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El Conde De Torres Cabrera (Notas cordobesas)

De Cordobapedia
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El Conde De Torres Cabrera es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

La muerte, que como dijo el clásico poeta lo mismo llama con su descarnada mano en el alcázar del magnate que en la choza del mendigo, acaba de sentar su planta en la casa solariega del Excmo. señor don Ricardo Martel y Fernández de Córdoba, Conde de Torres Cabrera y del Menado Alto.

Córdoba está de duelo, pues acaba de perder a uno de sus hijos más ilustres; la nobleza española viste de luto por uno de sus miembros mis preclaros.

Ni de tiempo ni de espacio disponemos para escribir una necrología detallada de la gran figura que hoy desaparece del mundo de los vivos; del ciudadano ejemplar que consagró sus grandes talentos, su sólida cultura, sus laudables iniciativas, su actividad prodigiosa y su fortuna a laborar en beneficio de la humanidad y, sobre todo, en provecho de Córdoba, sin ver jamás realizados sus proyectos meritorios, sin que la suerte le concediera una vez siquiera sus favores, sin llegar a saborear las mieles del triunfo, sino los acíbares de la adversidad y el desengaño, pero firme siempre en sus propósitos, resuelto a seguir adelante en sus empresas, ansioso de realizar el bien, sacrificando por los demás su tranquilidad, su salud y su hacienda.

Son tan múltiples los aspectos desde los cuales se puede estudiar al Conde de Torres Cabrera, que ese estudio exigiría, no las reducidas páginas de un periódico, sino las de un voluminoso libro.

Por esto nos hemos de limitar a consignar ligeras notas e impresiones, trazadas al correr de la pluma y bajo la dolorosa impresión que la muerte del viejo prócer nos ha producido.

Puede decirse que comenzó éste su labor en provecho de Córdoba y de la clase proletaria con la creación de la colonia agrícola de Santa Isabel, establecida en sus terrenos de Alcolea, que fué una de las primeras que se fundaron en España y que reportó grandes beneficios.

Poco después, en aquellos históricos lugares, montó una industria, desconocida entonces en Andalucía y que hubiera podido aumentar extraordinariamente su riqueza: la fabricación de azúcar de remolacha.

Pero en esta empresa, como en casi todas las que acometió, nególe la suerte sus favores y lo que para otro hubiera sido fuente de riqueza convirtióse para el en gérmen de ruina.

Amante de la Agricultura trabajó en pro de ella sin descanso y procuró fomentarla y beneficiar a los labradores, ya instalando en su palacio una exposición permanente de maquinaria agrícola para que aquellos pudieran estudiarla, cuando apenas era utilizada en nuestros campos, y otra de productos del suelo andaluz, que llegó a adquirir excepcional importancia; ya publicando boletines y revistas de carácter agrario; ya creando la Cámara Agrícola Cordobesa, que aún existe, o ya elevando su voz en el Parlamento para defender los intereses de los agricultores.

No menos amante fué de la clase obrera y también se interesó por su mejoramiento.

Pruébalo la constitución de la primitiva sociedad titulada La Caridad, formada por socios protectores y obreros, de los cuales los primeros contribuían con la cantidad mensual porque tenían a bien suscribirse, y los segundos con una módica cuota, para constituir un fondo que se destinaba al socorro de los asociados de la segunda clase, en casos de enfermedad o huelgas forzosas.

Esta asociación, merced al considerable número de sus protectores y a los festivales que organizó en su beneficio, logró extender considerablemente su esfera de acción y comenzó a realizar el proyecto de construir casas con el fin de rifarlas entre sus socios obreros. Las dos que edificó y adjudicó en tal forma levántanse en las inmediaciones de la Puerta Nueva.

Constituían un espectáculo curioso y edificante las sesiones de aquella benemérita institución, que se celebraban en el salón bakjo de actos de las Casas Consistoriales, hoy destinado a Casa de Socorro, actos a los que asistían los socios protectores y obreros y unos y otros cambiaban impresiones y discutían amigablemente los asuntos que afectaban a la Sociedad, figurando siempre entre ellos el Conde de Torres Cabrera, que afable y cariñoso departía con los trabajadores, resolviendo sus dudas, alentándoles y dándoles sanos consejos.

En otra entidad, de que durante muchos años fue director, la Real Sociedad Económica Cordobesa de Amigos del País, también desenvolvió laudables iniciativas, siempre encaminadas al bien y el progreso de la ciudad donde naciera y que ha tenido el triste honor de guardar sus despojos.

Pero no sólo a la Agricultura, a la Industria y al mejoramiento de la clase proletaria consagró sus desvelos; también fue decidido protector de las Letras y cultivólas con bastante fortuna.

Renombre adquirieron las tertulias literarias que en la segunda mitad del siglo XIX se verificaban en su palacio.

Allí diéronse a conocer poetas de tanta fama como Fernández Ruano y Fernández Grilo y allí nació la idea de celebrar en Córdoba los primeros Juegos Florales.

El Conde de Torres Cabrera alentó a los dos inspirados escritores antedichos, como a otros muchos, en los comienzos de su carrera; costeó la edición del primer libro de versos publicado por Grilo y contribuyó a hacer menos penoso su calvario, cuando ya se encontraba en el ocaso de la existencia, al pobre Fernández Ruano, el admirable cantor de la Religión Católica.

El ilustre prócer finado produjo numerosos trabajos literarios en prosa y verso, de los que sobresalían los primeros, muchos de los cuales publicó en importantes periódicos y revistas; tomó parte en fiestas literarias tan brillantes como la celebrada en el Gran Teatro en honor de Grilo, cuando regresó a Córdoba después de haber triunfado en la Corte, y formó parte de todas las sociedades científicas, literarias y artísticas que se crearon en nuestra capital.

Tenía el número 1 entre los académicos de número de la Real Academia de Ciencias, Bellas Letras y Nobles Artes de Córdoba, puesto en el que dejó de figurar al pasar al de académico honorario, creado exclusivamente para él hace poco tiempo.

Entre las producciones que ha dejado inéditas figuran unas memorias curiosísimas, que muy pocas personas conocen, en las que hay noticias de gran interés para la historia cordobesa, alardes de verdadero ingenio, sátiras agudísimas y verdades muy amargas y tristes.

El género literario a que especialmente se dedicó el Conde de Torres Cabrera fué el periodístico.

Profesaba a la Prensa un cariño entrañable.

Además de colaborar en casi todas las publicaciones que vieron la luz en esta capital, creó, como ya hemos dicho, varias revistas agrícolas e industriales; un semanario político titulado La Lealtad y más tarde un periódico diario, con esta misma denominación, órgano del partido conservador de la provincia, en cuya redacción figuraron hombres de tanta valía como los ya fallecidos don Juan Menéndez Pidal, don Manuel Fernández Ruano y don Miguel Gutiérrez.

Este llegó a ser uno de los órganos de la prensa local más importantes; tan encariñado estaba con él su fundador y propietario que adquirió una imprenta para editarlo, instaló en su palacio la redacción y escribía en él asíduamente bien meditados artículos doctrinales, ya sobre política, ya respecto a agricultura o industria, ya en defensa de los múltiples intereses de la capital o su provincia.

También sostuvo, con entereza y habilidad, distintas polémicas, algunas de las cuales ocasionáronle incidentes desagradables, como el que le ocurriera con otro periodista muy popular y laborioso, a la salida del templo de San Miguel.

Las excepcionales aptitudes y prodigiosa actividad de don Ricardo Martel y Fernández de Córdoba, apesar de los innumerables y variados asuntos que constantemente reclamaban su atención, permitiéronle también dedicarse, durante muchos años, a la política.

Y jamás se valió de ella para saciar ambiciones ni para medrar, sino para ser un defensor prestigioso y desinteresado de sus ideales.

Afilióse al partido conservador, captándose la confianza absoluta de su jefe don Antonio Cánovas del Castillo y llegando a obtener el cargo de jefe de dicho partido en la provincia de Córdoba.

En este puesto, como en todos los que ocupara, gozó de grandes prestigios, pues él acrecentó y robusteció las huestes conservadoras en nuestra provincia y denodadamente defendió sus ideales en la tribuna y en la prensa.

Entonces a las tertulias literarias de otras épocas sustituyeron las tertulias políticas y todas las semanas reunía una noche, en su palacio, a sus correligionarios de Córdoba para cambiar impresiones e informarles de todo aquello que, en el orden político, les pudiera interesar.

Antes que la jefatura del partido ocupó los puestos de Gobernador civil de la provincia de Córdoba y Alcalde de esta capital, dejando en ambos, por su excelente gestión, un recuerdo gratísimo.

A raíz de la disidencia de Romero Robledo el Conde de Totres Cabrera gestionó y consiguió la realización de un acto de gran transcendencia en Córdoba.

Accediendo a su invitación vino a nuestra capital, para pronunciar en ella un discurso en el que había de hacer sus primeras declaraciones respecto a la disidencia aludida, el ilustre jefe del partido don Antonio Cánovas. Acompañábale don Raimundo Fernández Villaverde.

El prócer cordobés hospedóles en su palacio, donde se celebró una brillantísima recepción en honor del insigne estadista, a la que asistieron casi todos los conservadores de la provincia y muchos de otras poblaciones andaluzas.

Cánovas del Castillo marcó las orientaciones que había de seguir el partido conservador después de la disidencia en uno de sus más importantes discursos, pronunciado en el banquete que en su obsequio dispuso el Conde de Torres Cabrera en la huerta de Segovia, acto al que concurrieron cerca de mil comensales.

Poco después de la trágica muerte de don Antonio Cánovas el jefe de su partido en Córdoba se retiró de la política, impulsado tal vez para tomar esta determinación por los desengaños o las ingratitudes.

Y posteriormente más de una vez fustigó con dureza, valiendose de la palabra o de la pluma, a los vividores de la política, aunque pertenecieran a las filas en que el militó, pues esclavo de la verdad siempre la expuso, aunque en ocasiones pudiera desagradar a personas que se llamaban sus amigos y nunca la adulación servil manchó sus labios. Pruebas elocuentes de que así pensaba y así procedía diólas en su última campaña en el Senado al censurar con valentía los abusos de las empresas ferroviarias y en el mensaje que hace pocos años dirigió al Rey don Alfonso XIII, exponiendo leal, clara y noblemente la situación crítica a que había llegado España por culpa de sus malos gobernantes.

El Conde de Torres Cabrera era el prototipo del noble de rancia alcurnia, del Castellano leal descrito maravillosamente por el Duque de Rivas en el mejor de sus romances. Su figura arrogante y majestuosa inspiraba admiración y respeto.

Gustaba de imprimir el sello de la suntuosidad a los actos que han de ser imperecederos en la historia de los pueblos o de las familias.

Por eso en la Crónica de Córdoba no puede pasar inadvertido el fastuoso recibimiento que tributó al Rey don Alfonso XII, a quien tuvo el honor de hospedar en su palacio, rodeándole de tal pompa y magnificencia que, el Monarca, al ver el salón del trono que el Conde le había preparado, no pudo disimular un gesto de sorpresa y exclamó: el mío sólo le supera en dimensiones.

Entre otros muchos títulos y altas distinciones el finado poseía, además de ser Grande de España de primera clase, los de Caballero Gran Cruz de la Real y distinguida Orden de Carlos III, Gentil hombre de Cámara con ejercicio en la servidumbre de Su Majestad el Rey don Alfonso XII, Caballero Maestrante de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla y Presidente del Centro de la Nobleza española.

Apesar de todo esto don Ricardo Martel era hombre de costumbres sencillas, que en la intimidad del hogar vivía modestamente y trabajaba mucho.

Levantábase, en todo tiempo, muy temprano y enseguida comenzaba la labor diaria, en su despacho, rodeado de escribientes, a los que dictaba artículos, cartas u otros trabajos, mientras envuelto en amplia bata paseaba por la habitación y hacia ejercicios de la hoy llamada gimnasia sueca, con las enormes piedras prensa-papeles que tenia sobre la mesa de escribir.

Alternando con este trabajo informábase y dictaba órdenes sobre el complicado mecanismo de la administración de su hacienda.

Era frugal en las comidas; salía poco de su casa; raras veces se le veía en casinos o teatros y procuraba entregarse al reposo temprano para madrugar.

A veces, durante las horas dedicadas al descanso o cuando en su tocador, rodeado de espejos, ejercía en si mismo las funciones de fígaro, ocurríasele la repuesta a una epístola, pensada durante algún tiempo o el asunto de un artículo y, sin pérdida de momento, llamaba a uno de sus escribientes para dictarle, con extraordinaria verbosidad, cuartillas y cuartillas, que habían de ser escritas con letra grande y clara y con los renglones bien separados para, en el caso de inutilizar alguno, pegar sobre el una tira de papel con el que debía sustituirlo.

Hace algún tiempo, una enfermedad, a nuestro juicio más moral que física, se apoderó del venerable anciano.

Casi ciego, demacrado, pero sin haber perdido un átomo de su arrogancia ni de su porte señorial, veíamosle algunas veces y su presencia evocaba en nosotros el recuerdo de la grandiosa creación galdosiana del León de Albrit.

Roble de la nobleza española, jamás lo abatieron los huracanes de la adversidad; sólo el rayo de la muerte lo pudo hundir. Córdoba está de duelo; la nobleza española viste de luto.

Nuestra ciudad, la que le vió nacer, siempre dispuesta a rendir tributo a los hombres de valía, jamás se acordó de aquel hijo ilustre que la honraba con sus méritos y que procuró siempre engrandecerla.

Fué un olvido imperdonable que hoy puede reparar todavía.

Córdoba tiene una deuda de gratitud con la memoria del Conde de Torres Cabrera y esperamos que se apresurará a saldarla, pues por algo ostenta en su escudo los lemas de muy noble y muy leal.

Agosto. 1917.