Estrenos Y Obras Teatrales es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.
Texto
La historia del teatro en Córdoba correspondiente a la segunda mitad del siglo XIX contiene noticias interesantes relativas al estreno de obras, más que por el éxito de éstas por el fracaso de muchas, que fué ruidoso y originó peripecias graciosísimas.
Recordaremos aquí algunos estrenos memorables.
Allá por el ano sesenta de la última centuria se registró un suceso curioso en esta capital.
Al anochecer de un día triste y lluvioso del mes de Enero, una mujer, llevando al brazo una cesta de mimbre, presentóse en una taberna del Campo de la Merced y rogó al dueño del establecimiento que le permitiera dejar allí la cesta mientras iba a cumplir un encargo a las afueras de la ciudad.
El tabernero accedió a la pretensión, mas como transcurriesen las horas y la mujer no regresara, aquél, impulsado por la curiosidad, abrió la cesta y, con gran asombro, encontró dentro de ella a una niña recién nacida.
Todas las investigaciones hechas para averiguar quienes fueran los padres de aquella infeliz criatura resultaron estériles y un matrimonio caritativo prohijó a la niña abandonada.
Este suceso sirvió de base a un hombre completamente lego en materia literaria para escribir un drama que no ha pasado a la posteridad por injusticias del destino.
Entregó la obra a una compañía que trabajaba en el teatro del Recreo y aquella se dispuso a representarla, sin presumir la suerte que había de correr.
Numerosísimo público acudió al popular café teatro para presenciar el estreno de La hija de la Providencia o los serenos de Córdoba, que así se denominaba la flamante producción del novel dramaturgo.
Levantóse el telón y fué reproducida fielmente la escena que se desarrollara en la taberna del Campo de la Merced cuando una mujer dejó la cesta misteriosa.
Después pasó un sereno, provisto de chuzo y farol que se detuvo para cantar la hora; siguiéronle otros que hicieron lo mismo y estuvieron pasando serenos durante un cuarto de hora.
Aunque aquellos decían invariablemente: Ave María Purísima, las nueve, las nueve y media, las diez, etc., y sereno, la atmósfera de la sala del teatro comenzó a encapotarse.
El tabernero abrió, al fin la cesta, y su contenido le arrancó estas exclamaciones: ¡Cielo santo, qué miro, una niña!
El telón cayó rápidamente y la tempestad empezó a cernerse en el espacio.
Comenzó el segundo cuadro; la escena representaba el patio de una casa de vecinos donde se celebraba el bautizo de la Hija de la Providencia . Varias parejas bailaban un chotis al compás de una guitarra y una bandurria.
Al llegar a este punto la tempestad se desencadenó furiosa, imponente. El público prorrumpió en la silva más espantosa que han oído los mortales, muchos espectadores, presa de gran indignación, se dispusieron a asaltar el escenario y el telón tuvo que caer de nuevo, rápidamente, antes de que concluyera el acto, para evitar un grave conflicto.
El autor que, vestido de rigurosa etiqueta, con prendas prestadas, aguardaba entre bastidores el feliz momento en que le llamaran al palco escénico para tributarle una ovación, se vió precisado a huir y refugiarse en una casa próxima, pues de lo contrario habría sido inevitable su lynchamiento [sic].
Un notable literato cordobés, gran poeta lírico, escribió un drama, género para el que no poseía aptitudes, titulado El espectro juez.
La obra fue estrenada en el Teatro Principal; la representación se efectuó sin tropiezo alguno hasta llegar a la escena culminante en que debía aparecer súbitamente un espectro.
Este surgió, de modo harto ridículo, de una especie de alacena y, como el escritor aludido fuese tan enjuto de carnes y demacrado que semejaba una momia, un espectador ocurrente, al ver el fantasma, gritó: ¡ahí está el autor! y esta frase produjo una carcajada general y el fracaso de la obra.
En el mismo teatro se verificó el estreno de un juguete cómico titulado ¡Mentira!
Este, que, según su autor, hallábase escrito en verso empezaba así:
¡Bendito el ferrocarril, cómo acorta la distancia! Ayer en París mi estancia y hoy me encuentro en Puente Genil”.
Los concurrentes acogieron la anterior estrofa con ruidosas manifestaciones de protesta y el pateo adquirió tales proporciones que fué necesario suspender la representación del juguete.
También en el Teatro Principal un autor, novel presentó las primicias de su ingenio, bien menguado, en una comedia denominada Se afeita, cofia y riza el pelo .
Tenia ésta una escena interminable, en la que un barbero rasuraba a un parroquiano, hiriéndole a cada momento.
¡Qué hace usted, maestro! gritaba el parroquiano al sentirse herido y el rapabarbas contestábale: eso no es nada, con ponerle un papel de fumar está todo arreglado, e inmediatamente le aplicaba el papelito.
Al repetir el Fígaro por cuarta o quinta vez esta operación, un gracioso espectador del paraiso preguntó: ¿pero hemos venido aquí a presenciar una comedia o a ver empapelar una cara?
La oportuna interrogación produjo la hilaridad en todo el público y determinó el comienzo del fracaso de la obra.
En el Gran Teatro se registró un caso original y curioso. Una notable actriz, directora de una compañía dramática, asediada por las recomendaciones y los requerimientos de la amistad, contrajo el compromiso de estrenar una obra soporífera, en tres actos, titulada La corona del deber .
Apenas comenzada la representación el público empezó a demostrar su aburrimiento.
Terminó el primer acto y la actriz aludida, temerosa de que el drama fuera al foso , como se dice en términos teatrales, decidió suprimer [sic] el segundo acto, pasando del primero al tercero y poner en escena después otra obra que borrara el mal efecto producido en los espectadores por La corona del deber.
Cuando el autor de ésta, un modesto literato y periodista, notó con el natural asombro la modificación de que había sido objeto su obra, entró en el escenario como una tromba y furibundo preguntó a la actriz: pero, desgraciada, ¿qué ha hecho usted?, y ella le contestó después de sonreir burlonamente: pues salvar a usted de un cataclismo; como los tres actos sobran nada se pierde con suprimir uno y, en cambio, se abrevia el sufrimiento del respetable , obligándole, por gratitud, a reprimir sus iras.
La respuesta dejó frío al pobre dramaturgo.
En el mismo teatro verificóse el estreno de un juguete cómico titulado ¡Cásese usted con su abuela! , original de un inspirado poeta cordobés.
El público acogió bien la obrita y llamó a su autor a la escena, pero aquél, excesivamente modesto, rehusó presentarse. Entre los aplausos oyóse una voz que decía: déjenle ustedes, que ha ido a contraer matrimonio con su abuela.
Esta frase bastó para convertir en fracaso el éxito del juguete, pues a una carcajada general siguió una silva estrepitosa.
En el mencionado coliseo de la calle de la Alegría se verificó, asímismo, el estreno de una comedia denominada Autor y mártir.
La obra era rematadamente mala y un ingenioso y mordaz periodista formuló de ella este brevísimo y tremendo juicio crítico: La comedia estrenada anoche no tiene completo su título, le faltan dos palabras. Se debe titular Autor bárbaro y público mártir .
En el Teatro de Variedades el popular actor Ventura de la Vega estrenó un juguete cómico cuyas escenas eran de una pesadez abracadabrante y carecían, en absoluto, de gracia.
Entre los personajes de la obra figuraba un anarquista terrible, un tigre carnicero, que en una de las situaciones culminantes decía, dirigiéndose al hijo de una de sus futuras víctimas: Te voy a cortar la cabeza para escribir con tu sangre su sentencia de muerte.
Ventura de la Vega, contra quien se dirigía tal amenaza, sustituyó la contestación que figuraba en su papel por esta otra de su cosecha :
Hombre, para eso no necesita usted molestarse, yo le traeré un tintero.
Una ruidosa carcajada acogió la frase que sirvió de tabla salvadora del juguetito; sin embargo su autor, cegado por el amor propio, no se ocultaba para decir que aquella inoportuna morcilla había puesto en peligro el éxito de su comedia.
Para terminar, en el teatro últimamente citado, el cual se hallaba en el solar donde hoy está el Salón Ramírez, se anunció el estreno de una zarzuela que produjo bastante espectación por ser el autor de su libro un cómico que gozaba en Córdoba de grandes simpatías y el de la música un notable maestro compositor residente en nuestra capital.
La obra, que se titulaba ¡Cataplum! , era un plagio de Y comici tronati y su diálogo un verdadero tejido de procacidades e indecencias, capaz de ruborizar a un guardacantón.
Las protestas del público eran tan ruidosas como justas; muchas personas abandonaron el teatro antes de que terminara la representación para no oír aquella serie interminable de frases obscenas y el gobernador impuso una multa de consideración al autor de la letra del aludido engendro.
En resumen: un éxito sólo comparable con el de La hija de la Providencia o los serenos de Córdoba.
Junio, 1921.
