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Noche Buena Triste (Notas cordobesas)

De Cordobapedia
Revisión del 20:07 24 ago 2026 de Aromeo (discusión | contribs.) (Incorporación de Notas cordobesas, de Ricardo de Montis)
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Noche Buena Triste es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

Aquella Noche Buena, de los numerosos amigos que diariamente nos reuníamos en el café del Gran Capitán, sólo acudieron dos a la amena tertulia, Pedro Alcalá Zamora y el autor de estas líneas.

Las horas transcurrían para nosotros lentas, con una abrumadora monotonía; echábamos de menos la charla de los camaradas, sus bromas, sus rasgos de ingenio, el ruido y la algazara propios de la gente joven que no pierde jamás la alegría ni el buen humor.

Aquella soledad produjo en nosotros el aburrimiento, la memoria empezó a evocar los recuerdos de otras noches análogas más felices, de los seres queridos que se fueron para no volver, de la infancia que pasó y súbitamente nos hallamos envueltos en una verdadera nube de tristeza.

Las campanas de los templos comenzaron a lanzar sus vibrantes sones al espacio; por las cristaleras del café veíamos pasar a los fieles que se dirigían a las iglesias; Alcalá Zamora y yo, sin previo acuerdo, nos levantamos de nuestros asientos a la vez, diciendo casi a coro: vamos a la Misa del Gallo.

Pocos momentos después estábamos en el templo de San Nicolas.

Un sacerdote muy anciano celebró el Santo Sacrificio, ante un gran concurso, formado en su mayoría por hombres y mujeres del pueblo.

Durante la ceremonia desencadenóse un furioso huracán; densas nubes cubrieron la atmósfera y empezó a llover torrencialmente.

Cuando, terminada la Misa del Gallo, salimos al pórtico de la iglesia, parecía que se habían roto las cataratas del cielo.

¿Dónde refugiarse de aquel inesperado temporal? Los cafés estaban ya cerrados; los alrededores del paseo del Gran Capitán semejaban una balsa enorme.

Enmedio de la densa oscuridad que nos envolvía observamos unas luces, las únicas que iluminaban aquellos lugares. Eran las del casino de la Peña, que aún permanecía abierto.

Allí nos dirigimos todo lo de prisa que nos permitía andar el aguaviento, el cual azotaba nuestro rostro y empapaba nuestras ropas.

En un diván próximo a la puerta dormitaba un camarero; el que estaba de guardia. En un ángulo del salón había un grupo formado por cuatro personas, todas silenciosas y meditabundas.

Fuimos a engrosar el grupo y se suscitó un animado diálogo que duró muy poco tiempo.

Nadie tenía ganas de hablar, todos parecíamos sumidos en hondas meditaciones.

Uno de los contertulios, bebedor impenitente, hallábase ya bajo la influencia del alcohol, y, dando traspiés, retiróse a otro ángulo del salón para que le dejásemos dormir tranquilo.

Pedimos unas copas y se reanudó la conversación, pero no una charla animada y alegre, sino triste y fría como aquella noche tempestuosa.

Todos recurrimos al arsenal de los recuerdos; un joven militar, compañero mío de estudios, hablábanos de las hermosas fincas que sus padres, ya arruinados, poseyeron en un pueblo de la provincia, en las que pasamos, felices, algunas temporadas de vacaciones; otro joven, de negra barba y rostro pálido, también rememoraba episodios de su niñez, que transcurrió, asimismo, en la sencilla morada campesina de una apacible aldea; Alcalá Zamora narraba, con amargura, las suntuosas fiestas a que asistió algunas Noche Buenas en el extranjero.

La otra persona que figuraba en el grupo, un hombre de unos veinticinco años, de carácter sombrío, escuchaba atentamente a los demás, sin intervenir apenas en la conversación.

Cuando la lluvia y el viento amainaron un poco, todos nos dispusimos a retirarnos a nuestros hogares, quedando súbitamente deshecha la inesperada reunión.

El joven de la barba negra y el rastro pálido exclamó al despedirse, con una amargura infinita: ¡dónde estaremos la Noche Buena del año próximo!

Aquel infeliz, hijo de una buena familia de desahogada posición, a quien el vicio impulsó a dedicarse a grupier de las casas de juego, el 24 de Diciembre del año siguiente ocupaba una cama de un hospital, donde murió poco tiempo después.

El individuo que escuchaba a sus contertulios y apenas intervenía en la conversación, se hallaba en el calabozo de una cárcel, a dos pasos del patíbulo; era uno de los protagonistas de las espantosas tragedias del Huerto del Frunces; el tristemente célebre Muñoz Lopera.

Los demás seguíamos rodando por el mundo, incansables en la lucha que para la mayoría de la humanidad representa esta vida, llena de sinsabores.

Diciembre, 1918.