Dos Coches Parados De Carnaval es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.
Texto
Hace cincuenta años el Carnaval en Córdoba era muy distinto del moderno, hoy casi suprimido en virtud de plausibles disposiciones.
Las tiestas de Antruejo se desarrollaban en las calles más que en los paseos y en los salones de casinos y teatros.
Abundaban las máscaras ingeniosas y ocurrentes, escasísimas hoy, así como las comparsas bien organizadas y con música agradable.
Había personas que soñaban con disfrazarse y, apenas amanecía, lanzábanse a la calle, envueltas en una colcha a guisa de dominó o luciendo el traje mis antiguo o deteriorado que tuvieran.
El punto de reunión de casi todas las máscaras madrugadoras era la plaza de la Corredera; allí se congregaban, más que para embromar amigos y conocidos, para hartarse de aguardiente en las tabernas y los aguaduchos del Mercado.
Cuando éstos que pudiéramos llamar heraldos de las fiestas de Carnestolendas se retiraban a sus domicilios para que el sueño les disipara los vapores del alcohol, empezaban a recorrer la población hombres, mujeres y chiquillos, con abigarrados disfraces dispuestos a pasar unas horas entregados a la alegría y la diversión.
Nunca faltaban el típico gitano con el pantalón de campana, el sombrero de púa y las grandes tijeras entre la faja semicaída, ni el lugareño con los zahones, el enorme sombrero de felpa y las alforjas al hombro, tipos perfectamente caracterizados casi todos los años por un platero y un comisionista muy populares.
También eran indispensables el hombre del higuí, siempre rodeado de una turba de chiquillos, y el que os tentaba todo el traje cubierto de canutos de caña o de flecos de papel de colores.
Entre la heterogénea turbamulta de máscaras solía verse, ya un soldado de los Tercios de Flandes, ya un caballero con trusa y jubón, tabardo o casaca, de seda o terciopelo bordado, que parecían desafiar a los modestos disfraces de percalina.
Esos trajes procedían de las guardarropías de Matute y de la viuda de Lázaro, que los alquilaban durante el Carnaval, formando con ellos vistosas y originales exposiciones en cualquier portal de una calle céntrica.
Durante las primeras horas de la tarde aumentaba la animación en las calles al aparecer las comparsas, aquellas comparsas originales de las que aún se conserva el recuerdo, como la de los herreros, la titulada “El hambre en veinte tomos” y la de las niñas boleras.
El domingo de Piñata el primitivo Centro Filarmónico de Eduardo Lucena y La Raspa de Rafael Vivas formaban la nota más interesante del Carnaval cordobés, el primero con su inspirada y juguetona música interpretada por gran número de verdaderos profesores, y la segunda con sus picarescas y satíricas coplas que un excelente coro cantaba de modo irreprochable.
Al declinar la tarde, después de haber recorrido casi todas las calles de la ciudad, máscaras y comparsas dirigíanse al paseo de la Victoria, donde la fiesta carnavalesca no tenía semejanza alguna con la de los últimos años.
Apenas reuníase allí una docena de coches y no se libraban las modernas batallas en que se utilizan, como proyectiles, las serpentinas, los papelillos picados y los ramos de flores.
El público, sentado en las desvencijadas sillas del Asilo o en los poyos de piedra negra que rodeaban el llamado salón de paseo, veía discurrir por éste a las máscaras, que aturdían a la gente con el eterno adiós que no me conoces .
Alrededor del tablado para la banda de música y a los acordes de ésta, mozos y mozas improvisaban animados bailes, que sustituían, con ventaja para la moral, a algunos de los que se celebran hoy.
Había dos lunares [sic] en los que el Carnaval tenía una nota típica, original, genuinamente cordobesa; eran aquellos el Realejo y las Cinco Calles, a los que podía aplicarse, con mucha propiedad, la frase gráfica popular de coches parados .
En las entradas de las diversas vías que afluyen en dichos parajes y ante las fachadas de las casas formábanse verdaderas murallas de sillas, en las que todas las muchachas de la vecindad, acompañadas de sus novios, de sus amigas, pasaban las tardes en constante broma y holgorio.
Las personas amigas de “ver los toros desde el andamio” se situaban en balcones y ventanas y desde allí intervenían también en la broma carnavalesca, arrojando grandes borlones de papel pendientes de una cuerda sobre la cabeza de los transeuntes, algunos de los cuales, los cortos de espíritu, sufrían un tremendo susto.
El Realejo era punto de parada de todas las máscaras de los populares barrios de San Lorenzo y la Magdalena; allí se detenían para comprar vistosos alcartaces llenos de almendras en la antigua confitería a que dió nombre el sitio en que se halla o para beber unas copas de vino en las clásicas tabernas de aquellos alrededores.
En las Cinco Calles también hacían estación con iguales fines: el de proveerse de peladillas en los puestos establecidos por vendedores ambulantes y el de refrescar las fauces con unos tragos del dorado néctar.
En los parajes a que nos referimos, si no una lluvia de papelillos de colores, caía sobre las muchachas una verdadera lluvia de piropos, de frases galantes, de flores del ingenio, más preciadas que las flores de nuestros jardines.
Y los hombres, siguiendo una costumbre de origen árabe, obsequiaban a las mujeres con el rico alfil representado por sabrosas almendras y anises polícromos.
Al anochecer, cuando las bulliciosas fiestas de Antruejo llegaban a su fin, la animación, la bulla, el ruído eran extraordinarios en el Realejo y las Cinco Calles.
Se puede decir que el dios de la Locura elegía ambos parajes para despedirse en ellos dignamente de sus adoradores.
Allí daban sus últimos saltos y cabriolas, sus últimos gritos, ya roncos, los enmascarados, antes de recluírse en sus hogares, muchos para descansar hasta el día siguiente, no pocos para reparar las fuerzas con una cena abundante y seguir la diversión asistiendo a las funciones del Teatro Principal o del Gran Teatro y luego a los bailes del Circulo de la Amistad o del Casino Industrial, brillante epílogo de la jornada carnavalesca
Febrero, 1922.
