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D. José María Rey Heredia (Notas cordobesas)

De Cordobapedia
Revisión del 20:07 24 ago 2026 de Aromeo (discusión | contribs.) (Incorporación de Notas cordobesas, de Ricardo de Montis)
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D. José María Rey Heredia es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

Hace ya muchos años, tantos que su recuerdo parece la evocación de un sueño, diariamente acompañaba yo a mi inolvidable padre en sus paseos vespertinos por la población y sus alrededores, e interesado, desde pequeño, en conocer todo lo que a la historia de esta noble y vieja ciudad se refiere, cada vez que en el rótulo de una calle leía el nombre de una persona, apresurábame a preguntar al autor de mis días quién había sido aquélla.

En una ocasión le interrogué acerca de José Rey y recuerdo que me contestó: ese fué un sabio cordobés, matemático y filósofo. Él me enseñó el idioma francés y conmigo estudió las Matemáticas.

Más adelante, cuando mi padre me daba lecciones de esta ciencia, a la que profesaba un verdadero culto, hablábame con un entusiasmo indescriptible de una obra de Rey Heredia titulada Teoría transcendental de las cantidades imaginarias, presentándomela como uno de los frutos más admirables de la humana inteligencia.

Y después, al cursar el Bachillerato, tuve ocasión de conocer a Rey Heredia como filósofo, pues suyos eran los libros de texto en que estudié Lógica y Etica.

Andando el tiempo, las circunstancias me obligaron a emprender la ingrata carrera de las letras y del periodismo y entonces pretendí saber a fondo la historia intima cordobesa, no tanto para que me sirviera de tema inagotable de mis crónicas y narraciones cuanto para solaz y recreo de mi espíritu.

Desde entonces data mi admiración profunda al hombre ilustre cuyo centenario se conmemora hoy. Confieso que no bastaron para que se le [sic] profesara, ni los elogios que mi padre tributaba a la Teoría transcendental de las cantidades imaginarias, que, francamente, no entendía, ni las lecciones de Lógica y Ética; fué necesario que me informase de la vida del eximio cordobés.

Rey Heredia pertenecía a una familia muy modesta, muy pobre, y se elevó hasta las mas altas esferas del saber, sin haber abandonado jamás la modestia heredada, no merced a la influencia omnimoda del dinero, no trepando por la escala de la política que conduce hasta las más altas cumbres, sino por medio del trabajo, de la constancia, del talento, impulsado por sus méritos propios, como han subido hasta la cúspide de la gloria todos los hombres inmortales.

Entonces, cuando supe la historia intima del filósofo y del matemático, nació en mi, no ya la admiración, sino el culto a su memoria, porque considero el talento, la honradez y el trabajo los timbres más altos, los únicos de que se debe enorgullecer el hombre; esos ni se compran ni se venden, sólo Dios puede concederlos.

Rey Heredia nació en uno de los barrios más populares de Córdoba, el de Santa Marina, el 8 de Agosto de 1818; aprendió las primeras letras en un colegio destinado a los niños pobres, en las Escuelas Pías, y, admirado del extraordinario desarrollo de su inteligencia, un preceptor de Latinidad, D. Juan Monroy, se brindó a formar el firme cimiento de la sólida cultura del futuro y meritísimo catedrático.

Cuando Monroy pudo apreciar, en toda su magnitud, el talento de Rey Heredia, excitó a sus padres para que, aunque fuese realizando grandes sacrificios, costearan a su hijo una carrera y aquellos lograron ¡quién sabe a costa de cuántas privaciones! que figurase como alumno externo en el Seminario Conciliar de San Pelagio.

Pero el estudiante carecía hasta de libros: ¿cómo estudiar, pues? Muy pronto solucionó el problema. Todas las mañanas, en la puerta de Santa Catalina, de la Catedral, esperaba a sus compañeros que por aquellos lugares se dirigían a las aulas, incorporábase a ellos, les pedía sus libros, desde allí hasta el Seminario iba leyendo las lecciones y con esta simple lectura las aprendía como el que mejor las supiera.

Pero tales apuros le duraron poco tiempo; muy pronto consiguió una beca y, ya interno en San Pelagio, devoraba los volúmenes de su biblioteca y él y otro hombre ilustre hijo de la provincia de Córdoba, cuyo centenario se acaba de celebrar, don José Amador de los Ríos, eran siempre los primeros en sus clases, los alumnos más aventajados de dicho centro docente.

Como sus cualidades morales eran dignas hermanas de sus dotes intelectuales, gozaba del cariño y la predilección de profesores y compañeros, y unos y otros se complacían, durante las horas de asueto, en reunirse en la habitación de Rey Heredia para oir los conciertos con que, tendido en el lecho, les obsequiaba, tañendo la guitarra con singular maestría.

A la vez que a los estudios de Teología y Filosofía, dedicábase al de las Matemáticas, ciencia por la que sentía verdadera pasión, y acudía a la clase que establecieron mi padre y don Mariano Castiñeira, para estudiar en sus libros, para resolver problemas, para cambiar con aquellos impresiones, enseñándoles, en recompensa, el idioma francés, que dominaba perfectamente.

En la biblioteca del autor de mis días, en la obra del padre Tomás Tosca, enciclopedia de Matemáticas, la mejor y más completa publicada en sus tiempos, al ojear ya algunos volúmenes, encontré registros llenos de números y operaciones que, según más de una vez me dijo mi padre, estaban escritos por José Rey.

¡Quién sabe si aquellos apuntes serian elementos de la Teoría transcendental de las cantidades imaginarias!

Cuando terminó sus estudios, Rey Heredia obtuvo los grados de Bachiller en Filosofía, Regente de Psicología y y Lógica, Licenciado en Filosofía y Letras y Bachiller Licenciado en Jurisprudencia.

Dedicóse a la noble profesión de la enseñanza; fué nombrado profesor del Colegio nacional de Nuestra Señora de la Asunción de Córdoba, cargo del que no quiso tomar posesión, y ocupó cátedras en los Institutos de Ciudad Real y Madrid.

Enemigo de todo cuanto significara ostentación, siempre rehusó títulos y mercedes, y no quiso pertenecer mas que a dos corporaciones, por ser de su ciudad natal, la Academia de Ciencias, Bellas Letras y Nobles Artes y la Sociedad Ecónomica [sic] Cordobesa de Amigos del País. En la primera leyó interesantísimos trabajos sobre ciencias exactas y filosofía, entre los que llamó extraordinariamente la atención uno relativo a las causas de las mareas.

Herido de muerte por una terrible enfermedad, la tuberculosis, rindióse en la jornada de la vida el 18 de Febrero de 1861.

Córdoba dedicó a su hijo ilustre el póstumo tributo que merecía.

Sus exequias constituyeron una elocuente manifestación del profundo sentimiento de la ciudad.

El Ayuntamiento, por iniciativa del literato y concejal don Carlos Ramírez de Arellano, que entonces no sólo eran concejales los hombres políticos, acordó conceder una bovedilla perpetua al cadáver del finado, costearle una lápida, colocar su retrato en la sala de sesiones y cambiar el nombre de la calle de Santa Clara, en que ocurrió el fallecimiento, por el de José Rey.

La bovedilla mortuoria fue sustituida por un sencillo monumento, erigido en el cementerio de Nuestra Señora de la Salud, con la siguiente inscripción:

Don José María Rey Heredia.- R. I. P.- 1861. - Al ilustre escritor y virtuoso ciudadano, el Ayuntamiento Constitucional de su patria, Córdoba.

El Real Consejo de Instrucción pública también le concedió un honor póstumo emitiendo dictamen para que el Estado imprimiera la obra Teoría transcendental de las cantidades imaginarias.

En el año 1902 el Ayuntamiento de Córdoba, a petición del concejal y cronista de esta capital don Teodomiro Ramirez de Arellano, acordó colocar una lápida en la casa número 12 de la calle de José Rey, donde murió el eximio catedrático, en la cual aparece la siguiente inscripción:

Don José Maria Rey, matemático y filósofo, murió en esta casa el 18 de Febrero de 1861. El Ayuntamiento de Córdoba, su patria, le dedica esta memoria. Año de 1902.

Finalmente, el Municipio, hace pocos años y con muy buen criterio, decidió, a fin de evitar confusiones, sustituir el nombre de José Rey de la antigua calle de Santa Clara, por el de Rey Heredia, los dos apellidos del ilustre cordobés.

Modestamente, como él vivió, con la sencillez que imperara en todos sus actos, celébrase hoy el primer centenario del nacimiento del sabio catedrático e ilustre escritor honra de esta ciudad.

Al adherirme al homenaje que unos cuantos verdaderos amantes de nuestras glorias rinden desde las columnas del Diario a la memoria de Rey Heredia, siento una grande, una íntima satisfacción, porque se me presenta la oportunidad de exteriorizar la profunda admiración que desde hace muchos años le profeso, y a la vez nublan mi alma densas nubes de tristeza y de dolor, que con el recuerdo de don José María Rey está enlazado en mi memoria el bendito recuerdo de mi padre, cuyo centenario también se halla próximo.

Por mi padre supe las primeras noticias de su amigo y compañero de profesión; mi padre se esforzó para hacerme comprender el merito extraordinario de esa obra inmortal de la filosofía de las matemáticas, múltiples veces repetida en estas notas, y hasta se registra la triste coincidencia de que ambos dejaron de existir en la misma calle.

El dolor que al evocar todo esto lacera mi corazón, a la vez que la falta de galanura de mi pluma, ya torpe y gastada como todo lo viejo, no me permite depositar una flor lozana, como la depositarán los brillantes escritores, al pie de la tumba de Rey Heredia, pero a su memoria y a la de mi padre dedico la modesta siempreviva de un recuerdo que jamás se borra y el suave perfume de una oración que brota de lo más hondo del alma.

8 Agosto 1918.