Menú alternativo
Toggle preferences menu
Menú alternativo personal
No has accedido
Tu dirección IP será visible si haces alguna edición

La Fuga De Olozaga (Notas cordobesas)

De Cordobapedia
Revisión del 20:07 24 ago 2026 de Aromeo (discusión | contribs.) (Incorporación de Notas cordobesas, de Ricardo de Montis)
(difs.) ← Revisión anterior | Revisión actual (difs.) | Revisión siguiente → (difs.)


La Fuga De Olozaga es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

Nadie que haya hojeado nuestra historia ignorará que uno de los políticos españoles de más relieve en la primera mitad del último siglo fue don Salustiano Olózaga.

Pocos hombres habrán tenido una vida tan agitada como la del ilustre riojano. Sus ideas avanzadas, su intervención en las maquinaciones de sociedades secretas para destronar a Fernando VII, sus campanas contra el Gabinete de Isturiz, su odio a Espartero, le hicieron objeto de continuas persecuciones, prisiones y destierros que acibararon la mayor parte de su existencia.

Más de una vez gustó las mieles del triunfo, pero este fue siempre tan efímero que 014zaga apenas tuvo tiempo de darse cuenta de él.

Tras un destierro impuesto o voluntario para evitar una persecución, aparecía en la vida pública y su palabra vibraba en el Parlamento defendiendo las doctrinas llamadas entonces progresistas o en las Academias disertando sobre temas filosóficos, jurídicos o históricos, y su pluma fulminaba rayos en la prensa avanzada contra sus adversarios políticos.

Narváez, al encargarse del Poder, no olvidó que don Salustiano Olózaga se había negado a suscribir la acusación formulada contra aquél por Espartero y le premió tal rasgo nombrándole embajador de España en París, cargo que desempeñó varias veces, revelando en él los talentos de que estaba adornado, así como en su colaboración en varios proyectos del Gobierno, entre ellos el de la Ley electoral y el del Reglamento del Congreso.

Pero la pagina mas saliente de la historia del famoso político es la que se relaciona con el advenimiento al Trono de Isabel II y el epílogo de esta pagina puede decirse que se escribió en Córdoba, aunque no lo consignen los biógrafos del ilustre riojano.

Proclamada dicha Reina apenas hubo cumplido la mayor edad, Olózaga fue llamado a los consejos de la Corona y formó Gobierno, en el que, además de la Presidencia, se reservó la cartera de Estado.

Sus enemigos emprendieron contra él una ruda campaña en el Parlamento y en aquella etapa, más que en todas las anteriores, reveló sus excepcionales dotes de orador y de polemista, pronunciando discursos elocuentes y enérgicos, algunos de los cuales produjeron verdadera sensación, como aquel inolvidable a que puso término con las frases: Dios salve a la Reina; Dios salve a España.

Pero todas sus energías, todos sus talentos y toda su habilidad resultaban insuficientes para contener la tempestad de las pasiones y los odios y, temeroso de naufragar en las Cortes, decidió disolverlas.

Entonces González Bravo lanzó contra él una terrible acusación; dijo que encerrado a solas con la Reina, que contaba poco más de catorce años, la obligó violentamente, cogiendole la mano, a firmar el decreto de disolución de las Cámaras.

Tal acusación fue sostenida por Posada Herrera y el 29 de Noviembre de 1843 se publicaba un Real decreto exonerando a don Salustiano Olózaga de sus cargos.

Inmediatamente fue preso y ordenóse su deportación.

Pocos días después llegaba a Córdoba, conducido por la fuerza pública, de paso para Málaga, donde se le había de embarcar, con ignorado rumbo.

En nuestra ciudad contaba Olózaga con bastantes amigos y correligionarios que decidieron prepararle la fuga y el éxito coronó sus propósitos.

En uno de los primeros días de Diciembre, lluvioso y frío, una pareja de soldados conducía al expresidente del Consejo de ministros, desde la residencia del jefe político de la provincia, ante quien había tenido que comparecer, a la cárcel en que estaba recluido.

Acompañábanle varias significadas personas y, teniendo en cuenta la categoría del preso, los soldados iban detrás a alguna distancia.

Al llegar a la mediación de la calle del Reloj, Olózaga aligeró el paso y penetró en el café llamado después Suizo Viejo.

Los guardianes del famoso político, a quienes los acompañantes de este procuraban dificultar todo lo posible el tránsito, valiéndose de los paraguas y de la estrechez de la calle, entraron en el establecimiento citado, registráronlo minuciosamente y el más profundo de los desalientos, unido a una gran estupefacción, les dejó inmóviles y fríos como estátuas [sic] de nieve. ¡El preso había desaparecido!

Sin duda salió por la otra puerta del café, yendo, a refugiarse en el domicilio de algún amigo o correligionario.

Esta era la creencia general, la suposición lógica y, sin embargo, lo más distante de la realidad.

Don Salustiano Olózaga, al traspasar la gradilla del café Suizo viejo, se encerró en un retrete que estaba en el lado derecho del portal; allí le aguardaba un joven portador de un abultado envoltorio formado por un pañuelo de los que el vulgo llamaba de sandía. Aquel envoltorio encerraba un uniforme completo de remontista.

Olózaga se despojó de su traje que sustituyó en el pañuelo de sandía al uniforme, vistióse este y salió muy tranquilo por la misma puerta por donde entrara, marchando al lugar previamente convenido con las persona que le facilitaron la fuga.

¿Quiénes fueron estas? La principal, la que le proporcionó el uniforme de remontista, el conocido industrial cordobés don Joaquín Vasconi, quien encomendó a un operario de su fábrica de patios la delicada misión de preparar el cambio de traje del ferviente progresista.

Este permaneció varios días en nuestra ciudad, oculto en la casa de huéspedes llamada de las Mariquitas, muy próxima al lugar de la fuga descripta, pues se hallaba en la esquina de la cuesta de Luján y de la calle de Ambrosio de Morales, aguardando el momento oportuno para poder marchar al extranjero.

Sus amigos, por mediación de Curro Márquez Manchado y otros individuos que gozaban fama de valientes, pusiéronle en relaciones con unos contrabandistas y en unión de estos, como si perteneciera a su partida, salvó la frontera de Portugal, colocándose a salvo de sus perseguidores.

Desde entonces Olózaga pasó la mayor parte de su vida fuera de España, principalmente en Francia e Inglaterra, sorprendiéndole la muerte en Enghyen (París) el 26 de Septiembre de 1873, a los sesenta y cinco años de edad.

Noviembre, 1919.