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Navarro Prieto (Notas cordobesas)

De Cordobapedia
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Navarro Prieto es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

Don José Navarro Prieto fué uno de los periodistas cordobeses más notables de la segunda mitad del Siglo XlX.

Pertenecía a una familia de honrados industriales que, a costa de sacrificios, quiso costearle una carrera pero no les fué posible.

En su virtud Navarro Prieto sólo curso las asignaturas de Bachillerato y algunas de la Facultad de Filosofía y Letras y tuvo que abandonar los libros para ganar el sustento por medio del trabajo.

Hemos dicho que abandonó los libros y no es exacto; Pepe Navarro nunca separóse de ellos, estudió mucho y logró adquirir una sólida cultura.

Desde muy joven, casi desde la niñez, mostró extraordinarias aficiones a las letras y al periodismo, revelándolas primeramente en un semanario satírico titulado La Cotorra, que obtuvo, en muy poco tiempo, envidiable popularidad.

En él empezó a demostrar su ingenio, su gracia y sus excepcionales dotes de crítico. La Cotorra tuvo efímera vida, no porque le faltaron los favores del público, que arrebataba los ejemplares de las manos de los vendedores, sino por causas que no sería oportuno consignar y, poco después, Navarro sustituyó aquel semanario por otro al que, muy acertadamente, puso el nombre de La Víbora.

La pluma de Navarro, al escribir para este periódico, se convertía unas veces en látigo de negrero y otras, en acerado puñal, para fustigar, implacable, cuanto encontraba digno de censura, para asestarle un terrible golpe de muerte.

Sus sátiras eran terribles, sangrientas: sus epígramas [sic] producían el efecto de la picadura de un áspid.

Cada número que aparecía de La Víbora originaba a su director disgustos sin cuento, agresiones, desafíos, procesos y hasta encarcelamientos que el arrostraba con indiferencia estóica, como si le importasen un ardite.

Entre las secciones del semanario figuraba una de semblanzas, en versos, de las personalidades cordobesas más salientes, en la que Pepe Navarro vertía todas las sales de su inagotable ingenio y, por que no decirlo, todo el acíbar, también inagotable, que rebosaba de su alma.

En una de aquellas semblanzas retrató de mano maestra a un político que se hallaba entonces en candelero, poniendo de relieve sus defectos físicos y sus imperfecciones morales.

La semblanza empezaba con los siguientes versos:

"Es un personaje muy alto, muy alto, un poquito cojo, y un poquito manco, que da muchas voces cuando está borracho."

El sujeto aludido y sus amigos juraron mascarle la nuez al autor de la semblanza pero, como siempre ocurre, vino el Tío Paco con la rebaja y la sangre no llegó al río.

Navarro Prieto, harto sin duda de las contínuas desazones que La Víbora le originaba decidió mata y dedicarse exclusivamente a la contabilidad para la que también tenia excepcionales aptitudes y que le proporcionaba la subsistencia de su familia.

Pero enamorado del periodismo, no podía abandonarlo y pronto creó una revista denominada El Dehecho, en la que prescindió de la sátira, dedicándola a cuestiones más serias, a tratar de asuntos científicos, literarios y políticos.

La labor periodística más importante de don José Navarro no está en las publicaciones mencionadas sino en el diario La Lealtad, órgano del partido conservador, fundado por el inolvidable Conde de Torres Cabrera, del que fue primero asiduo redactor y director después durante un largo periodo.

En aquel periódico, uno de los mejores que han visto la luz en nuestra capital, realizó, con extraordinario acierto, múltiples campañas, ya políticas, ya en defensa de los intereses de Córdoba; rindió culto a la literatura en cuentos y artículos de costumbres, escritos en una prosa castiza, irreprochable, de verdadero sabor clásico, que firmaba con el pseudónimo de Cachopín de Laredo; deleitó a los lectores con los sabrosos comentarios de la noticia o el suceso de actudidad, en la sección de "Indirectas" donde también ocultaba su nombre bajo un pseudónimo muy adecuado, el de El Padre Cobos y fustigó duramente vicios, abusos y corruptelas, siendo por ello víctima de una cobarde agresión que estuvo a punto de originarle la muerte.

A Navarro Prieto era difícil cogerle en un renuncio; para todo tenía salida, una salida hábil, ingeniosa.

En cierta ocasión describió, de memoria, sin haber asistido a ella, una verbena popular y dijo que había sido amenizada por la Banda municipal de música.

Al día siguiente otro periódico, El Adalid, comentó la plancha de La Lealtad, pues la Banda de música no había asistido a la verbena.

Pepe Navarro recogió la tomadura de pelo del colega y sólo le puso este comentario: ¿Pero no es verdad, querido compañero, que si no asistió la Banda de música debió asistir?

En los últimos arios de vida de La Lealtad escribíala sólo Navarro Prieto. Sentado ante su bufete llenaba cuartillas y cuartillas de una letra microscópica pero clarísima, inmejorable, sin tachar una palabra, sin omitir un signo de puntuación, e iba entregando a los cajistas el articulo de fondo, las indirectas, la crónica literaria, las gacetillas, las informaciones telegráficas, todo el texto en fin, sin demostrar cansancio ni agotamiento como si no se tratara de una labor continuada de días, meses y años.

Navarro Prieto no solamente era un periodista notable sino un buen literato y un inspirado poeta.

Entre sus producciones agenas [sic] al periodismo figuran algunos estudios históricos y un trabajo filosófico titulado El hombre, que revela un profundo conocimiento del alma humana y un delicado espíritu de observación.

En sus poesías correctas, originales siempre, hay un fondo profundamente filosófico y a veces campea un humorismo parecido al de muchas producciones del inmortal Campoamor.

En el álbum de autógrafos del autor de estas líneas figura una composición de Navarro, denominada La Vida, que empieza con la siguiente estrofa:

"Es el mundo una amalgama, según el dolor apriete, de comedia o de sainete, de tragedia o melodrama."

en la que describe de manera magistral, en muy pocos versos, las distintas fases de la existencia.

El fundador de La Víbora tenía verdaderas genialidades, ocurrencias exclusivamente suyas, que hacían exclamar a sus amigos cuando se enteraban de ellas: ¡cosas de Navarro!

La persona que por primera vez visitaba al satírico periodista en el despacho de su casa no podía por menos que fijar su atención en un enorme rollo de papel y varias figurillas de barro, muy toscas, que había sobre el bufete y en un cuadro cubierto con un crespón negro que aparecía colgado en la pared sobre el sillón del crítico implacable.

Don José Navarro satisfacía en el acto la curiosidad del visitante, aunque no se hubiera atrevido a preguntar que significaba todo aquello.

Este rollo -decía- hecho de cuartillas de papel de barba pegadas unas a otras formando una tira de cincuenta metros de longitud contiene un discurso con que unos amigos me felicitaron un año, el día de mi Santo.

Empezaron a leermelo pero no concluyeron la lectura porque les amenacé muy formalmente con una pistola.

Esas figurillas, que se destinan a los nacimientos de Noche-Buena, tienen un merito extraordinario, aunque usted no lo crea; representan el arte primitivo de los iberos, sin mezcla ni adulteración alguna.

Y ese objeto colgado en la pared y cubierto con un crespón es un plato, en que un pintor popularísimo, Alfredo Lobato, trazó el retrato de un prohombre de la política cordobesa.

El personaje o la personilla en cuestión me jugó una mala partida y desde entonces lo tengo condenado a permanecer entre las sombras, de las que nunca debió salir.

En la tertulia de Pepe Navarro, en las jiras campestres a que concurría, siempre con personas modestas, con

hombres del pueblo en el que contaba el mayor número de sus amigos, todos estaban pendientes de las ocurrencias, de los chistes, de las sátiras del travieso escritor y algunas de sus bromas le dieron fama.

El organizó la cencerrada mas formidable que registra la crónica escandalosa de nuestra capital.

Tomaron parte en ella los redactores de La Lealtad, los operarios de su imprenta, innumerables amigos de Navarro y otras personas que se agregaron al coro.

Utilizaron en el horrible desconcierto los cencerros y demás artefactos apropósito para producir ruido que había en todos los baratillos de nuestra población; los silbatos, bocinas y trompas de caza que poseía la Fábrica de cristal y los almireces y regaderas del vecindario de la calle del Cardenal González y de las contiguas, donde se verificó la serenata.

Esta duró seis u ocho horas, pues los instrumentistas poseían un permiso especial para que no les molestaran los agentes de las autoridades encargados de mantener el orden.

Era muy previsor Navarro Prieto y no se le olvidaba un detalle.

El curioso lector ¿desea saber quienes constituían la feliz pareja que recibió este fino obsequio?

Pues no le podemos complacer porque todavía no hemos conseguido averiguarlo apesar de que tomamos parte en la cencerrada.

Como final de estas notas vamos a consignar un hecho que retrata de cuerpo entero a Pepe Navarro.

Mandó este a un aprendiz de su imprenta que llevara unos paquetes de papel; para envolver, al dueño de un almacén de comestibles que lo había pedido.

Ve a la tienda que hay en tal parte -dijo al muchacho- preguntas por Fulano, citóle al tendero no por su nombre sino por un apodo que tenía (nada limpio) y le entregas estos paquetes.

El aprendiz llegó, con su carga, al establecimiento; ¿es esta la tienda de Fulano? Preguntó a su propio dueño y éste, al oir que le nombraban por su odiado remoquete, montó en cólera y emprendióla a pescozones y puntapies con el chico.

El maltrecho rapaz volvió a la redacción compungido y lloroso como una Magdalena.

Don Jose Navarro, cuando se enteró del suceso, juró in mente vengarse del tendero irascible.

Dos años después celebrábase el bautizo de una niña hermana del aprendiz aporreado y Navarro Prieto actuaba de padrino en la ceremonia.

Al entrar en la iglesia recomendó a los monaguillos que reunieran el mayor número posible de chavales, pues se proponía arrojar gran cantidad de dinero.

Cuando la comitiva salió del templo en sus alrededores la gente menuda formaba una legión.

El padrino marcó un largo itinerario para regresar a la casa del neófito y emprendió la marcha muy despacio sin echar un céntimo a la turba que le rodeaba, sordo a sus gritos, impacible [sic] al escuchar los calificativos que le aplicaba por su tacañería.

La comitiva pasó ante la tienda de comestibles donde, dos años antes, fuera maltratado el aprendiz de la imprenta de La Lealtad y cuando Navarro Prieto estuvo frente al almacén arrojó dentro de él varios puñados de perras gordas y chicas y algunas monedillas de plata.

Lo que entonces ocurrid es indescriptible; una tromba humana, una avalancha imponente se precipitó en el establecimiento rompiendo cristales, frascos y botellas; volcando sacos y cajas; tirando al suelo zafras y barrenos; destrozando escaparates y estanterías.

Cuando el desventurado comerciante se vió libre, a costa de esfuerzos inauditos, de la terrible invasión de aquella horda, el almacén presentaba un aspecto desolador.

La más imponente plaga de langosta que cayera en un campo frondoso no ocasionaría tantos estragos como produjo el aluvión de chiquillos en el almacén.

Navarro Prieto había cumplido el juramento que hñera in mente, vengándose de la hazaña del tendero irascible.

Marzo. 1920.