El Poeta De La Fuensanta es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.
Texto
En una de las fértiles huertas del pago de la Fuensanta nació y se crió un muchacho poseedor de una inteligencia privilegiada y de felices disposiciones para el cultivo de la poesía.
Recibió de la Naturaleza las primeras lecciones de preceptiva literaria y cuando aún no sabía leer ni escribir empezó a componer versos de forma incorrecta pero muy sentidos, muy armónicos, con la dulce armonía del eterno susurro del Guadalquivir y del constante gorgeo de los pájaros en la fronda.
Sus padres, unos modestos agricultores chapados a la antigua, le inculcaron sus acendradas creencias religiosas, sus buenas costumbres, casi patriarcales, y el muchacho se crió con el corazón sano lleno de fe y de esperanza en Dios.
Pasa él no había más mundo que su huerta de verdor perenne, llena de frutas y de flores, y el santuario a donde le llevaban para que oyese Misa todos los domingos.
¡Cuánto gozaba durante su visita al templo!
Primero deteníase en el atrio de la iglesia para admirar, con curiosidad infantil, el terrible caimán cuya contemplación le producía calofríos, los cuadros representando el Alma en gracia y el Alma en pena, los innumerables exvotos pendientes de los viejos muros; luego penetraba en el templo, con fervor prosternábase ante la imagen de la Virgen; fijaba los ojos en ella, sus labios balbucían una salve y parecíale que la Madre de Dios le enviaba una mirada y una sonrisa de inefable, de infinita dulzura.
Al salir encaminábase al Pocito para beber su agua milagrosa y luego a la huerta donde viese la primera luz, donde tenía un hogar feliz lejos del mundanal ruido, albergue de la honradez y de la modestia.
Y allí, inspirado por la mirada y la sonrisa cariñosa que momentos antes le pareciera sorprender en el rostro de la efigie, y por el espectáculo grandioso que le rodeaba, oyendo los aspergios [sic] de los ruiseñores, y la monótona canturia del río, y el murmullo del viento entre las copas de los árboles y el sonnoliento chirrido de la noria, componía versos sin sujeción a reglas, pero muy bellos por su expontaneidad muy sentidos, muy armoniosos, todos dedicados a su única inspiradora, a su Virgen, a la Virgen da la Fuensanta.
Y soñaba con poder colocar en el atrio del templo, entre los exvotos, una composición escrita y firmada por él, como pública ofrenda de su inmenso amor, de su profunda gratitud a la Reina de los Cielos.
Personas generosas, enteradas de las excepcionales aptitudes del huertano, se impusieron la noble misión de instruirle; después le costearon los estudios de una carrera, la del Magisterio, y el muchacho se convirtió en un hombre culto, honrado, trabajador y en un verdadero poeta.
Sus versos inspirados, llenos de sentimiento y de fe, ya no tenían incorrecciones, ya estaban escritos con sujeción a las reglas de la preceptiva literaria.
El antiguo y modesto agricultor satisfizo entonces el deseo vivísimo, la aspiración constante que sintiera en su infancia: dedicó una hermosa poesía a la Virgen de la Fuensanta, imprimióla, poniendo debajo de la firma, como si fuese un pseudónimo, El hortelano y la colocó, en un cuadro, entre los exvotos que cubren los muros del atrio del templo.
El novel literato colaboró asiduamente en la Prensa de Córdoba, sin omitir en sus composiciones, al pie de su nombre, el de su primitiva profesión de hortelano, testimonio elocuente de la sin par modestia que le adornaba; tomó parte en la mayoría de los actos literarios que se celebraron en nuestra capital y obtuvo honrosas y muy justas recompensas en certámenes y juegos florales.
Su principal fuente de inspiración fué siempre la Virgen ante cuyo altar se postrara, cuando pequeñuelo, para balbucir una salve, y todos los años, el 8 de Septiembre, le dedicaba unos versos llenos de amor y de fe.
En su escuela de la antigua calle del Baño, de San Pedro, educó a varias generaciones, inculcándoles sanos consejos a fin de que los niños de entonces fueran en el porvenir hombres honrados, creyentes y útiles para su patria.
Jamás perdió el cariño al pedazo de tierra que le vió nacer y siempre que sus ocupaciones se lo permitían visitaba la huerta en que abrió los ojos a la luz, donde habitaban sus ancianos, sus idolatrados padres, para sellar sus rostros con un beso, para respirar aquellos aires puros impregnados de perfumes de flores y adormecerse escuchando el canto de las aves, el susurro de las aguas del río y el chirrido de la noria.
Y cuando se hallaba en Córdoba el insigne poeta Grilo, acompañábale en estas visitas para que le bendijera la madre de su amigo y compañero el antiguo huertano.
Así vivió aquel hombre que se llamó don Rafael Vaquero Jiménez quien, al terminar la jornada de la existencia, seguramente dedicó sus últimas frases a la Virgen de la Fuensanta y murió feliz creyendo que la Virgen le dirigía una mirada de profundo cariño y una sonrisa de inefable dulzura.
Septiembre, 1920.
