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Las Turbas (Notas cordobesas)

De Cordobapedia
Revisión del 20:07 24 ago 2026 de Aromeo (discusión | contribs.) (Incorporación de Notas cordobesas, de Ricardo de Montis)
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Las Turbas es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

Córdoba, como toda Andalucía, va perdiendo su sello característico y á la vez que desaparecen sus calles estrechas y tortuosas, sus casas de poca elevación con estensos patios llenos de flores, sus usos y sus costumbres, huyen también de ella la alegría, el buen humor que en otros tiempos derrochaban sus hijos.

Hoy no se forman aquellas reuniones de gente joven que mataba el tiempo, no murmurando alrededor de la mesa de un café ó lamentándose de unos desengaños ilusorios, sino ideando y poniendo en práctica innumerables travesuras, todas reveladoras de ingenio y buen humor.

Algunas de estas agrupaciones lograron obtener fama, como el Club mahometano, conocido de los lectores de Notas cordobesas, y la sociedad denominada Las Turbas, que es objeto de las presentes líneas.

Formábanla quince ó veinte jóvenes de la buena sociedad, que se propusieron pasar la vida casi en perpétua diversión, y lo consiguieron, aunque sólo durante algunos años, porque es sabido que las dichas duran poco en este pícaro mundo.

El ingreso en Las Turbas resultaba más difícil de lo que se puede suponer, pues los aspirantes á formar parte de la asociación habían de someterse á pruebas terribles.

Primero necesitaban demostrar mucha correa sufriendo impasibles y hasta sonrientes las burlas y malas partidas de los socios y después, cuando acordaba la cofradía admitirles, tenían que afrontar y salir airosos de ella la última prueba, la más difícil, la más peligrosa, que muy pocos terminaban con la serenidad y la frescura exigidas por el reglamento.

Denominábase esta prueba la escala, y consistía en beber seguidos un medio de vino del llamado de doce, otro de dieciseis, otro de veinte, otro de veinticuatro y otro de peseta, y, á continuación, uno de veinticuatro, otro de veinte, etc., hasta terminar con el de doce.

Si la víctima de tal atrocidad no se embriagaba ni reventaba, podía considerarse, con orgullo, miembro de Las Turbas.

En dicha sociedad había establecido un derecho que no figura en la legislación de país alguno, el derecho del Tabou.

En virtud de él un individuo cualquiera de la corporación, cuando esta se hallaba reunida, podía designar á un compañero para que convidase á todos los concurrentes y contra el Tabou no se admitían reclamaciones ni protestas; sólo quedaba el recurso de pagar.

Figuraban dos tipos saliedtes [sic] en Las Turbas; uno era el organizador de todos los actos y juergas que celebraba aquella agrupación de mortales felices; el alma de todas sus correrías y el payaso de sus reuniones.

Cantaba con voz de tenor y de tiple, representaba monólogos, dirigía una orquesta ó una banda de música, contaba cuentos y hasta hacia piruetas y daba saltos mortales, sin que le pesara su respetable humanidad.

El otro tipo constituía la verdadera víctima de sus camaradas, el blanco de todas las bromas, algunas pesadísimas y el editor responsable de cualquier trapatiesta, pero él sufría pacientemente burlas y malas jugadas por tener el honor de figurar entre Las Turbas.

Estas lo mismo celebraban sus reuniones en el Círculo de la Amistad que en el Restaurant de la calle de la Plata.

Y la noche en que se dedicaban á correrla ya podían temblar los serenos.

Habia uno en la plaza de las Tendillas que llegó á temerles más que á una reprensión de aquel jefe de los municipales tan famoso por su fealdad como por su mal genio.

Era muy corto de estatura y los individuos de la hermandad del buen humor, cuando llegaban á dicho lugar, poníanse en fila unos tras otros, todos muy serios, é iban saltando por encima del pobre sereno, sin proferir una palabra ni hacer caso de sus protestas, como si se tratara de chiquillos que jugaban á la comba.

Quizá á consecuencia de uno de los berrinches que esta broma le causaba, moriría aquel pobre dependiente del Municipio, encargado de velar por la tranquilidad del vecindario.

Uno de los individuos de la corporación mostrábase más orgulloso que don Rodrigo en la horca porque acababa de obtener la Licenciatura en Medicina.

Requería de amores á una joven aristocrática, y una noche en que conversaba con ella en un palco del Gran Teatro acercósele un acomodador del coliseo, por mandato, como es consiguiente, de los camaradas del Galeno, y le dijo: don fulano: el señor Marqués de Benamejí envía recado para que vaya usted enseguida á su casa porque un caballo se le ha puesto enfermo repentinamente.

Ni una descarga eléctrica le habría producido el efecto que le causaron tales palabras; si en aquellos instantes coje al autor de la sangrienta mofa de seguro lo estrangula.

Un invierno reuníanse todas las noches en el Círculo de la Amistad, para cenar, los principales elementos de Las Turbas.

Invariablemente, cuando llegaba el camarero para saber qué postres querían, uno de los socios preguntaba ¿hay peras? No señor, contestábale el criado. Parece mentira, exclamaba el parroquiano aludido, que en la repostería de un centro como el Círculo se carezca de esa fruta.

El repostero, cansado ya de la eterna cantata, se proveyó del postre reclamado, pagándolo á buen precio, por no ser la época de tal fruta.

La noche siguiente el camarero dirigióse, afable y risueño, al individuo en cuestión, y le dijo: señor, esta noche hay peras.

¿Si? contestó el comensal, pues entonces tráeme queso de bola.

Toda la alegre corporación vistióse de máscara un Carnaval, con trajes iguales, ostentando cada cofrade una letra en el pecho. Cuando los enmascarados llegaban á lugares espaciosos, poníanse en fila, en un orden convenido y formaban con las letras esta inscripción: Las Turbas en masa.

No es necesario decir cuánto embromaron á sus amigos y amigas ni cómo se divirtieron, pues merced á la confusión originada por la identidad de los disfraces era casi imposible conocerles.

La última vez que la epidemia colérica amenazó á Córdoba, produciendo un pánico indescriptible, Las Turbas proporcionaron mayores beneficios que todas las disposiciones sanitarias.

Transformáronse en comisión permanente de festejos que organizaba sin cesar bailes y múltiples diversiones para levantar el ánimo decaído, devolver la alegría al pueblo y hacerle olvidar el peligro que le amenazaba.

Y al mismo tiempo, con los productos de sus espectáculos, socorrían á las clases menesterosas, nunca más necesitadas de auxilios que cuando se cierne sobre ellas el fantasma de una terrible enfermedad contagiosa.

En aquella ocasión la bullanguera cofradía hízose acreedora á la Cruz de Beneficencia.

Como la dicha es flor que se deshoja al más leve contacto del aire, poco tiempo duró entre aquel grupo de amigos y Las Turbas tuvieron un fin desastroso.

Muchos de sus individuos murieron en plena juventud, gunos víctima de crueles padecimientos; otros pasaron de la opulencia á la ruina; no faltó quien de un pistoletazo pusiera termino á sus desventuras, ni quien acabara sus dias en el asilo ó en el manicomio, y los pocos que aún quedan en su esfera primitiva están convertidos en respetables señores que hasta se escandalizan ó simulan escandalizarse cuando sus hijos cometen una travesura menor que las cometidas por ellos.

Y aquí terminaríamos con una frase en latín que encaja perfectamente, si no temiéramos al ridículo de la falsa erudición.