El Pintor De Los Platos es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.
Texto
Puede asegurarse que fué el último artista bohemio de Córdoba
¿Quién no le conocía? ¿Quién no tenía amistad con él? ¿A quién no se había acercado alguna vez para ofrecerle un par de platos o de tablas pintados al óleo?
Alfredo Lovato poseía aptitudes para el manejo de los pinceles superiores a las de muchos pintores que han llegado a ocupar un buen puesto entre sus compañeros de profesión.
Dibujaba bien, sabía manejar los colores y, sobre todo, lograba dar gran parecido a los retratos, género a que, principalmente, se dedicó en su juventud, pero su espíritu bohemio no le permitía consagrarse al arte con perseverancia, ni estudiar, ni meditar las obras que iba a producir, ni invertir mucho tiempo en ellas, ni siquiera utilizar modelos, pintaba a la carrera, sin preparación, de memoria, para salir del paso primero, para obtener el pan de cada día después y, por estas causas, no logró llegar a donde, con menos motivos que él, llegaron otros.
No obstante, quiso vivir exclusivamente de su paleta, y se puede decir que casi lo consiguió.
Siempre rehusó destinos y ocupaciones que implicaran obligaciones y deberes, pues, como todos los bohemios, quería gozar de libertad absoluta.
Sólo en los comienzos de su carrera ejerció un cargo: el de profesor de Geometría de dibujantes en la Escuela provincial de Bellas Artes de Córdoba.
Y allí, como en todas partes, reveló sus genialidades que le obligaron a abandonar el puesto.
Era la clase indicada como de preparación para el ingreso en las otras, la que más alumnos tenía y de menor edad; semejaba, más que clase, una colmena.
Alfredo Lovato, las noches en que se hallaba de buen humor, ofrecía a sus discípulos unas veladas deliciosas.
En vez de hablarles de líneas rectas y curvas, de ángulos y triángulos, de polígonos y de circunferencias, les pronunciaba discursos admirables.
Merced a su memoria excepcional se había aprendido las oraciones parlamentarias más notables de nuestros primeros políticos y tenia la habilidad de repetirlas con la entonación y la mímica de sus autores.
¿Quieren ustedes oir a Castelar, a Cánovas, a Moret, a Pi y Margall?, preguntaba a la turba de chiquillos.
¡Sí, sí!, contestaban todos a coro; produciendo una infernal algarabía.
Pues guarden silencio y pongan atención, agregaba Lovato, e inmediatamente levantábase de su sillón y comenzaba a pronunciar un discurso de cualquiera de los hombres insignes indicados o de otros de su época, sin equivocarse en una palabra, ni omitir un gesto ni un detalle de los característicos de cada orador.
¡Y había que presenciar los triunfos que obtenía! Mucho mayores que los de aquellos a quienes imitaba.
Su auditorio le aclamaba con verdadero entusiasmo, le interrumpía a cada momento con manifestaciones de júbilo y acababa por promover un alboroto mucho mayor que los que suelen originarse en el Congreso, el cual obligaba al Director de la Escuela a acudir precipitadamente al improvisado Parlamento y ordenar el despejo del salón de sesiones.
En cierta ocasión, Alfredo Lovato obtuvo una pequeña herencia; consideróse feliz y se propuso cambiar de vida por completo.
Preparó un buen estudio, hizo provisión de lienzos y colores y dispúsose a trabajar con fe, a producir verdaderas obras de arte.
También adquirió una jaquita para salir todas las tardes a pasear por los pintorescos alrededores de nuestra población, no sólo con el objeto de respirar los aires puros del campo, sino con el de tomar apuntes y elegir paisajes que luego utilizaría en sus cuadros.
El primer día que salió caballero en su jaca, detúvose en un establecimiento donde acostumbraba a reunirse con varios amigos, para beber unas copas y jugar una partida de dominó. La tertulia se prolongó demasiado y cuando nuestro hombre abandonó la reunión era ya de noche; tuvo, por tanto, que desistir de inaugurar los proyectados paseos y volver a su casa.
Al día siguiente le ocurrió lo mismo y en todos los sucesivos se repitió la escena. La jaca, cuando llegaba a la puerta del establecimiento, parábase sin indicación alguna del jinete [sic], y de allí no pasaba aunque la espoleasen sin compasión. Negábase en absoluto a recorrer otro trayecto que el comprendido entre la cuadra y aquel lugar.
Convencido el pintor bohemio de que para nada servíale la caballería, decidió venderla, y acaso igual resolución adoptara respecto a los caballetes, lienzos, pinceles, colores y demás efectos con que llenó su estudio.
Pronto se terminó el dinero de la herencia y entonces fué cuando Lovato ideó su último medio de buscarse la vida, la profesión de pintor de platos y tablas, a que se dedicó durante muchos años, hasta que una terrible enfermedad obligóle a abandonarla y a recluirse en el hogar de su familia para terminar en él la existencia.
Diariamente pintaba media docena de platos y de tablillas, trabajo en que escasamente invertiría una hora. Una vista de cualquier monumento, un lugar típico de Córdoba, un paisaje, una marina, el busto de una gitana, eran los asuntos de sus obras, hechas con cuatro pinceladas, tan a la ligera que, a veces, no se podían calificar ni de bocetos.
Envolvía un par de platos o de tablillas en un periódico, y con ellos debajo del brazo lanzábase a la calle, siempre dicharachero y jovial, dispuesto a venderlos y a volver por otros.
¡Y vaya si los vendía! Iba a las casas de los amigos para ofrecérselos, detenía a cuantas personas encontraba al paso con el mismo fin y merced a su persistencia en las ofertas y a la cháchara ingeniosa y chispeante de que la acompañaba, siempre conseguía su propósito.
Poquísimas serán las casas de Córdoba en una de cuyas habitaciones no aparezcan, adornando las paredes, algunas de las obras de Lovato.
Contribuía también a que siempre encontrara compradores la excesiva baratura del género; el pintor vendía un plato casi por el mismo precio a que se adquiere, sin decorar , en una cacharrería.
Y aún había ideado otro recurso para emplearlo con quienes se resistieran a darle un par de reales por una obra artística.
A esos les endosaba, por diez céntimos, una papeleta para la rifa de un cuadro magnífico, según aseguraba su propio autor.
En determinadas épocas del año el negocio de Alfredo Lovato era excelente y en ellas, en vez de pintar media docena de platos o tablas al día, veíase obligado a preparar varias docenas.
Eran las épocas aludidas las vísperas de las verbenas populares en que hay tómbolas con carácter más o menos benéfico.
El ochenta por ciento de las personas invitadas para donar-objetos con destino a tales rifas, recurría a las producciones del popular artista, porque era el modo de salir del compromiso, airosamente, por muy poco dinero.
Pero aún había otra época mejor para Lovato, en la que sin necesidad de trabajar tanto como en las referidas, conseguía ingresos mucho más considerables: los días que preceden a la Semana Santa.
Nuestra población en esos días, antes de que estallara la guerra mundial, inundábase de extranjeros que se dirigían a Sevilla para presenciar sus fiestas incomparables, y nuestro hombre no cesaba de visitar hoteles y fondas para ofrecer a los huéspedes vistas de Córdoba, paisajes de su Sierra y tipos de sus mujeres.
En estas obras se esmeraba más que en las destinadas a sus paisanos y solía venderlas a buenos precios.
Ni el agente de policía más sagaz le aventajaba en aptitudes para la investigación. Apenas llegaba un personaje, aunque viajase de riguroso incógnito, aunque se ocultara debajo de la tierra, se enteraba de quién era y averiguaba su paradero el pintor y acto seguido iba a ofrecerle una vista de la Mezquita, de la Puerta del puente, de la Virgen de los Faroles y el Caño gordo o de la Huerta de los Arcos.
Hace algunos años Alfredo Lovato desapareció; ya no volvimos a encontrarle por esas calles, siempre locuaz y risueño, decidido a vender un par de platos o de tablas a la misma doña María de Córdoba que se le presentara.
¿Murió el popular artista? No, pero arrastraba una vida que, tal vez, fuera peor que la muerte.
Sufrió un ataque de parálisis, quedando inútil por completo para el trabajo; él, tan amante de la libertad, de la independencia, tuvo que buscar el refugio de su familia y, en el hogar de uno de sus hijos, aguardó resignado el momento de concluir la jornada de la existencia.
Mas, apesar de su desgracia, siguió risueño, no perdió el buen humor y, cuando algunos días, a costa de grandes esfuerzos, salía a la puerta de su casa para distraerse viendo pasar a la gente, llamaba, como en sus mejores tiempos, a los amigos y conocidos, para decirles cuatro bromas y ofrecerles una papeleta de una rifa imaginaria: la de un cuadro que nunca pintó.
Hace pocos días el pobre artista ha terminado su odisea por el mundo.
Descanse en paz el popular pintor de los platos.
Diciembre, 1920.
