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Cuadros Macabros (Notas cordobesas)

De Cordobapedia
Revisión del 20:08 24 ago 2026 de Aromeo (discusión | contribs.) (Incorporación de Notas cordobesas, de Ricardo de Montis)
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Cuadros Macabros es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

En el día en que la Iglesia conmemora a los fieles difuntos, en que el lúgubre tañido de las campanas sume el espíritu en hondas melancolías y la vanidad humana más que el cariño a los seres que ya no existen llena las tumbas de luces, coronas y flores, se aviva en nosotros el recuerdo de la muerte, que no deberíamos olvidar ni un instante para que sirviera de freno a las pasiones, y la imaginación evoca cuadros terroríficos, escenas macabras que nos produgeron [sic] calofríos y turbaron nuestro sueño mas de una vez.

Hace ya muchos años, deberes de amistad condugéronnos al lado de una familia que acababa de perder para siempre a un ser querido, y después de prodigarla frases ,de consuelo nos dispusimos a realizar algunas de las innumerables gestiones precisas para obtener un estrecho albergue en la última morada.

Era una noche de Otoño, triste y oscura; densas nubes entoldaban la atmósfera y descendía una lluvia menuda, casi imperceptible, que apenas humedecía la tierra.

Nos perdimos en las revueltas calles de la parte baja de la población hasta llegar a una de las más antiguas, la de Peramato.

Subimos su empinada cuesta y, en su mediación, una débil luz que se veía a través de los cristales de una ventana y unos golpes siniestros, que interrumpían el silencio profundo de la noche, nos indicaron que habíamos llegado al lugar donde nos dirigiéramos.

Aquel era un taller dedicado a la construcción de ataudes. Por la ventana entreabierta, a la indecisa luz de un reverbero de petróleo pendiente de la pared, observamos a dos hombres de aspecto sombrío, silenciosos, mudos, que clavaban y cubrían con paños negros las tablas de un lecho mortuorio.

El cuadro, que tenía un marco muy apropiado en la siempre desierta y sombría cuesta de Peramato, producía uria impresión desagradable y llenaba de terror a las personas de poco ánimo.

Continuamos nuestra lúgubre odisea y volvimos a perdernos en el laberinto de innumerables callejuelas tortuosas; pasamos ante el hospital creado por un príncipe de la Iglesia de nombre imperecedero; edificio en el que se respira un ambiente que acongoja y penetramos en una humilde casa oculta en un rincón de la vieja calle de los Judíos. ¿Quien vive, preguntamos desde el patio, un patio sin plantas ni flores, impropio de Córdoba, y una voz ronca, antipática, gritó al punto: adelante quien sea.

Abrimos la entornada puerta de una habitación contigua y ante nuestros ojos apareció una escena verdaderamente macabra.

En el centro de la estancia, húmeda y pestilente, sentados en el suelo, tres hombres de faz siniestra jugaban a las cartas. Al lado tenían una botella con aguardiente que, a cada momento, pasaba de mano en mano para saborear su contenido los jugadores.

En un rincón, tendidas sobre una vieja manta, dormían dos mujeres, sucias y harapientas.

Pendientes de las paredes más se adivinaba que se veía, a la incierta luz de una parpadeante mariposa, aquí un vestido blanco, allí un velo de gasa, en este lado una corona de flores artificiales descoloridas, en el otro una hermosa cabellera negra como el azabache.

Un espantoso calofrío contrajo nuestros músculos. Todo aquello acusaba una terrible profanación un tremendo delito; eran las galas de la muerte puestas con exquisito cuidado por manos cariñosas, quizá por las santas manos de una madre y arrebatadas sin piedad, cruel, bárbaramente por manos criminales, por las manos de los hombres que jugaban a las cartas sentados en el suelo y de las mujeres que dormían sobre un montón de andrajos; los fatídicos sepultureros y las siniestras amortajadoras.

Tal escena quedó grabada en nuestra mente con tintas de tonos tan sombríos, tan fuertes que nunca han de borrarse.

No todos los individuos que se dedican a enterrar a los muertos ejercen una obra de misericordia. Algunos realizan esa operación en forma tal que repugna a las personas de sentimientos nobles y merecían los más severos castigos.

Hace ya bastante tiempo los sepultureros de una de las necrópolis de esta capital, cuando conducían un cadáver a la fosa común, para no molestarse en bajar la rampa a fin de depositar los inanimados restos sobre la tierra, volcaban el ataud desde el borde de la fatídica sima y el cuerpo rodaba al fondo de la enorme sepultura, donde duermen el sueño eterno los desheredados de la suerte.

Enteróse del proceder de aquellos hombres sin entrañas el capellán del cementerio, un sacerdote a quien los años no le habían hecho perder las energías ni el vigor físico y un día siguióles sin que notaran su presencia cuando llevaban un cadáver a la fosa.

Apenas vaciaron el ataud en la forma dicha, el sacerdote se abalanzó, enarbolando el mango de una azada, sobre los sepultureros y les propinó una tremenda paliza.

Alguno, por huir, cayó al fondo de la fosa, sobre los mismos restos que acababan de arrojar al único sitio en que se observa la verdadera igualdad entre los hombres.

Deberes de la profesión periodística nos obligaron, en cierta ocasión, a visitar detenidamente el Hospital de Agudos.

Al llegar al departamento destinado a depósito de cadáveres, llamó nuestra atención un hombre que, al parecer dormía, tendido sobre un felpudo, en un rincón de la estancia.

Va usted a conocer, nos dijo el médico que nos acompañaba, un ser extraño, verdaderamente excepcional, al mismo tiempo que golpeaba suavemente, con la punta del pie, al individuo indicado.

Este se levantó como un autómata, fijó en nosotros una mirada en la que no se advertía el destello más insignificante de inteligencia, sacó de uno de los bolsillos de su mugrienta ropa una larga aguja y, sin articular palabra, dirigióse a la mesa de autopsias.

Al ver que sobre ella no había cadáveres volvió a guardar la aguja y nuevamente enroscóse como un perro, nunca se podía aplicar esta frase mejor que en el caso a que nos referimos, sobre el felpudo que le servía de lecho.

Hondísima impresión nos produjo aquella figura extraña, digna de ser protagonista de un cuento de Edgardo Poe.

Era un hombre de edad incalculable, alto, cargado de espaldas, hundido de pecho, demacrado, de facciones duras y de barba y cabellos largos y enmarañados, que tenia impreso en el rostro el sello de la imbecilidad.

Le ha extrañado a usted el tipo, ¿verdad?, siguió diciéndonos nuestro acompañante. Pues ese es un enfermero a quien llaman sus camaradas el sastre porque se dedica a coser los cadáveres después de que se les efectúa la autopsia.

Hace más de treinta años que no ha salido del establecimiento; sólo habla para contestar cuando se le pregunta, apenas come y en cambio ingiere gran cantidad de bebidas alcohólicas.

Pasa la mayar parte de su vida tendido ahí, donde usted lo ve; algunos de mis compañeros dicen que es el can encargado de guardar la mesa de disección.

Confesamos ingenuamente que el recuerdo del macabro Sastre del Hospital de Agudos nos ha quitado el sueño más de una noche.

Noviembre, 1921.