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Los Prestidigitadores (Notas cordobesas)

De Cordobapedia
Revisión del 20:07 24 ago 2026 de Aromeo (discusión | contribs.) (Incorporación de Notas cordobesas, de Ricardo de Montis)
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Los Prestidigitadores es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

Entre los espectáculos que casi han desaparecido figura el de la prestidigitación.

A nuestros antepasados, gente sencilla, les recreaban más las habilidades de un escamoteador y las inesperadas transformaciones de una comedla de magia, que al público moderno le recrean las desnudeces de la mayoría de las mujeres que se exhiben en los cinematógrafos.

Cuando nos visitaba un prestidigitador famoso, y hace cuarenta años había algunos que eran artistas de mérito excepcional, la gente llenaba los teatros en que trabajaba aquel y en los cafés y en las tertulia hablábase solamente de los prodigios que realizaba y hombres graves devanábanse los sesos para averiguar la trampa del más sencillo juego de manos.

Los chiquillos se asustaban del prestidigitador y las viejas huían de él, creyendo firmemente que tenía pacto con el demonio.

Uno de los artistas de este género que gozaron de mayor renombre fué Limiñana.

Aquí trabajó varias veces en el Teatro Principal y, como en todas partes, obtuvo una popularidad extraordinaria merced a la propaganda que sabía hacer de sus prodigios.

No se limitaba a efectuar sus difíciles escamoteos y demás juegos en el escenario sino que en la plaza pública, en el café, en la taberna, en cualquier parte ejecutaba experimentos incomprensibles que producían el estupor de cuantas personas los presenciaban y le convertían, para el vulgo, en un ser excepcional, un mago, un brujo o algo por el estilo.

La narración de las diabluras de Limiñana corría de boca en boca, originando unánime estupefacción. Todavía hay quien recuerda el caso gracioso que le ocurrió al artista con una vendedora de huevos del Mercado. Acercóse al puesto de aquella, compró un huevo y en el acto lo partió, cayendo de su interior una reluciente moneda de oro de cinco duros; repitió la operación una, dos veces y a la tercera la inocente mujer se negó a venderle más huevos en vista de que, en ellos, poseía una fortuna.

Marchóse Limiñana y la infeliz huevera comenzó a imitarle, haciendo una enorme tortilla, sin encontrar, como es lógico, no ya monedas de cinco duros, sino siquiera una miserable pieza de dos cuartos.

Y si con este y con otros juegos llamaba la atención del pueblo en la vía pública, producía mayor asombro en el teatro cuando empezaba a presentar enormes peceras llenas de agua con peces, de vistosos colores, sin que pudiera verse de donde las sacaba y cómo desaparecía entre sus manos una jaula de grandes dimensiones con un canario auténtico.

Los primitivos prestidigitadores, incluso los que en las plazuelas hacían aparecer y desaparecer las bolas de corcho d,bajo d e los cubiletes de latón, tenían mas mérito que sus sucesores, pues aquellos se valían, casi exclusivamente, de la destreza, y estos utilizan aparatos con los cuales el hombre más torpe resulta prestidigitador.

Otro, casi tan notable por su destreza como Limiñana, era Gago, que también actuó en el Teatro Principal.

Dedicábase casi exclusivamente al escamoteo y sin utilizar artefacto ni efecto alguno de su propiedad, sino con los objetos que pedía al público, relojes, pañuelos, abanicos, pulseras, sombreros y cigarros, efectuaba una interminable serie de juegos, originales e incomprensibles.

No menos fama que las dos citados consiguió otro posterior a aquellos, Antonio Vergara, que se anunciaba con el sobrenombre del Brujo y que permaneció largas temporadas en Córdoba, retenido por la legión de amigos que supo reunir en nuestra ciudad.

Un par de veces a la semana los jueves y los domingos, celebraba funciones en el coliseo ya mencionado y los restantes dedicábalos a divertirse y a hacer las delicias de sus contertulios con multitud de variados juegos.

Al entrar en cualquier casa, los cuadros pendientes de las paredes se inclinaban para saludarle respetuosos; en el café simulaba bautizar con una botella de agua a una señora y vertía sobre su cabeza una lluvia de flores; en el casino adivinaba las cartas que iba levantando el encargado de tallar en el monte ; en la taberna descargaba el puño sobre un vaso colocado en una mesa y aquel desaparecía encontrándosele luego en el bolsillo de un parroquiano; en la plaza de la Corredera, lugar predilecto del artista para sus manipulaciones cogía una liebre muerta, la acariciaba y el animal emprendía veloz carrera, produciendo en la gente un asombro indescriptible.

Todos estos milagros y las simpatías generales de que gozaba el Brujo contribuían a que cada vez que celebraba una función en el Teatro Principal se acabasen las entradas.

Cen [sic] muy llamativos carteles anunció su presentación en el teatro a que nos venimos refiriendo un Hermán apócrifo, pues el auténtico había fallecido hacía algunos años, entre cuyos experimentos maravillosos figuraba la decapitación humana.

Gran número de curiosos acudió a presenciar la sensacional experiencia; Hermán presentó el escenario con un aparato que ponía el vello de punta; por todas partes veíanse calaveras y esqueletos y en el centro un túmulo cubierto de paños negros y rodeado de blandones.

Sobre él tendió a la presunta víctima , un muchacho con una cabeza de cera encima de la suya; armóse de un hacha y comenzó a descargar golpes en el mal simulado cuello del reo condenado a muerte pero, por torpeza del prestidigitador o por defectuosa preparación de la trampa, la cabeza no caía en la cesta preparada para recogerla y el verdugo tuvo que soltar el arma y desatar varias cuerdas a fin de que se realizase la decapitación.

Los espectadores protestaron contra aquella tomadura de pelo y Hermán, azorado, les dirigió la palabra de esta forma: respetable público: no se trata de una realidad, sino de una ilusión, pero si alguien no está conforme con ésta puede venir y lo decapitaré de verdad.

Una tempestad se desencadenó contra el artista, con quien quizá habrían realizado la decapitación de verdad, muchas de las personas engañadas si aquel no se hubiera quitado de enmedio prudentemente.

Los prestidigitadores extranjeros importaron en España los juegos de espectáculo que, si bien llamaban la atención de las gentes más que los primitivos, no tenían su mérito, pues en aquellos el aparato reemplazaba a la agilidad.

El primer artista que en Córdoba dió a conocer la magia moderna fue el italiano que se titulaba Conde Patrizzio Castiglioni.

Trabajó en el Gran Teatro y a su actuación precedió una propaganda excepcional. Llenó los muros de las principales calles y plazas de la población con unos cartelones de tamaño colosal, litografiados en colores, en los que ya aparecía rodeado de esqueletos y demonios obligándoles a ejecutar una danza macabra, ya recogiendo en una batea las balas de los fusiles que le disparaban varios soldados, ya cogiendo del espacio una lluvia de monedas de oro.

El Conde Patrizzio logró interesar tanto a la gente como en otros tiempos Limiñana y en todas partes hablábase con estupefacción de las incomprensibles y extrañas apariciones y desapariciones de la cámara negra, que hoy para nadie es un secreto, y del enigma de la calavera que contestaba a cuantas preguntas se le dirigían.

El prestidigitador italiano, en los intermedios de sus juegos, recreaba a los espectadores con la proyección en un lienzo de infinidad de graciosas siluetas hechas con las manos, auxiliándose de pedacitos de cartón o de papel.

Al terminar este espectáculo repartía entre los concurrentes libritos en los que explicaba el modo de hacer las siluetas.

Después del Conde Patrizzio presentóse en el mencionado coliseo, con lujo y ostentación análogos a los de aquel, Benita Anguinet, una prestidigitadora francesa a la que servía de secretario un hermano suyo disfrazado de negro.

Un periódico ilustrado publicó una caricatura en la que Benita aparecía embadurnando de pez, con una brocha, el rostro de su ayudante y debajo esta inscripción: "Experimento preliminar de todas las funciones de Benita Anguinet".

Esta terminaba sus espectáculos con la exhibición de cuadros disolventes, de la primitiva linterna mágica, antecesora del cinematógrafo, y nos recreaba haciendo desfilar ante nuestros ojos preciosas vistas de poblaciones, monumentos y paisajes de las cinco partes del mundo.

No dejaremos de consignar a otro manipulador francés, Faure Nicolay, que también trabajó en el Gran Teatro, y que sobresalía, más que como prestidigitador, como jugador de billar, pues dominaba este deporte de una manera asombrosa.

Hacía centenares de carambolas seguidas, algunas inverosímiles, tirando lo mismo con el taco que con los dedos o con la nariz

Un hermano de este artista, llamado Cayetano, trabajó en el Teatro Circo del Gran Capitán, donde también han actuado algunos buenos prestidigitadores y presentó, entre otras novedades, el arca de Noé, curioso experimento consistente en sacar varias personas y diversos animales de una caja de gran tamaño que momentos antes exhibiera vacía.

Cayetano Nicolay tuvo un trágico fin; una explosión del gasógeno que utilizaba para los cuadros disolventes le destrozó de modo horrible.

Varias veces visitó a Córdoba, actuando siempre con éxito en el coliseo de la calle de la Alegría, el italiano César Watry, que daba gran realce a su trabajo por el aparato y el lujo conque lo rodeaba.

Creación suya fue la cámara amarilla, en la que, por medio de una combinación óptica, hacía desaparecer varios figurones puestos en pie sobre una mesa y aparecer nuevamente, só1o cubriéndolos durante algunos segundos con un enorme cubilete.

Todos nuestros lectores recordarán al norteamericano Raymond, que hace nueve o diez años dió a conocer sus habilidades en el Gran Teatro y al que seguramente no ha superado prestidigitador alguno en propaganda, en maquinaria, ni fastuosidad escénica.

Inundó nuestra población de anuncios de todas clases con su retrato y publicó en la prensa diversos artículos haciendo él mismo su apología.

Merced a todos estos recursos logró despertar la curiosidad del público y que este llenara el teatro para presenciar juegos y experiencias bien presentados y algunos en forma nueva, pero todos muy vistos, pues eran los mismos que constituían el repertorio de los antecesores de Raymond en su arte.

Finalmente citaremos a un prestidigitador muy original que gozaba en Córdoba de muchas simpatías. Era un joven perteneciente a una aristocrática familia gaditana; locuras perdonables en los pocos años le hicieron aborrecer los libros, abandonar su casa y dedicarse a trabajar en teatros y casinos, realizando primorosos juegos de destreza, para los que poseía dotes excepcionales.

Pocos escamoteadores le habrán superado en habililidad [sic]; entre sus manos desaparecían, como por arte de encantamiento, monedas, barajas, pañuelos, copas y cuantos objetos encontraba a su alcance.

En el Gran Teatro, en varios círculos de recreo y en los domicilios de muchas familias cordobesas celebró las distintas veces que estuvo entre nosotros, veladas agradabilísimas en las que recreaba a los espectadores tanto con los prodigios de la prestidigitación cuanto con las sales de ingenio y la gracia.

Algunos años después de haber efectuado su última visita a esta capital recibimos una carta suya, muy lacónica, en la que nos decía:

"El día tantos hago mi último escamoteo. Me caso. Como sé que eres amigo verdadero y admirador mío, te invito para la fiesta."

Desde entonces no hemos vuelto a saber de aquel hombre original.

¿Preguntan los lectores quién era? Muchos lo recordarán, sin duda, cuando estampemos su nombre: se llamaba Luis Juirez de Negrón.

No terminaremos estas notas sin consignar que cuando la prestidigitación estuvo de moda hubo en Córdoba algunos buenos aficionados a dicho arte, de los que merecen especial mención dos procuradores, don Francisco Pardo de la Casta y don Rafael Boloix.

El primero reunió una buena y numerosa colección de aparatos para efectuar juegos y experiencias que, cuando murió su dueño, fue a parar a un baratillo de la plaza Mayor, y el segundo poseia tal habilidad y tanta destreza para el escamoteo y las manipulaciones con la baraja, que ya hubiesen querido trabajar como é1 muchos profesionales.

Septiembre, 1920.