Un Rincón De La Ciudad es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.
Texto
En el señorial y tranquilo barrio de la la Catedral, muy cerca de la Mezquita, en la terminación de la calle de las Comedias, hay una calleja estrechísima que parece un túnel, pues los muros de sus edificios amenazan con unirse por la parte superior.
La persona que por primera vez penetre en esta angosta vía seguramente sentirá el temor de quedar sepultado entre escombros a consecuencia del derrumbamiento de los desniveles y viejos paredones.
Y quien desconozca nuestra población seguramente no podrá creer que la estrechísima calleja de la calle de las Comedias conduzca a uno de los rincones más típicos de Córdoba.
Ella pone en comunicación la calle citada con una espaciosa plazuela, antiguamente convertida en jardín, en cuyo lado izquierdo se halla otra calleja diminuta con un arco a guisa de pórtico.
El silencio característico del barrio de la Catedral se acentúa en el paraje citado, donde parece que se vive en un aislamiento completo de la humanidad, lejos del mundanal ruido como dijo el poeta.
Hace treinta y cinco o cuarenta años, en la plaza a que nos referimos sólo había dos casas, una muy pequeña, otra grande, con el sello característico de las antiguas casas cordobesas; los postigos o puertas falsas, como vulgarmente se les denomina, de dos hermosos edificios de la calle de la Encarnación y una amplia reja, bello ornamento de la plaza, perteneciente a la Fábrica de cera de la Catedral.
Junto a la reja, un gran bloque de piedra servía de asiento a los vecinos para tomar el sol en invierno y disfrutar del fresco de la noche en en verano.
En la diminuta calleja a que servía de entrada el arco levantábanse otras dos casitas de reducidas proporciones, modestas pero con más luz y mejores condiciones higiénicas que las que se construyen en la actualidad.
La parte inferior de todos los muros estaba cubierta por dompedros y boneteros, que formaban un verde zócalo, salpicado en primavera y estío por las multicolores florecillas de los primeros.
En la reja de la cerería y en el arco de la callejita no faltaban las enredaderas y los rosales que llenaban el ambiente de suaves perfumes.
Era el lugar descrito uno de los más alegres de la población y en él reinaban la paz y la tranquilidad propias de la aldea, donde se vive ni envidiado ni envidioso.
En la época indicada frecuentemente se veía penetrar por el túnel de la calle de las Comedias a algunos de los notables literatos que entonces abundaban en esta ciudad, desde el sabio humanista don Francisco de Borja Pavón hasta el joven escritor don Julio Valdelomar y Fábregues.
¿Iban a deleitarse en la contemplación de aquel pintoresco y apartado paraje de Córdoba? No. Iban a visitar a un insigne poeta, maestro de casi todos los de su tiempo, don Manuel Fernández Ruano; a pedirle consejos, a escuchar sus enseñanzas, a recrearse en sus versos inspirados y hermosos.
Fernández Ruano,que como casi todos los hombres de talento, vivió sumido en la pobreza, habitaba en una de las pequeñas casas de la callejita del arco y su humilde domicilio solía convertirse en ateneo, donde se trataba y discutía de los temas literarios más interesantes y de actualidad.
En las interminables noches del invierno, improvisábanse veladas amenísimas en el retiro del poeta y en el verano todos los vecinos de aquel rincón, unidos por vínculos de amistad tan estrecha, que los convertían en una sola familia, congregábanse en la plazuela para disfrutar del fresco y allí pasaban las horas inadvertidas, ya en amena charla, ya admirando las vibrantes estrofas del cantor de Carlos V.
La esposa de un funcionario de Hacienda, que fue artista lírica, solía amenizar tales reuniones interpretando, con gusto y afinación, trozos de óperas y zarzuelas, y otra señora, esposa de un militar, recreaba a sus contertulios narrando con vivos colores y con gracejo extraordinario múltiples y arriesgados episodios de que fueron actores su marido y ella en los campos de Cuba.
Con el pretexto de celebrar la fiesta onomástica de un vecino o simplemente de echar una cana al aire, se organizaba caracoladas y sangrías, en las que la animación el júbilo, el buen humor, no decaían un instante hasta que las primeras claridades del día obligaban a los trasnochadores a recluirse en sus albergues.
¡Quién en una de estas noches de inocente juerga hubiera pensado al transitar por la silenciosa y solitaria calle de las Comedias que, más allá de la calleja en forma de túnel, se desarrollaba un cuadro genuinamente cordobés lleno de encantos y de poesía!.
Julio, 1920.
