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Fernández Ruano Y Fernández Grilo (Notas cordobesas)

De Cordobapedia
Revisión del 20:07 24 ago 2026 de Aromeo (discusión | contribs.) (Incorporación de Notas cordobesas, de Ricardo de Montis)
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Fernández Ruano Y Fernández Grilo es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

Exceptuando aquel coloso de la literatura que se llamó don Angel de Saavedra, Duque de Rivas, Fernández Ruano y Fernández Grilo fueron los dos primeros poetas cordobeses del siglo XIX; uno por su mérito indiscutible, otro por su popularidad extraordinaria.

Y entre ambos sólo había de común la inspiración: en todo lo demás separábales un inmenso abismo.

Fernández Ruano era pensador, esclavo de la forma, correctisimo, viril, enérgico; Fernández Grilo pensaba poco sus concepciones, dejándose arrastrar siempre por la fantasía; buscaba más que el nervio la delicadeza en la estrofa y prefería la espontaneinad, la fluidez á la corrección.

El primero estudiaba mucho; el segundo apenas leía.

Esto en cuanto á sus dotes literarias; en las personales resultaba mayor todavía la diferencia.

Don Manuel Fernández Ruano era hombre de carácter apocado, excesivamente corto de genio, modesto en grado sumo, enemigo de la adulación y de la falsedad, una persona, en fin, chapada á la antigua, que llevaba siempre el corazón en la mano para podérselo mostrar á todo el mundo.

Don Antonio Fernández Grilo, por el contrario, hallábase dotado de un carácter bullicioso; había nacido para vivir en sociedad; tenia don de gentes. Profundo conocedor de las debilidades humanas, plenamente convencido de que el mundo es una comedia y dispuesto á pasar la vida todo lo mejor que le fuera posible, nunca mostrábase parco en el elogio, jamás rehusaba halagar las agenas vanidades, siempre estaba en situación, como dicen los actores, al representar su papel en el teatro social, y procuraba cuidadosamente que la risa no asomara á sus labios cuando debía aparecer triste, ni que la expresión del dolor saliera á su rostro cuando debía estar alegre.

Siendo tan diametralmente opuestos ambos poetas su destino tuvo que serlo también.

Fernández Ruano jamás gozó los favores de la fortuna ni encontró un Mecenas dispuesto á protegerle.

Fué en sus primeros tiempos un humilde empleado de las oficias del Cabildo Catedral, que en los ratos de ocio escribía composiciones religiosas hermosísimas.

Con ellas logró llamar la atención de los buenos literatos y obtener honrosos premios en aquellos primitivos Juegos florales de Córdoba cuyas recompensas podían ostentarse con legítimo orgullo.

Poeta de la escuela clásica sevillana, puesto que no reconocemos la cordobesa, y perdónesenos esta digresión, cultivaba con especialidad la oda é hizo algunas, como las dedicadas á San Eulogio y á El canal de Suez, suficientes para dar una reputación literaria.

Esta última, según la opinión del Duque de Rivas, la hubiera firmado el gran Quintana sin inconveniente alguno.

Alentado por varios amigos y realizando un verdadero sacrificio, don Manuel Fernández Ruano marchó á la Corte, recomendado al Conde de San Luis.

Este invitóle á comer en una ocasión; el pobre poeta que jamás había pisado los salones aristocráticos cuya atmósfera le asfixiaba, sentóse ante la mesa aturdido y confuso y pocos momentos después se volcaba una sopera encima.

Al día siguiente cayó enfermo; falto de recursos y en una población extraña, tuvo que refugiarse en un hospital, y apenas hallóse en disposición de emprender el viaje, regresó á Córdoba, jurando y perjurando no volver más á Madrid.

Y aquí pasó el resto de su pobre existencia, atenido á empleos humildes, á destinos bien agenos á sus gustos y aficiones, hasta que, al crearse el periódico conservador La Lealtad obtuvo una plaza en su redacción, la cual ocupaba cuando le sorprendió la muerte.

En este periódico, alternando con los trabajos informativos, publicaba hermosas poesías y artículos literarios verdaderamente notables, con los que popularizó el pseudónimo de Martin Garabato.

Y á la vez tomaba parte en cuantos actos y veladas, entonces muy numerosos por cierto, celebrábanse en Córdoba para rendir tributo á las letras y en todos ellos eran objeto de admiración las inspiradas creaciones de Fernández Ruano, apesar de que él, al leerlas, les quitaba gran parte de su mérito.

También quiso probar fortuna en el teatro y le fué adversa.

Su drama El espectro juez como obra literaria es irreprochable pero le falta interés y esta circunstancia, unida á una avería que ocurrió en la maquinaria, la noche del estreno, precisamente en la escena más culminante, fue causa del fracaso de la citada obra y de todas las esperanzas que hubiera hecho concebir á su autor.

Fernández Ruano no tenia, no podía tener enemigos; todo el mundo le quería y le respetaba. ¿Cómo está usted, don Manuel? decíale á cada paso un amigo ó un admirador y él invariablemente contestaba: bien; es decir, mal; es decir, regular, con lo cual nadie podía enterarse de su estado.

Hombre de constitución raquítica, tenía un miedo cerval al frío; así no era estraño [sic] verle á principios de Primavera ó de Otoño enfundado en un enorme gaban, de amplios bolsillos, el cual, á su vez, envolvia en una vieja capa.

Aparte de que la capa le sirviera hasta en verano, como á otros cordobeses antiguos, para ocultar el cesto conque iba por las viandas al mercado; pues nuestro gran poeta, siguiendo una costumbre tradicional de muchos paisanos suyos, que ya también ha empezado á perderse, se hacía la despensa, como aquí se dice, para comprar á su gusto y evitar sisas y engaños.

El inolvidable cantor de Carlos V, su mejor poema, ni aún en los meses de más elevada temperatura abandonaba su prehistórico gabán.

Con él iba en todos tiempos á la oficina, á la redacción, embutido en él escribía y sólo en esos días de Julio y Agosto en que el calor abrasa despojábase para trabajar de su prenda favorita y la colocaba cuidadosamente sobre una silla próxima á su asiento.

En cierta ocasión un gato se le introdujo en uno de los grandes bolsillos y, sin duda agradóle el albergue, porque se quedó en él á dormir.

Fernández Ruano, cuando hubo terminado su tarea, púsose el abrigo sin advertir la presencia del huesped y dirigióse muy tranquilo á la imprenta en que se editaba el periódico. Allí fué á sacar unos originales y... sacó el gato, provocando la hilaridad general de los cajistas.

El eximio poeta cordobés murió en la miseria y fué necesario abrir una suscripción entre sus compañeros para enterrarle decorosamente.

Después se acordó nuestra ciudad de que había perdido á un hijo ilustre y el Ayuntamiento costeó la impresión de las obras de aquel y puso su nombre á la calle Pescadores donde naciera.

Varios aficionados al arte escénico, deseosos de honrar la memoria del poeta, crearon una sociedad dramática y también le pusieron el nombre de Fernández Ruano, haciendo así, aunque de buena fé, un epigrama sangriento, pues el infortunado vate sólo dió á la escena una obra y esa se la silbaron.

Si don Manuel Fernández Ruano fué un desgraciado en toda la extensión de la palabra, á su compañero don Antonio Fernández Grilo jamás le abandonó la buena suerte.

Muy joven escribió en Córdoba sus primeras poesías, entre ellas una oda Al mar, que llamó la atención de los literatos más que por su mérito, y en verdad lo tiene, porque el autor nunca había visto el espectáculo grandioso que era objeto de su canto.

Entonces el Barón de Fuente de Quinto le costeó un viaje á Málaga para que pudiese admirar lo que tan acertadamente habia descrito su fantasía, y aquí empezaron los éxitos de Fernández Orilo.

Pronto fué elemento indispensable en todas las reuniones literarias de nuestra población y hasta tuvo la fortuna de encontrar un Mecenas: el Conde de Torres Cabrera que le editó un libro de poesías.

Con él como único bagaje y encontrando pequeño el campo en que podía desenvolverse en su ciudad natal, marchó á Madrid en busca de más amplios horizontes.

Y allí donde se han hundido para siempre en el abismo de la indiferencia verdaderos genios y hombres notables, Grilo consiguió abrirse paso en poco tiempo y obtener todo lo que ambicionaba: nombre, posición, consideraciones, amistades.

Personas de gran valía brindáronle su protección; las puertas de los alcázares se le franquearon para que en los regios salones vibrara la mágica voz del poeta recitando sus versos de manera maravillosa, las damas rodeáronle seducidas por el canto del moderno trovador, y Grilo, fiando más que en sus méritos literarios en la viveza de su ingenio, que siempre tenía una frase feliz para los hombres y un madrigal para las mujeres, y en sus dotes, únicamente superadas por el gran Zorrilla, de consumado maestro de la declamación, jamás se preocupó de estudiar, de escribir obras sólidas y bien cimentadas. Sus versos ligeros, sencillos, armoniosos, que despiden perfumes de flores silvestres y tienen melodía de aves canoras, bastábanle para conseguir el triunfo anhelado, aunque no pudieran servirle de escala que le condujese al templo de la gloria.

Nuestro poeta obtuvo buenos destinos que nunca se preocupó de desempeñar, conservándolos, no obstante, merced á sus buenos influyentes amigos.

Se dió el caso de que los propios compañeros de oficina no le conocieran personalmente, pues no se presentaba en aquella ni aún para cobrar; le llevaban la nónima y el dinero á su domicilio.

En cierta ocasión uno de sus jefes, alto funcionario celosísimo en el cumplimiento del deber, quejóse insistentemente de que Grilo tuviera en completo abandono su cargo; las quejas llegaron á oídos de don Alfonso XII y el Monarca transmitiólas al popular cantor de La chimenea campesina, tan pronto como este le pidió una audiencia.

Fernández Grilo escuchó el capítulo de quejas simulando una gran sorpresa, y cuando terminó de hablar el Rey, dijo con un aplomo admirable: ha engañado á Vuestra Majestad quien le haya dicho eso: yo voy á la oficina siempre que en ella puedo hacer falta.

¡Hombre! ¿y cuándo cree usted que puede hacer falta?- le preguntó sonriente don Alfonso.

Pues dos veces al año -contestó al momento Grilo;- el día en que esteran y el día en que desesteran. En ambos no asisten los empleados á la oficina, y si ocurre cualquier asunto urgente no hay quien lo resuelva; por eso voy yo. En el resto del año sobran empleados y mi presencia sería innecesaria.

Poco después don Antonio Fernández Grilo recibía una pensión de la Casa Real, la cual disfrutó hasta su muerte, para que no tuviera que molestarse en ir al Ministerio de donde dependía ni aún siquiera los días del estero y desestero.

No hay que decir que el literato cordobés fué desde entonces el poeta de los Reyes, el poeta de la aristocracia, mimado y querido en la Corte.

Doña Isabel II le costeó una edición lujosísima de sus versos, hecha en París, y el autor de Ideales, que así se titula este libro, consiguió hasta que se le eximiera del pago de derechos para introducirlo en España.

No ha habido escritor alguno que haya gozado de tal merced en nuestra nación.

Grilo venía frecuentemente á Córdoba para descansar de la vida de Madrid, siempre agitada y llena de emociones; para respirar los aires puros de la Sierra, de esa sierra que constituía su encanto; para visitar las Ermitas, donde halló el raudal más precioso de su inspiración.

En una de estas visitas tuvo la suerte de acompañarle el autor de las presentes Notas.

En el paraje más hermoso, más indescriptible del Desierto de Belén, en el sitio llamado Sillón del Obispo, las personas que acompañaban á Fernández Grilo le rogaron que recitara su composición Las Ermitas.

Y el poeta, de pié en aquella altura, desde la cual, como él dijo, falta muy poco para llegar al Cielo, rodeado de todos los ermitaños, en medio de un silencio sepulcral, declamó como él sabía hacerlo, como no le habíamos oído jamás, sus versos delicados y bellísimos, imprimiéndoles un sentimiento, dando tales inflecciones á la voz que subyugaba, que seducía, que logró producirnos el éxtasis de lo sublime.

¡Qué grande, qué jigantesca resultó allí la figura de Grilo!

Su mejor producción, su obra maestra es esa poesía que saben los cordobeses de memoria, que los ermitaños regalan á su visitantes y que está en todas las celdas de aquel retiro, impresa en una hoja de papel, pegada al muro como si fuera una oración.

Mas no es allí solamente donde, á nuestro juicio, debiera hallarse: Córdoba cumpliría un deber de justicia elevando á la memoria de Grilo un monumento sencillo, modesto, en las Ermitas, y esculpiendo en él las estrofas más populares y mejores de nuestro poeta, pues este, aunque no llegase á la altura de otros, dió más fama á su ciudad natal que muchos de mayor valía.

Y es muy poco el honor que hasta ahora se le ha concedido de poner su nombre á la plaza de Aladreros, por cierto con un gran error en el rótulo, que el Municipio está en el caso de corregir, pues Grilo, aunque así se firmara, no se llamaba Antonio Grilo como se denomina hoy la plaza en cuestión, sino Antonio Fernández Grilo, y, por lo tanto, en vez del nombre y del segundo apellido debieran aparecer los dos apellidos solamente en el expresado rótulo.

Estos errores en todo lo que tiende á perpetuar el recuerdo de hombres y cosas producen lamentables confusiones andando el tiempo y causan graves perjuicios á la Historia.

Volviendo al único tributo que, hasta ahora, le ha rendido nuestra población, debemos añadir que el Ayuntamiento de Madrid, á pesar de no tratarse de un hijo de la villa y corte, también puso el nombre de Grilo á una calle, la antigua de las Beatas si mal no recordamos.

Siempre que Fernández Ruano y Fernández Grilo se encontraban en las calles de Córdoba desarrollábase entre ellos la siguiente escena:

-Adiós, pavo ruano- decía el segundo al primero.

-Adiós, titiritero de la poesia- replicaba este á aquel.

Luego se abrazaban, y Grilo, inmediatamente, empezaba á recitar unos versos de su compañero, dejando absorto al autor.

Tales eran los dos primeros poetas cordobeses del siglo XIX, exceptuando, por supuesto, al eximio Duque de Rivas.

Si Grilo hubiese tenido la ilustración de Fernández Ruano y Fernández Ruano el carácter dé Grilo, ¿quien duda que ambos habrían llegado al templo de la inmortalidad?