
La epidemia de peste de 1649-1650 en Córdoba fue una crisis epidémica que afectó a la ciudad de Córdoba desde el 9 de mayo de 1649 hasta el 15 de junio de 1650, según la cronología establecida por el médico Nicolás de Vargas Valenzuela en su relación contemporánea Trágico suceso: mortífero estrago, que la Justicia Divina obró en la Ciudad de Córdoba, tomando por instrumento la enfermedad del Contagio, impresa en la propia ciudad en 1651.[1]
La obra constituye un extenso testimonio de primera mano sobre la aparición y propagación de la enfermedad, las dudas iniciales de los médicos, el funcionamiento de los hospitales, las medidas de aislamiento y control adoptadas por las autoridades, la asistencia a los pobres, las prácticas religiosas desarrolladas durante la crisis y las operaciones realizadas antes de declarar nuevamente saludable la ciudad.
Vargas Valenzuela cifra en 14.000 fallecidos el número mínimo que, según afirma, podía demostrarse mediante testimonios jurídicos, aunque señala que otros cálculos contemporáneos elevaban considerablemente la mortalidad. El autor se abstuvo de convertir esas estimaciones superiores en una cifra definitiva.[2]
La fuente de Nicolás de Vargas Valenzuela
Nicolás de Vargas Valenzuela era doctor en Medicina, maestro en Filosofía y médico del Santo Oficio. Su libro fue dedicado al obispo Pedro de Tapia, que gobernaba entonces la diócesis cordobesa.
La obra fue impresa en Córdoba por Salvador de Cea Tesa en 1651, pocos meses después de la epidemia. Antes de su publicación recibió la aprobación de fray Miguel de Alcántara, fechada en Córdoba el 8 de marzo de 1651, y la licencia del provisor y vicario general Luis Benito de Oliver, concedida el 21 de marzo de ese mismo año.[3]
El texto no es únicamente una relación médica. Vargas pretendía dejar memoria de la actuación del gobierno de la ciudad y de las numerosas acciones asistenciales desarrolladas por sus vecinos. En la aprobación de la obra se señalaba expresamente que la descripción de las decisiones tomadas durante el contagio podría servir de ejemplo a generaciones posteriores si volvían a enfrentarse a una calamidad semejante.[4]
Al mismo tiempo, la interpretación del acontecimiento responde a las concepciones religiosas y médicas del Siglo XVII. El propio título presenta el contagio como instrumento de la justicia divina, mientras que la narración combina observaciones clínicas, medidas administrativas, teorías sobre la corrupción del aire y continuas referencias a procesiones, penitencias e intercesiones religiosas.
El temor antes de la llegada de la enfermedad
La epidemia no sorprendió completamente a Córdoba. Durante los meses anteriores llegaban noticias de enfermedades contagiosas extendidas por otras ciudades, y la situación de Sevilla provocó especial inquietud debido a la proximidad, las relaciones comerciales y el continuo tránsito de personas entre ambas poblaciones.
Vargas describe una ciudad dominada progresivamente por el temor. Las noticias de fallecimientos, la proximidad de zonas infectadas y los rumores hacían que el contagio se convirtiese en el tema principal de conversación. El médico llegó a reflexionar sobre los efectos físicos que podían producir el miedo, la tristeza y la melancolía, considerando que la continua aprensión también perjudicaba la salud.[5]
Antes incluso de que se reconociese la existencia de la enfermedad dentro de la ciudad comenzaron a adoptarse medidas de prevención.
Cierre y vigilancia de la ciudad
Una de las primeras actuaciones consistió en controlar las entradas a Córdoba. De las numerosas puertas existentes en la muralla quedaron abiertas solamente algunas de ellas y se reforzó su vigilancia.
La custodia fue confiada a personas consideradas capaces de resistir presiones y evitar la entrada irregular de viajeros. Quienes pretendían acceder a la ciudad debían acreditar su procedencia y explicar los lugares por los que habían transitado. Las autoridades intentaban así impedir que personas procedentes de zonas consideradas infectadas pudieran introducir la enfermedad.[6]
La diputación creada para hacer frente al peligro ordenó además cerrar algunos portillos de las murallas. También se restringió la utilización de embarcaciones, ante la posibilidad de que personas procedentes de lugares afectados consiguiesen introducirse en Córdoba siguiendo el río Guadalquivir.[7]
La seda sospechosa y la Torre de la Calahorra
La vigilancia se extendió también a las mercancías. Vargas relata el caso de una importante partida de seda procedente de una zona afectada por la enfermedad que había llegado a Córdoba.
Al conocerse su procedencia, la junta decidió apartarla de la población. La mercancía fue trasladada a la Torre de la Calahorra, donde permaneció aislada mientras se determinaba qué debía hacerse con ella. Finalmente fue destruida mediante el fuego.[8]
El episodio muestra hasta qué punto se consideraba que objetos y mercancías podían transportar el contagio y cómo las medidas sanitarias afectaban directamente al comercio.
Limpieza de calles y aguas estancadas
Las teorías médicas de la época atribuían especial importancia a la corrupción del aire y a los vapores procedentes de aguas estancadas. Por ello se actuó sobre charcas y zonas húmedas próximas a la ciudad, entre ellas las cercanas al Alcázar.
La junta ordenó también limpiar las calles y retirar suciedad y residuos. Vargas presenta estas medidas como parte de un programa preventivo dirigido a eliminar aquello que pudiera corromper el ambiente urbano.[9]
Asimismo se impusieron restricciones sobre determinados alimentos que los médicos de entonces consideraban poco convenientes en una situación epidémica.
Inspección de las boticas
Las autoridades inspeccionaron las boticas cordobesas y comprobaron las cantidades de medicamentos disponibles.
El objetivo era garantizar que, si la enfermedad penetraba finalmente en la ciudad, existieran remedios suficientes para atender a los enfermos. Cuando determinadas sustancias escaseaban se procuraba obtenerlas mediante los circuitos comerciales todavía disponibles.[10]
La llegada de Juan de Góngora
Dentro de las actuaciones extraordinarias desarrolladas antes de la expansión general del contagio se produjo la llegada a Córdoba de Juan de Góngora, natural de la ciudad y miembro del Consejo Real de Castilla.
Góngora reunió en su casa a la diputación encargada de la crisis y convocó conjuntamente a los médicos y cirujanos cordobeses. Vargas destaca la reunión como una diligencia excepcional destinada a conocer la situación sanitaria y coordinar la respuesta.[11]
El primer enfermo: 9 de mayo de 1649
Vargas sitúa con precisión el comienzo del contagio en Córdoba el 9 de mayo de 1649.
El primer caso conocido apareció en la collación de Santa Marina. El enfermo era un hombre que poseía un olivar y que, según la relación, había acogido allí a unos viajeros procedentes de Sevilla. Poco después apareció afectado por una landre, término utilizado entonces para designar una inflamación ganglionar o bulto que fue considerado sospechoso de la enfermedad epidémica.[12]
El hombre murió poco más de dos días después. La preocupación por evitar el pánico llevó a enterrarlo de noche y discretamente en el cementerio de la Iglesia de Santa Marina. Poco después apareció otro caso en la collación de San Andrés, donde una mujer enfermó y falleció rápidamente.[13]
A partir de entonces comenzaron a registrarse enfermos en distintos lugares de la ciudad.
Las dudas sobre si se trataba de peste
Uno de los aspectos más relevantes de la narración de Vargas es la incertidumbre diagnóstica existente durante los primeros meses.
Los médicos cordobeses evitaron inicialmente declarar que se encontraban ante una epidemia de peste. Vargas explica que una declaración de esa gravedad podía tener consecuencias económicas y sociales enormes: aislamiento de la ciudad, suspensión del comercio, restricciones de tránsito y temor generalizado.
Al mismo tiempo, retrasar una declaración cuando realmente existía contagio podía favorecer su extensión.
Esta tensión aparece reiteradamente en el relato. Algunos enfermos presentaban síntomas sospechosos, mientras que otros se recuperaban. Hubo además periodos en los que los casos parecían disminuir para reaparecer después. Los facultativos realizaron declaraciones y observaciones durante meses sin que inicialmente existiera una situación suficientemente uniforme para eliminar las dudas.[14]
Un comienzo relativamente lento
La primera fase de la epidemia fue considerablemente menos intensa que la que llegaría después.
Vargas señala que desde el 9 de mayo hasta el 22 de octubre de 1649 había alrededor de setenta enfermos ingresados en el establecimiento destinado a recibirlos. Para una ciudad de las dimensiones de Córdoba, aquella cifra parecía todavía reducida y contribuía a mantener las dudas sobre la verdadera naturaleza de la enfermedad.[15]
El problema fue que el contagio no desapareció. Permaneció dentro de la ciudad y terminó encontrando espacios donde la transmisión resultaba más fácil.
La cárcel y los mesones de la Corredera
Vargas presta especial atención a la propagación ocurrida entre personas alojadas en lugares muy concurridos.
La enfermedad penetró entre presos y personas procedentes de zonas sospechosas y alcanzó también alojamientos y bodegones situados bajo los portales de la Corredera, espacios en los que convivían numerosos individuos y donde, según el autor, las condiciones de alimentación y alojamiento eran deficientes.
En estos ambientes el contagio comenzó a transmitirse con mucha mayor rapidez y el número de afectados fue aumentando.[16]
Aislamiento de los enfermos
Conforme aumentaron los casos se reforzó la separación entre enfermos y población sana.
Los afectados pobres eran trasladados a los establecimientos hospitalarios. Vargas describe traslados realizados incluso durante la noche mediante sillas y otros medios de transporte. Las personas con recursos podían permanecer atendidas en sus domicilios, siempre dentro de las condiciones establecidas para impedir la comunicación con otros vecinos.[17]
La desigual capacidad económica de las familias determinó por tanto diferentes formas de recibir asistencia, aunque el objetivo sanitario era mantener separados a los sospechosos.
El Hospital de San Lázaro
El principal establecimiento destinado a los afectados fue el Hospital de San Lázaro.
La institución se encontraba fuera del núcleo más densamente habitado y había sido reservada para recibir enfermos sospechosos. Sin embargo, conforme aumentó el número de ingresos, sus dependencias resultaron insuficientes.
Se habilitaron nuevas estancias y edificios próximos, entre ellos dependencias hospitalarias, casas, un mesón y otros espacios disponibles. Vargas afirma que llegó a organizarse un conjunto de nueve enfermerías diferentes, intentando distribuir y separar a los enfermos.[18]
Hasta 1.500 enfermos simultáneos
La magnitud alcanzada por la epidemia queda reflejada en una de las cifras más importantes ofrecidas por Vargas.
En el momento de mayor ocupación, el complejo hospitalario llegó a albergar 1.500 enfermos al mismo tiempo, sin contar los convalecientes.[19]
La cifra muestra la transformación experimentada respecto a los aproximadamente setenta ingresados mencionados en octubre de 1649.
A comienzos de 1650 el escenario había cambiado completamente.
El recrudecimiento de febrero de 1650
Según Vargas, desde los primeros días de febrero de 1650 la enfermedad comenzó a actuar de forma mucho más agresiva.
El contagio dejó de aparecer como un fenómeno relativamente localizado y empezó a afectar a personas de todas las condiciones sociales. El autor destaca que ya no distinguía entre pobres y acomodados y que el número de enfermos y fallecidos aumentó de forma continua.[20]
Para entonces la propia documentación reproducida en la obra empleaba ya expresamente la denominación de «contagio de peste».
Los convalecientes
La preocupación sanitaria no terminaba cuando desaparecían los síntomas.
Las autoridades consideraban que las ropas utilizadas por los enfermos podían conservar y transmitir el contagio. Por ello se organizó un sistema específico para los convalecientes.
Quienes abandonaban el hospital no regresaban inmediatamente a sus hogares con las prendas que habían utilizado durante la enfermedad. Permanecían separados durante un periodo posterior y, una vez considerados completamente recuperados, sus antiguas ropas podían ser destruidas por el fuego.
A los que carecían de recursos se les proporcionaban nuevas prendas, incluyendo camisas, medias y zapatos.[21]
Esta práctica refleja la importancia concedida en la época al contagio mediante objetos, tejidos y enseres.
Organización del gobierno durante la epidemia
La respuesta institucional descansó en una diputación o junta especial relacionada con el gobierno municipal, en colaboración con el corregidor, los veinticuatros y otras autoridades.
La obra de Vargas dedica una parte considerable de su contenido a describir las decisiones de esta administración extraordinaria. Entre sus funciones figuraban:
- Vigilancia de las puertas y accesos a Córdoba.
- Control de viajeros y mercancías.
- Organización de los hospitales.
- Separación de enfermos y convalecientes.
- Supervisión de médicos, cirujanos y personal asistencial.
- Inspección de boticas.
- Limpieza de espacios urbanos.
- Regulación de determinados alimentos.
- Garantía del abastecimiento.
- Gestión de donativos y limosnas.
- Purificación de casas y objetos sospechosos.
- Comprobación final de la desaparición de la enfermedad.
Vargas presenta esta organización como una estructura en continua adaptación al crecimiento de la epidemia.[22]
El obispo Pedro de Tapia
El obispo Pedro de Tapia ocupa un lugar destacado en el relato.
Vargas señala que visitó personalmente los hospitales y a los enfermos pese al peligro existente, además de intervenir en la financiación y organización de la asistencia. El autor lo presenta como una de las principales figuras de la respuesta religiosa y caritativa desarrollada durante la epidemia.[23]
También participaron miembros del Cabildo Catedral, clérigos, comunidades religiosas y numerosos particulares.
La asistencia a los pobres
Una parte muy extensa de Trágico suceso está dedicada a registrar las ayudas proporcionadas a los afectados.
Las necesidades no se limitaban a los medicamentos. Los enfermos, sus familiares y las personas que habían perdido su medio de vida necesitaban alimentos, ropa, combustible y enseres.
La relación menciona sucesivamente aportaciones de:
- Pan y trigo.
- Carne.
- Aves.
- Tocino.
- Legumbres.
- Frutas.
- Vino.
- Leña.
- Plantas aromáticas.
- Camisas y ropa.
- Medias y zapatos.
- Ropa de cama.
- Medicamentos.
- Dinero.
Las contribuciones procedían de particulares, parroquias, conventos, comunidades religiosas, miembros del clero y otras instituciones cordobesas.[24]
La extensión que Vargas dedica a inventariar estas entregas permite conocer no solo la movilización asistencial, sino también las necesidades materiales generadas por una epidemia prolongada durante más de un año.
Abastecimiento de la ciudad
El aislamiento sanitario podía producir un segundo problema: la dificultad para introducir alimentos en Córdoba.
Las autoridades intentaron mantener funcionando los circuitos de abastecimiento y controlar la distribución de productos esenciales. Las decisiones sobre alimentos estaban condicionadas tanto por la necesidad de alimentar a la población como por las ideas médicas de la época acerca de qué productos podían resultar perjudiciales durante el contagio.
La asistencia alimentaria a los pobres se convirtió así en una de las funciones centrales de la respuesta pública y privada.
Religiosidad y epidemia
La reacción cordobesa tuvo una intensa dimensión religiosa.
La propia obra de Vargas interpreta el contagio dentro de una concepción providencial de la enfermedad. Las medidas médicas y administrativas convivieron por ello con rogativas, misas, procesiones, letanías y actos penitenciales.
San Rafael
Antes de la expansión general de la epidemia se recurrió a la intercesión de San Rafael, considerado protector de Córdoba.
Vargas relata que se realizaron actos religiosos con participación del cabildo eclesiástico y de la ciudad y menciona una solemne función celebrada en la Iglesia de San Pedro.[25]
El Santo Cristo de la Misericordia
El 7 de mayo de 1649, dos días antes de la fecha que Vargas considera comienzo del contagio en Córdoba, salió en procesión una imagen del Santo Cristo de la Misericordia.
La ceremonia formó parte de las primeras rogativas realizadas cuando las noticias procedentes de otras poblaciones habían hecho temer que la enfermedad terminase alcanzando la ciudad.[26]
Nuestra Señora de la Salud
Otra de las principales manifestaciones religiosas fue la procesión de Nuestra Señora de la Salud.
La imagen se encontraba depositada en la Iglesia de la Magdalena, aunque Vargas señala que su lugar propio era una ermita dedicada a San Sebastián. Fue llevada en procesión acompañada por las imágenes de San Sebastián y San Roque, santos tradicionalmente invocados frente a las epidemias.
Vargas describe la salida como una procesión de gran solemnidad y señala que posteriormente se celebraron misas y letanías con asistencia de numerosos vecinos.[27]
Las grandes rogativas de 1650
Cuando la epidemia alcanzó su fase más grave durante 1650, las ceremonias religiosas aumentaron.
La relación describe una gran procesión organizada mediante acuerdo de los cabildos, en la que participaron comunidades religiosas, clero, autoridades y numerosos habitantes. Las calles fueron adornadas y se realizaron luminarias y manifestaciones de penitencia.
Vargas dedica numerosas páginas a la organización y recorrido de estas ceremonias, que ofrecen una descripción detallada de la ocupación religiosa del espacio público cordobés durante la crisis.[28]
El impacto psicológico
Vargas proporciona también observaciones sobre el comportamiento colectivo durante la epidemia.
El miedo era permanente. Las conversaciones giraban en torno a los enfermos y muertos, y cada noticia favorable despertaba esperanzas que podían desaparecer pocos días después ante un nuevo aumento de casos.
El médico consideraba que la propia angustia podía favorecer el deterioro físico. La enfermedad generaba por tanto una crisis que no se limitaba a los contagiados, sino que afectaba al conjunto de la vida urbana.[29]
Mortalidad
La cifra más importante proporcionada por Vargas es la de 14.000 fallecidos.
Al finalizar su relación afirma que Córdoba había perdido:
- «catorze mil compañeros, deudos y vezinos nuestros».
Inmediatamente precisa que se trataba del «número menor», es decir, del que podía acreditarse mediante testimonios jurídicos.[30]
El autor conocía otros cálculos que arrojaban una cifra considerablemente superior. Uno de los métodos consistía en calcular el número de casas afectadas y estimar los fallecimientos producidos en cada una. Vargas consideraba que esa operación elevaba notablemente el total, pero se negó a presentar como cierta una cantidad que no estuviese suficientemente demostrada.[31]
Por ello, los 14.000 muertos deben entenderse como el mínimo documentado expresamente por la fuente de 1651 y no como una contabilización necesariamente completa de las víctimas.
Descenso del contagio
Después de los meses de mayor mortalidad, el número de nuevos enfermos comenzó a disminuir.
El título de la obra fija el 15 de junio de 1650 como término del periodo de contagio. Sin embargo, la desaparición de los casos no produjo una reapertura inmediata de Córdoba.
Las autoridades mantuvieron durante varias semanas las precauciones y exigieron comprobar que no quedaban enfermos sospechosos antes de proclamar oficialmente la salud de la ciudad.
Comprobación de la salud
Antes de autorizar la normalización se solicitó la declaración de médicos y otras personas responsables.
Según Vargas, los facultativos manifestaron bajo juramento que llevaban un periodo suficiente sin observar enfermedad sospechosa y que Córdoba podía considerarse libre del contagio.[32]
Aun así, la junta continuó vigilando los casos dudosos y enviando al hospital a cualquier persona que presentase síntomas que pudieran resultar sospechosos.
Purificación de las casas
Antes de proclamar oficialmente la desaparición de la enfermedad se emprendió una operación de limpieza de los inmuebles afectados.
Vargas describe diversas técnicas utilizadas según las concepciones sanitarias de la época:
- Encalado de paredes.
- Limpieza y, en algunos casos, raspado de superficies.
- Lavado de suelos.
- Utilización de vinagre.
- Fumigaciones con plantas aromáticas.
- Empleo de romero, laurel y otras especies vegetales.
- Utilización de humo.
- Quema de pólvora y azufre.
- Destrucción de objetos o ropas considerados peligrosos.
Estas tareas pretendían eliminar cualquier resto del contagio antes de que las viviendas volvieran a ocuparse normalmente.[33]
La publicación de la salud: 24 de julio de 1650
La declaración pública de que Córdoba había superado la epidemia se realizó el 24 de julio de 1650.
Vargas especifica que aquel domingo, a las cuatro de la tarde, comenzó en las casas del cabildo el acto de publicación de la salud. Participaron las autoridades de la ciudad y la ceremonia adoptó un carácter solemne y festivo.[34]
La publicación no debe confundirse con el final médico del episodio. La propia fuente distingue entre el 15 de junio, fecha en la que da por terminado el contagio, y el 24 de julio, cuando, después de semanas de vigilancia y purificación, la ciudad proclamó oficialmente su condición saludable.
Recuperación del comercio
La declaración de salud permitió iniciar la normalización de las comunicaciones.
Las noticias fueron transmitidas a otras poblaciones y comenzaron a levantarse progresivamente las restricciones que impedían comerciar con Córdoba o recibir viajeros procedentes de ella.
Vargas señala que la recuperación no fue instantánea. La confianza entre territorios debía restablecerse y las prohibiciones sanitarias fueron desapareciendo gradualmente.[35]
Una crisis urbana completa
El relato de Nicolás de Vargas Valenzuela permite observar la epidemia como una crisis que desbordó ampliamente el ámbito médico.
Durante más de un año la ciudad tuvo que afrontar simultáneamente:
- Una enfermedad de elevada mortalidad.
- La saturación de los establecimientos hospitalarios.
- El aislamiento de enfermos y sospechosos.
- La atención posterior de los convalecientes.
- El control de las entradas y salidas.
- La interrupción parcial del comercio.
- El abastecimiento de alimentos y medicinas.
- El mantenimiento de miles de personas sin recursos suficientes.
- La limpieza de viviendas y espacios públicos.
- La gestión de enterramientos.
- El miedo permanente de la población.
- Una intensa movilización religiosa.
- La necesidad de determinar cuándo podía considerarse extinguida la epidemia.
La obra muestra igualmente una característica de la sanidad del Siglo XVII: junto a interpretaciones hoy vinculadas a la teoría de los miasmas aparecen prácticas dirigidas directamente a reducir la transmisión, como el control de viajeros, la separación de enfermos, el aislamiento de convalecientes, la destrucción de ropas y mercancías sospechosas y la vigilancia prolongada antes de levantar las restricciones.
Valor histórico de Trágico suceso
Trágico suceso constituye una fuente especialmente detallada para conocer la vida cotidiana de Córdoba durante la epidemia.
Su interés reside en la combinación de varios planos documentales:
- Médico, por las descripciones de enfermos, síntomas y debates entre facultativos.
- Sanitario, por el relato de aislamientos, hospitales, convalecencias y operaciones de limpieza.
- Institucional, por describir la actuación de la junta, el corregidor, el cabildo y las autoridades eclesiásticas.
- Social, por registrar la movilización de alimentos, ropas, dinero y personal para atender a los afectados.
- Económico, por mostrar las consecuencias de cerrar accesos y restringir mercancías.
- Urbano, al mencionar puertas, barrios, hospitales, iglesias y espacios concretos utilizados durante la crisis.
- Religioso, por documentar procesiones, rogativas, misas, penitencias y advocaciones invocadas contra el contagio.
- Demográfico, al proporcionar una cifra mínima contemporánea de 14.000 fallecidos.
La obra debe interpretarse, no obstante, atendiendo a su naturaleza. Vargas era al mismo tiempo médico, testigo de los acontecimientos y escritor del Siglo XVII. Su narración pretende dejar constancia de lo sucedido, pero también defender la prudencia de los médicos, elogiar determinadas actuaciones del gobierno y presentar la epidemia dentro de una interpretación religiosa del acontecimiento.
Precisamente esa mezcla convierte el texto en un documento singular para reconstruir cómo una ciudad del siglo XVII comprendió, administró y finalmente consideró superada una de sus mayores crisis epidémicas.
Cronología
| Fecha | Acontecimiento | ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|
| 7 de mayo de 1649 | | | --------------------------------------------------------------------------------------------------------------------- | | 9 de mayo de 1649 | | | Nicolás de Vargas Valenzuela sitúa el primer caso de la epidemia en la collación de Santa Marina, en un hombre que había acogido en su olivar a viajeros procedentes de una zona afectada. | | | | Mayo de 1649 | | | Aparecieron nuevos casos en otras collaciones, entre ellas San Andrés, mientras los médicos discutían si podía declararse formalmente la existencia de peste. | | | | 22 de octubre de 1649 | | | | | | | Finales de 1649 | | | Aumentaron los focos de transmisión y la enfermedad afectó a espacios de alojamiento colectivo, la cárcel y dependencias relacionadas con la Corredera. | | | | Febrero de 1650 | | | | | | | 1650 | | | El complejo del Hospital de San Lázaro llegó a alojar hasta 1.500 enfermos simultáneamente, sin incluir a los convalecientes. | | | | | 1650 | | | | | | | Primavera de 1650 | | | | | | | 15 de junio de 1650 | | | | | | | Finales de junio de 1650 | | | | | | | Julio de 1650 | | | | | | | 24 de julio de 1650 | | | | | | | 1651 | | | Salvador de Cea Tesa imprimió en Córdoba la relación de Nicolás de Vargas Valenzuela sobre la epidemia. | | | |
Véase también
Referencias
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