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Final De Una Tragicomedia (Notas cordobesas)

De Cordobapedia
Revisión del 20:07 24 ago 2026 de Aromeo (discusión | contribs.) (Incorporación de Notas cordobesas, de Ricardo de Montis)
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Final De Una Tragicomedia es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

La mayoría de nuestros lectores recordará el Teatro Principal, aquel teatro pequeñito y elegante por cuyo palco escénico desfilaron los artistas españoles más famosos de los dos primeros tercios del siglo XIX.

Pocos años antes de que un voraz incendio destruyera el coliseo mencionado, casi frente a él, en la casa que forma una de las esquinas de la calle de Ambrosio de Morales y de Pompeyos, fué abierto un establecimiento de bebidas titulado "El Globo".

Allí acudían muchos concurrentes al Teatro Principal, en los entreactos, para comentar la obra que se representaba o la labor de los actores, entre trago y trago del dorado néctar o entre chicuela y chicuela del amílico .

Una noche, poco después de haber terminado la función en el coliseo entonces predilecto de nuestro público, presentóse en la taberna antedicha un hombre de avanzada edad; clavó su vista en otro individuo que se hallaba en el establecimiento y, cuando le hubo reconocido, montando en cólera empezó a dirigirle los mayores insultos y las ofensas más graves.

Hace muchos años que he estado buscándote y al fin te encuentro; ahora me las pagarás todas juntas, exclamó con acento iracundo, al mismo tiempo que intentaba abalanzarse sobre su enemigo.

Este evitó la acometida saliendo precipitadamente de la taberna; tras el corrió su adversario y poco después sonaron dos o tres disparos de arma de fuego en la calle de Pompeyos, a los que siguió el silencio más profundo.

Como de costumbre, los agentes de la autoridad no se enteraron del suceso y nadie supo quien o quienes dispararon los tiros.

Sólo se pudo comprobar que uno de los proyectiles quedó incrustrado [sic] en la puerta de una casa.

En un teatro de una población andaluza trabajaba el eminente actor don Pedro Delgado.

Su obra predilecta era el drama Guzmán el Bueno ; de este personaje había hecho una creación artística asombrosa.

Aunque revelaba su gran talento y sus excepcionales aptitudes de actor dramático en todas las escenas de la obra, sobresalía de modo extraordinario en las que suceden al momento culminante en que el patriota sin segundo arroja el puñal conque ha de ser muerto su propio hijo.

Don Pedro Delgado descendía por la escalera de la torre pálido, tembloroso, vacilante, sujetándose al pasamano para no caer.

Cuando se hallaba en el centro del escenario cubríase el rostro con las manos, permanecía así algunos instantes y al mostrar de nuevo la faz, tras un horrible grito de terror, aparecían retratados en ella el dolor y la desesperación; sus músculos se contraían y brotaban de sus ojos gruesas y abundantes lágrimas.

El público, hondamente impresionado por aquella ficción que superaba a la realidad, prorrumpía en un aplauso unánime, cerrado, ensordecedor.

El insigne artista era hombre de carácter violento; enamorado de su arte, la más leve equivocación, el menor descuido, una ligerísima deficiencia en el trabajo de las personas encargadas de secundarle, bastaba para que montara en cólera y reprendiera con una dureza sin ejemplo al desgraciado autor de la falta.

En el teatro de la población a que nos referimos, cierta noche, un pobre tramoyista tuvo la mala fortuna de echar un telón antes de tiempo y don Pedro Delgado estuvo a punto de extrangularle.

El tramoyista juró vengarse de la atroz reprimenda, de los insultos y amenazas de que habla sido objeto, en la primera ocasión que se le presentara.

Anuncióse el beneficio de don Pedro Delgado, quien eligió, según su costumbre, para representarla en esta función su obra favorita Guzmán el Bueno .

Numerosísimo público acudió a admirar el trabajo portentoso del gran artista.

La sala del teatro presentaba un golpe de vista deslumbrador; no había una localidad desocupada y en palcos y plateas lucían sus galas y sus encantos damas respetables y bellas señoritas.

Los espectadores no perdían un detalle de la labor prodigiosa de aquel coloso de la escena.

Llegó el momento culminante, el que proporcionaba los mayores triunfos al veterano actor. Don Pedro Delgado, después de arrojar el puñal, descendió por la escalera de la torre con paso incierto, agarrándose al pasamano para no caer; detúvose en el centro del escenario; ocultó con ambas manos el rostro y, al descubrirlo nuevamente, en vez del aplauso unánime, cerrado, ensordecedor, estalló en todo el teatro una ruidosa carcajada.

En la faz del comediante, a la impresión del dolor, sustituyeron, confundiéndose, las del asombro y de la ira.

¿Que había sucedido? Sus compañeros primeramente y el espejo después, le contestaron a esta pregunta.

Don Pedro Delgado tenia la cara completamente negra. Guzmán el Bueno habíase convertido en Otelo por arte de magia.

El tramoyista que algunas noches antes jurara vengarse del actor, acababa de cumplir su juramento.

Para lograrlo puso en practica una idea diabólica; pintó con humo de pez el pasamano de la escalera de la torre; al apoyarse en é1 llevóse el artista gran parte de la pintura en las manos y con estas llenóse la faz inadvertidamente de tiznones.

Huelga decir que la travesura costó una enfermedad a don Pedro Delgado y que el autor de la mala partida tuvo que emigrar de la población para no morir a manos del interprete de Guzmán el Bueno.

Don Pedro Delgado trabajaba en el Teatro Principal de Córdoba.

Invariablemente, al terminar la función, visitaba el establecimiento titulado "El Globo" para beber un refresco.

Una noche halló en él a un individuo en quien, apesar de que habían transcurrido bastantes años, reconoció al tramoyista de la venganza.

Una oleada de sangre le subió al cerebro, cególe la ira y su lengua se desató en improperios.

Ambos salieron desafiados; no sabemos si uno de los cóntendientes o los dos dispararon varios tiros en la calle de Pompeyos, sin hacer blanco por fortuna y, tal vez al notar que se aproximaba algún transeunte, se marcharon en distintas direcciones, terminándose de este modo la tragicomedia que se desarrollara diez o doce años antes en un teatro de una población andaluza.

¿El curioso lector desea saber quien era el antiguo tramoyista que de un modo tan cruel como original se vengó de la reprimenda de don Pedro Delgado?

Pues era Alejandro Calleja, industrial muy conocido en Córdoba, dueño al ocurrir la contienda entre los dos terribles enemigos de una Funeraria establecida en la calle de Agustín Moreno.

Agosto, 1920.