La avenida alcanzó su máximo en Córdoba el sábado 24 de enero de 1626. Aunque las aguas inundaron amplias zonas de las márgenes del río y cubrieron buena parte del Campo de la Verdad, la ciudad intramuros sufrió daños relativamente limitados.

El acontecimiento tuvo además una consecuencia excepcional: la erosión producida por el río dejó al descubierto restos de antiguas construcciones, instalaciones hidráulicas y enterramientos en la margen izquierda del Guadalquivir. El erudito cordobés Pedro Díaz de Rivas estudió los hallazgos y publicó poco después la obra Relación de algunos edificios y obras antiguas que descubrió el río Guadalquivir cerca de Córdoba con la gran creciente que trujo estos días.[1]

La relación constituye uno de los testimonios más interesantes sobre las inundaciones del Guadalquivir y sobre los primeros estudios arqueológicos realizados en Córdoba.

Las lluvias de 1626

La riada cordobesa formó parte de un período de lluvias excepcionalmente intenso.

Pedro Díaz de Rivas comienza su relación señalando que las inundaciones habían afectado a numerosos lugares de España y Portugal. Menciona expresamente las noticias recibidas desde Sevilla, Lisboa, Madrid y Salamanca, donde las crecidas habían provocado pérdidas en campos, ganados, edificios y personas.[1]

El Guadalquivir llegó a Córdoba enormemente crecido por dos causas que el propio autor identifica:

  • las lluvias frecuentes;
  • el deshielo de las nieves de las sierras cercanas.

Según Díaz de Rivas, el río «pasó sus antiguos límites» e inundó las tierras próximas, destruyendo heredades cultivadas y causando pérdidas de ganado.[1]

24 de enero de 1626

El momento culminante llegó el sábado 24 de enero de 1626.

Díaz de Rivas escribió que el Guadalquivir:

«creció con tanta demasía, que sobrepujó las señales antiguas».[1]

La observación resulta especialmente importante porque en Córdoba existía ya una especie de memoria física de las grandes inundaciones.

En el Humilladero de la Fuensanta se conservaba una señal que indicaba hasta dónde había llegado la gran creciente de 1554, considerada hasta entonces una de las mayores conocidas por los cordobeses.

La avenida de 1626 superó aquella marca.[2]

El dato convierte la crecida de 1626 en una de las mayores avenidas históricas documentadas del Guadalquivir a su paso por Córdoba.

El Campo de la Verdad

El Campo de la Verdad, situado en la margen izquierda del Guadalquivir, quedó cubierto por las aguas.

Díaz de Rivas lo describe como:

«un barrio de la otra parte del río».

Según su testimonio, el agua llegó a alcanzar en algunos lugares cerca de dos varas de altura.

A pesar de ello, el autor destaca que no se produjeron allí daños equivalentes a los sufridos en otras poblaciones afectadas por las inundaciones.[1]

Por qué Córdoba resistió la inundación

Uno de los aspectos más interesantes de la relación es el intento de Pedro Díaz de Rivas de explicar racionalmente por qué una avenida tan extraordinaria no había provocado una catástrofe mayor en Córdoba.

Según el erudito, la causa se encontraba en primer lugar en el propio emplazamiento de la ciudad.

Aunque Córdoba se encuentra junto al Guadalquivir y sobre un terreno relativamente llano, el casco urbano se eleva progresivamente desde la ribera y sus pendientes conducen las aguas hacia el río.

Díaz de Rivas atribuye esta disposición a:

«la postura y traza que le dieron sus fundadores».[1]

Pero introduce además una segunda explicación de enorme interés histórico.

Consideraba que los habitantes de Córdoba habían aprendido de las inundaciones anteriores y que durante siglos se habían realizado obras destinadas a proteger la ciudad.

Destacaba especialmente las actuaciones realizadas durante el período de Al-Ándalus, afirmando que los musulmanes habían construido reparos y obras de protección frente a las avenidas.

El texto constituye así un temprano reconocimiento de la importancia de la planificación urbana y de la adaptación de Córdoba al riesgo de inundación.[2]

Los restos descubiertos por el río

La consecuencia más extraordinaria de la creciente fue de carácter arqueológico.

La fuerza del Guadalquivir erosionó terrenos de la margen izquierda y dejó al descubierto muros, construcciones hidráulicas y enterramientos antiguos.

Los hallazgos se produjeron en el entorno del Campo de la Verdad, próximo al antiguo barrio del Espíritu Santo y a la zona de San Julián.

Pedro Díaz de Rivas acudió a examinar los restos y dedicó la mayor parte de su relación a intentar determinar su naturaleza y antigüedad.[2]

El episodio constituye uno de los testimonios más antiguos de observación arqueológica directa realizada en Córdoba.

La gran alberca

Entre los restos aparecidos destacó una construcción de grandes dimensiones que Díaz de Rivas identificó como una alberca de época islámica.

El autor observó directamente sus materiales y técnicas constructivas.

Describió el fondo como una superficie completamente lisa cubierta por un revestimiento rojizo semejante al utilizado en otras construcciones hidráulicas andalusíes.

Escribió sobre ella:

«La grandeza de esta alberca es maravillosa».[3]

Díaz de Rivas comparó la construcción con las grandes albercas utilizadas en las huertas y residencias palatinas musulmanas, citando particularmente las de la Arruzafa.

Un complejo hidráulico andalusí

Díaz de Rivas interpretó los restos no como un edificio religioso, sino como parte de un sistema destinado a extraer, almacenar y distribuir agua para el riego.

Las referencias posteriores a su descripción permiten identificar en el lugar diferentes estructuras:

  • una gran alberca;
  • una posible grúa o mecanismo para elevar agua;
  • una azuda;
  • un molino o aceña;
  • diferentes construcciones hidráulicas relacionadas con las huertas próximas.[4]

El historiador cordobés Bartolomé Sánchez de Feria recogió posteriormente la interpretación de Díaz de Rivas y señaló que la crecida de 1751 volvió a descubrir algunos de estos cimientos.

Sánchez de Feria consideraba que los restos confirmaban la existencia de una antigua azuda, molino, alberca y otros artificios hidráulicos.

Las huertas del otro lado del río

Los hallazgos permitían reconstruir también la existencia de una importante zona de huertas al sur del Guadalquivir durante época islámica.

La margen izquierda formó parte de los extensos arrabales meridionales de la Córdoba califal.

Rafael Castejón y Martínez de Arizala relacionó posteriormente estos terrenos con el arrabal de Almunia Achab y con el llamado «Huerto de la Maravilla», situado al otro lado del Guadalquivir.[5]

Las sucesivas crecidas del río modificaron profundamente esta zona y destruyeron buena parte de las estructuras existentes.

Los enterramientos

Junto a las construcciones aparecieron también numerosos sepulcros y restos humanos.

El hallazgo abrió inmediatamente un debate sobre la identidad de las personas enterradas.

Díaz de Rivas consideró que las sepulturas eran musulmanas.

Su interpretación se basó en distintos argumentos.

En primer lugar, recordaba que los musulmanes acostumbraban a establecer cementerios fuera de las zonas habitadas.

En segundo lugar, relacionaba los enterramientos con las estructuras hidráulicas y las huertas que consideraba igualmente de época islámica.

Finalmente observó personalmente la posición de los cuerpos.

Según escribió:

«todos los cuerpos tenían los pies y caras vueltas al río vecino y al Oriente».[3]

La disposición de los enterramientos constituía para él un argumento adicional para negar que se tratara de sepulturas cristianas.

La polémica del monasterio de San Cristóbal

Los hallazgos chocaban con una antigua tradición cordobesa.

Desde hacía siglos se creía que en aquellos terrenos había existido el Monasterio de San Cristóbal, uno de los establecimientos cristianos que habrían subsistido en Córdoba durante el dominio islámico.

Las tradiciones hagiográficas vinculaban además el lugar con los mártires mozárabes San Gumersindo y San Servideo.

La aparición de edificios y sepulturas pareció inicialmente confirmar aquella tradición.

Pedro Díaz de Rivas rechazó, sin embargo, esta interpretación.

Para él, las características constructivas de la gran alberca y la disposición de las tumbas demostraban que los restos correspondían a instalaciones y enterramientos musulmanes y no al antiguo monasterio cristiano.[3]

Fernán Pérez de Torres

La interpretación de Díaz de Rivas provocó una controversia entre los eruditos cordobeses.

Fernán Pérez de Torres escribió un Discurso sobre el monasterio de San Cristóbal de la ciudad de Córdoba en el que defendió la interpretación tradicional.

Pérez de Torres argumentaba que las técnicas utilizadas en la alberca no podían considerarse exclusivamente musulmanas, pues construcciones semejantes habían sido empleadas también por romanos y cristianos.

Por tanto, sostenía que los restos podían pertenecer perfectamente al monasterio de San Cristóbal y que los enterramientos podían corresponder a cristianos.[3]

La discusión constituye un interesante ejemplo de cómo comenzaba a desarrollarse en el siglo XVII una metodología para interpretar restos arqueológicos mediante la comparación de:

  • técnicas constructivas;
  • posición de los enterramientos;
  • textos históricos;
  • tradiciones religiosas;
  • observación directa de los restos.

Pedro Díaz de Rivas

Pedro Díaz de Rivas fue uno de los principales eruditos cordobeses de comienzos del siglo XVII.

Poeta, historiador y anticuario, fue además uno de los primeros comentaristas de la obra de Luis de Góngora.

Dedicó buena parte de su actividad intelectual al estudio de las antigüedades de Córdoba y Andalucía.

Entre sus escritos se encuentran:

  • Piedra de Córdoba que es dedicación al emperador Constantino Máximo (1624);
  • Relación de algunos edificios y obras antiguas que descubrió el río Guadalquivir (1626);
  • De las antigüedades y excelencias de Córdoba (1627).

La relación sobre la riada fue dirigida a Francisco Fernández de Córdoba, Abad de Rute, uno de los principales humanistas cordobeses de su tiempo y amigo de Díaz de Rivas.[6]

La relación de 1626

El título completo de la obra es:

Relación de algunos edificios y obras antiguas que descubrió el río Guadalquivir cerca de Córdoba con la gran creciente que trujo estos días.[1]

Fue publicada en Córdoba hacia 1626 y constaba de cuatro hojas, ocho páginas.

Algunos ejemplares fueron posteriormente incorporados a la obra De las antigüedades y excelencias de Córdoba, impresa en Córdoba en 1627.[7]

Actualmente se conserva, entre otros ejemplares, uno en la Biblioteca Nacional de España, signatura VE/62/27.[2]

Una de las primeras descripciones arqueológicas de Córdoba

La importancia de la obra trasciende la propia historia de las inundaciones.

Díaz de Rivas no se limitó a registrar el hallazgo, sino que intentó interpretar arqueológicamente las estructuras.

Observó:

  • los materiales empleados;
  • los revestimientos;
  • la forma de las construcciones;
  • su relación con el paisaje;
  • la disposición de las tumbas;
  • las fuentes históricas disponibles.

A partir de estas observaciones formuló una hipótesis sobre la existencia de un complejo hidráulico y agrícola de época islámica.

Por ello, la relación puede considerarse uno de los primeros ejemplos de arqueología histórica cordobesa anterior al nacimiento de la arqueología como disciplina científica.

Las crecidas y la transformación del paisaje

Los restos descubiertos en 1626 muestran también hasta qué punto el Guadalquivir ha modificado históricamente el paisaje urbano.

Las sucesivas avenidas desplazaron el cauce, erosionaron las riberas y terminaron destruyendo buena parte de los antiguos barrios situados junto al río.

Investigaciones modernas relacionan los restos descritos por Díaz de Rivas con el entorno del barrio del Espíritu Santo y el antiguo murallón de San Julián, infraestructura destinada precisamente a proteger esta zona frente a las avenidas.[8]

Las continuas reparaciones no pudieron impedir que el Guadalquivir modificara progresivamente todo este sector.

Importancia histórica

La creciente de 1626 constituye un episodio excepcional porque permite estudiar simultáneamente tres dimensiones de la historia de Córdoba.

En primer lugar, documenta una de las mayores inundaciones históricas del Guadalquivir, superior según el testimonio contemporáneo a la gran avenida de 1554.

En segundo lugar, muestra cómo los cordobeses del siglo XVII eran conscientes del riesgo de inundación y atribuían la relativa protección de la ciudad tanto a su emplazamiento como a las obras hidráulicas y defensivas heredadas de generaciones anteriores.

Finalmente, la riada actuó como un inesperado acontecimiento arqueológico, sacando a la luz restos de la Córdoba califal y provocando uno de los primeros debates documentados sobre la interpretación arqueológica del pasado de la ciudad.

Bibliografía

  • DÍAZ DE RIVAS, Pedro: Relación de algunos edificios y obras antiguas que descubrió el río Guadalquivir cerca de Córdoba con la gran creciente que trujo estos días, Córdoba, 1626.
  • CASTEJÓN Y MARTÍNEZ DE ARIZALA, Rafael: Córdoba Califal, Córdoba, 1929.
  • DURÁN RODRÍGUEZ, Domingo: «Don Francisco Fernández de Córdoba, Abad de Rute», Historia y Genealogía, nº 8, 2018, pp. 166-205.
  • SCHIANO, Gennaro: «La memoria de las catástrofes en los géneros informativos de la Alta Edad Moderna», Magallánica. Revista de Historia Moderna, vol. 11, nº 21, 2024, pp. 249-267.
  • BUGELLA ALTAMIRANO, Matilde: «Historia y arqueología en la Córdoba del siglo XVIII. La ciudad», Anahgramas, nº 2, 2016, pp. 66-113.

Véase también

Referencias