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Las Plazas De La Ciudad (Notas cordobesas)

De Cordobapedia
Revisión del 20:07 24 ago 2026 de Aromeo (discusión | contribs.) (Incorporación de Notas cordobesas, de Ricardo de Montis)
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Las Plazas De La Ciudad es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

Tienen las viejas plazas de Córdoba un sello característico que las embellece; parece que en ellas observamos la pátina del tiempo, aunque la mal llamada piqueta del progreso haya intentado transformarlas y ostenten edificios de moderna construcción.

Todas nos recuerdan la ciudad de siglos pasados, grande por su historia, rica por sus tesoros artísticos, famosa por sus hombres insignes, poética por sus tradiciones.

Sirve de fondo a la mayoría de las principales plazas un templo de severo orden arquitectónico y en el centro de aquellas aparece la fuente para el vecindario, una fuente de piedra con amplio abrevadero, en la que el agua entona su eterna canturia.

No trataremos de las tres plazas principales consideradas por sus distintos aspectos, las de la Corredera, el Potro y Capuchinos, porque ya les hemos dedicado algunas de estas crónicas retrospectivas.

Entre las plazas que pudiéramos calificar de típicas, de populares, sobresalen las de San Lorenzo y Santa Marina.

Están limitadas por casas genuinamente cordobesas, de poca elevación, con patios llenos de flores, con fachadas blanquísimas y entre esas tacitas de plata descuellan, como cíclopes, las monumentales iglesias con sus recios y ennegrecidos muros y sus pórticos de belleza insuperable.

Cerca de las fuentes dormitan las arropieras sentadas detrás de sus mesillas; al pie de cada árbol hay, en verano, un puesto de higo-chumbos.

El silencio propio de las ciudades morunas reina en estos parajes, silencio que a veces es interrumpido por el insoportable griterío de varias mozas que se disputan la primacía para llenar sus cántaros de agua.

Contrasta la tranquilidad reinante de ordinario en estas plazas con el bullicio, con la animación peculiares, durante las mañanas, en las de San Agustín, las Cañas, la Almagra y el Salvador o San Salvador, como el vulgo la denomina.

La afluencia de público en dichos lugares obedece, como saben nuestros lectores, a las circunstancias de establecerse en la primera, desde tiempo inmemorial, un mercado y de ser las otras tres algo así como una prolongación del de la Corredera.

Notas típicas de la plaza de las Cañas, que ya han desaparecido, eran las enormes pilas da melones, alrededor de las cuales pasaban todo el verano los vendedores de dicha fruta y sus familias y los grupos de mozos y muchachos que se formaban para jugar a las cañas dulces.

El suelo de la plaza de la Almagra convertíase, con grave peligro para la salud del vecindario, en exposición permanente de ropas, libros y trastos viejos de los baratillos próximos.

Y la plaza del Salvador siempre ha ofrecido una nota muy agradable y poética, por estar dedicada, casi exclusivamente, a la venta de las frutas y flores de nuestros huertos incomparables.

Además, en determinadas épocas, cuando los trabajadores del campo vienen a holgar, se reunen allí, por las mañanas, aumentando de modo extraordinario la animación del antiguo mercado de las flores.

En los comienzos de la segunda mitad del siglo XIX la vida industrial de córdoba tenía sus principales manifestaciones eh dos plazas, las de San Pedro y Regina.

Había en la primera y en sus inmediaciones importantes talleres de platería y herrería y en la segunda una de las principales fabricas de paños de esta capital.

Perdidas entre el laberinto de las revueltas calles de la vieja ciudad, como si rehusaran ser holladas por la planta del transeunte, hállanse las plazas de San Juan y de las Bulas.

En la primera los mendigos buscan descanso en las graderías de la iglesia, a la vez que el sol vivificante en el invierno y la fresca sombra de los copudos arboles en el verano; el ambiente de la segunda parece impregnado de la tristeza que se desprende del hospital contiguo.

Rincones de la población no menos tristes, donde el silencio y la soledad invitaban al recogimiento y la meditación, eran otras plazas como la de Séneca y la de Aguayos; la yerba cubría el suelo de ambas; los dompedros adornaban con un zócalo verde las fachadas de los vetustos edificios. Parecía que allí jamás había tocado la mano del hombre.

Contrasta con la tristeza de estas plazas la alegría que se advierte en la de la Magdalena, una de las más amplias y bellas de córdoba.

Así como hay plazas populares, hay otras que merecen el calificativo de aristocráticas; tales son las de la Compañía y de las Tendillas o de la Encomienda, como se la llamaba en sus primitivos tiempos.

Asimismo tiene nuestra ciudad plazas verdaderamente monumentales por los edificios que en ellas se levantan, de las que podemos citar las de jerónimo Páez, el Indiano y el Vizconde de Miranda.

Sólo la enumeración de todas las plazas cordobesas, algunas de las cuales han desaparecido, haría demasiado larga esta crónica retrospectiva. Las principales, las que tienen un sello propio son las mencionadas; hay otras interesantes por sus nombres, como las del Escudo, los Abades, el Prior y las Dueñas, pero que carecen, en absoluto, de elementos o detalles que las caractericen.

Tres plazas, las de la Compañía, de Aguayos y del Angel ostentan en su centro sencillos monumentos erigidos a San Rafael y coronados por la imagen del ínclito Custodio de esta ciudad.

A mediados del siglo XIX el Ayuntamiento dispuso la plantación, en muchas plazas, de naranjos que las embellecían con su verdor perenne y las embalsamaban con aroma del azahar, pero en nuestros días casi todos esos árboles han sido sustituídos por otros que nada favorecen la estética de la población.

No podría decirse lo mismo de los jardines creados en algunos de esos parajes, si no estuvieran en completo abandono.

En las típicas plazas de Córdoba se verificaron festejos populares, como fuegos artificiales, bailes y cucañas, y se instaló fuentes de vino y de leche, para celebrar enlaces o natalicios de personas reales, la terminación de guerras u otros acontecimientos.

En los lugares a que nos referimos también se han efectuado siempre las clásicas verbenas, entre las que sobresalían en la antigüedad, por su extraordinaria animación, las de Santa Marina, San Lorenzo y la Magdalena.

Finalmente, las plazas eran, en otros tiempos, sitios de expansión y recreo para el vecindario. En invierno, los domingos y días festivos, las mujeres y los ancianos formaban en ellas corros, para tomar el sol y entretenerse con amena charla; cuando se aproximaba el Carnaval los jóvenes instalaban en ellas columpios, pendientes de los árboles, y las mozas se dedicaban al peligroso deporte de aparar cacharros, y en todos tiempos los muchachos las elegían para teatros de sus juegos, convirtiéndolas, ya en plazas de toros, ya en campos de batalla donde libraban terribles combates entre moros y cristianos.

Julio, 1921.