La Calefaccion es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.
Texto
¡Qué diferencia se nota entre los antiguos aparatos y sistemas de calefacción y los modernos!
Pero aunque éstos se hallan más perfeccionados que aquéllos y se ajustan mejor a los preceptos de la higiene, había en los primitivos cierto encanto, el encanto de la sencillez, y un atractivo especial de que carecen los actuales.
En las moradas aristocráticas y en las casas de las familias de buena posición social, en el centro del salón destinado a recibir las visitas, en la sala del estrado, como se le llamaba generalmente, aparecía la esbelta copa de reluciente metal dorado, cubierta con artística tapa y colocada sobre unos pies del mismo metal.
A través de los caprichosos calados de la tapa veíanse las rojas brasas que un criado se encargaba de remover frecuentemente con la badila de mango llena de labores y tan brillante como la copa.
En la estancia donde se congregaba la familia para pasar los días lluviosos y las interminables veladas del invierno construíase la chimenea en cuyo hogar no cesaban de arder recios troncos de encina desde la festividad de Todos los Santos hasta las Carnestolendas.
Nunca faltaban sobre la repisa de la chimenea el reloj y los candelabros de bronce ni la tabaquera de ricos metales, bien repleta de polvo rape.
Delante de la chimenea, semicubierta con una pantalla de hierro para que no molestase la flama de la hoguera, se reunían los moradores de la casa, arrellanándose los hombres en cómodos sillones de baqueta y las mujeres en sillas muy bajas o en grandes butaconas bien renchidas de lana y cubiertas con fundas blancas para que no se ensuciasen.
Allí resolvían las cuestiones de familia, comentaban asuntos de actualidad o mataban el tiempo ya jugando una partida de ajedrez, ya leyendo el último número de El periódico para todos , lleno de novelas, poesías y artículos literarios de los mejores escritores de la primera mitad del siglo XIX; el semanario festivo La Linterna mágica , rebosante de gracia y de ingenio, o el Boletín Oficial de la provincia, que en aquellos tiempos publicaba curiosas informaciones, noticias de interés y hasta composiciones poéticas, charadas y otros pasatiempos.
En las casas mis modestas sustituía a la chimenea el brasero de azófar colocado sobre una tarima y cubierto con una alambrera para evitar que los muchachos pudieran caerse sobre la candela y sufrir quemaduras.
En los comienzos de la segunda mitad de la última centuria se generalizó la mesa-estufa o camilla, tan útil, tan cómoda que pronto invadió todos los hogares, desde los más suntuosos hasta los más humildes
En los primeros estaba cubierta con finos paños y en los segundos con faldas de bayeta azul o roja y tapetes de hule o de los llamados de ganchillo, hechos por las mujeres.
En torno de la mesa-estufa las familias pasaban gratamente las primeras horas de las noches de invierno, ya en amena tertulia, ya dedicadas a múltiples y provechosas tareas.
Para que fuese más útil la camilla, alguien tuvo la buena idea de adicionarle, debajo del tablero, un cajón con el fondo de listones cruzados que lo mismo servía para calentar la cena que para secar las ropas de los chiquillos en los días lluviosos.
En las amplias casonas de los labradores se prefería a la copa y la mesa-estufa la chimenea de la cocina, una chimenea grande, con enorme campana, que hoy sólo se conserva en los cortijos.
Allí, en aquella cocina típica, no solamente se congregaban los moradores de la casa, estos recibían a sus amigos y ante el hogar, bien repleto de leña, se concertaba la viajada de los campesinos, se cambiaban impresiones respecto de la cosecha futura y celebraban la terminanación de la matanza y la fiesta de la Nochebuena, pletórica de encantos y recuerdos.
En el humilde albergue del pobre, falto de chimenea y de camilla, el modesto brasero de lata o de madera cubierta de yeso representaba un importante papel; en sus brasas condimentábase la comida; cubierto por las enjugaderas de mimbre servía para secar la ropa. Sentado cerca de él y rodeado de su compañera y de su prole, el obrero descansaba al anochecer, del rudo trabajo del día, y cuando llegaba el instante de abandonarlo para buscar el reposo completo en el lecho, la mujer esparcía sobre las ascuas un puñado de romero o de alhucema que, al arder, producían una columna de humo denso y oloroso y purificaban la enrarecida atmósfera de la habitación.
Entre todos los aparatos de calefacción, el preferido por nuestras abuelas era la estufilla.
Consistía éste en una pequeña caja de hierro o de madera forrada interiormente de latón y con tapas de metal, en las que ardía el combustible más usado en Córdoba y tal vez el mejor de todos, el picón hecho en el monte de Sierra Morena.
Las viejecitas profesaban la teoría de que todo el cuerpo disfrutaba de calor teniendo calientes los pies y jamás los retiraban de la estufilla durante el invierno.
Con esa amiga inseparable, sentadas ante el balcón de mejores vistas, según la frase usual y gráfica, pasaban horas y horas ya dedicadas a hilar los copos de blanco lino, ya a hacer calceta, ora rezando entre dientes, ora entreteniendo a sus nietecillos con la narración de cuentos o historietas.
Tampoco faltaba en la mayoría de las casas el calentador, otro artefacto tan útil como los anteriores.
Tenia la forma de un brasero pequeño, cerrado, con un largo mango de madera y servía para elevar la temperatura en el lecho de las personas faltas de calor. Tales eran los aparatos y sistemas de calefacción que se usaban en otros tiempos más felices que los actuales, en que nunca faltaba en los hogares el dulce calor de los puros afectos y el cariño de las familias.
Diciembre, 1921.
