Menú alternativo
Toggle preferences menu
Menú alternativo personal
No has accedido
Tu dirección IP será visible si haces alguna edición

El Campo De La Verdad (Notas cordobesas)

De Cordobapedia
Revisión del 20:08 24 ago 2026 de Aromeo (discusión | contribs.) (Incorporación de Notas cordobesas, de Ricardo de Montis)
(difs.) ← Revisión anterior | Revisión actual (difs.) | Revisión siguiente → (difs.)


El Campo De La Verdad es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

Este paraje de la ciudad es uno de los que evocan recuerdos históricos más interesantes.

Cuando Córdoba fué Colonia Patricia destinósele a cementerio de la nobleza, por lo cual a una de las puertas que ponían en comunicación la urbe con el sitio a que nos referimos, se la llamaba del Osario, denominación que conservó hasta nuestros días.

El hallazgo, al efectuar diversas excavaciones, de varios sepulcros de piedra, de la época romana, comprobó plenamente que allí estuvo la necrópolis indicada.

Durante la dominación árabe el paraje en que nos venimos ocupando fué un arrabal de la población.

En el año 1252, por orden del santo rey don Fernando III procedióse a construir un convento de religiosos mercenarios en aquellas inmediaciones, donde estuvo la basílica de Santa Eulalia y desde entonces denominóse Campo de la Merced al repetido lugar.

En él la comunidad de dicho convento plantó un olivar, cuya aceituna recogía, y al que muchos aficionados a la caza que por su avanzada edad o sus dolencias no podían alejarse de la población, iban a matar los pájaros que poblaban las ramas de los árboles.

Andando el tiempo desapareció el olivar, convirtiéndose nuevamente el sitio que aquel ocupara en un egido lleno de barrancos y montones de escombros e inmundicias.

Cuando los franceses invadieron a Córdoba el Campo de la Merced sirvió de teatro a espantosas tragedias: los fusilamientos de muchos exaltados patriotas por las huestes invasoras de Napoleón Bonaparte.

En el año 1820 comenzó la urbanización de aquel paraje, procediéndose a nivelar el terreno y a construir las primeras casas del típico barrio de la Merced o del Matadero, como generalmente se le denomina.

En 1835 don Ricardo Martel y Fernández de Córdoba, conde de Torres Cabrera, alcalde de la ciudad, concibió el proyecto, que no pudo realizar, de convertir en jardines y paseos el Campo de la Merced.

Dicho ilustre prócer ordenó la plantación de árboles en el mencionado sitio, como preliminar de la importante reforma que no llevó a feliz término.

En 1892 el alcalde don Juan Tejón y Marín trató de erigir un monumento a Cristóbal Colón en el Campo de la Merced, no sólo por ser uno de los lugares más espaciosos de la ciudad, sino por haber estado allí el convento de religiosos mercenarios en que se hospedó, durante una de sus no breves permanencias en Córdoba el inmortal navegante.

Entre los numerosos actos organizados por el señor Tejón y Marín en Octubre del citado año para celebrar el cuarto centenario del descubrimiento de América figuró la colocación de la primera piedra del monumento proyectado, en el centro del Campo de la Merced, al que se le sustituyó este nombre por el de plaza de Colón.

Antes de la ceremonia de colocar la piedra efectuóse una procesión cívica que fue al sitio en que nos ocupamos desde las Casas Consistoriales.

Figuraban en la procesión, la cual resultó muy lucida, todas las autoridades y corporaciones, las bandas de música, los niños de las escuelas, la prensa local y la mayoría de los gremios con vistosos estandartes y banderas.

El monumento a Colón quedó en proyecto, como todos los que aquí se ha pensado en erigir; ahí está demostrándolo la primera piedra puesta en los jardines del Duque de Rivas para elevar otro al inmortal autor de “Don Alvaro”.

En el año 1905 el Ayuntamiento acordó, con el beneplácito del vecindario, formar en la plaza de Colón los jardines que hay en la actualidad, que si no careciesen de riego y estuviesen bien cuidados constituirían uno de los lugares de recreo más agradables de nuestra ciudad.

Pocos años después el alcalde don Salvador Muñoz Pérez, al proceder al ensanche de la calle central del paseo de la Victoria, destinada al transito de coches, dispuso el traslado de la gran fuente que había en un extremo de dicha calle, frente a la carrera de los Tejares, hoy avenida de Canalejas, al centro de la plaza de Colón, donde se levanta, en vez del monumento al insigne genovés que hizo a España la ofrenda inapreciable de un nuevo mundo.

De las edificaciones mas antiguas y principales del Campo de la Merced citaremos, en primer término, el convento de religiosos mercenarios que, como ya hemos dicho, fue construido en el año 1252 por orden del Rey San Fernando.

Asistió a su fundación San Pedro Nolasco y la primer comunidad que hubo en él vino de Barcelona.

Levantóse en el lugar en que estuvo la basílica de Santa Eulalia, en la que recibieron sepultura los restos de Santa Columba y Santa Pomposa, mártires cordobesas.

En 1262 efectuáronse en el citado monasterio importantes obras para ampliarlo, por disposición del Rey don Alfonso el Sabio.

La acción demoledora del tiempo lo puso en inminente peligro de ruina, y en 1757 lo reconstruyó, a sus expensas, el comendador del mismo fray Lorenzo García Ramirez.

El edificio era muy amplio; tenía un hermoso patio rodeado por sesenta y cuatro columnas pareadas, de marmol blanco, y en el centro de aquel había una fuente.

La escalera, de jaspe negro, resultaba verdaderamente suntuosa.

La iglesia carecía de merito artístico y tanto su portada como el retablo del altar mayor eran de mal gusto.

En el citado templo había, y aún se conservan, algunas buenas imágenes y un Señor de las Mercedes sin importancia como escultura, pero de valor histórico, pues fué rescatado de los moros de Antequera por el comendador del convento de que venimos tratando fray Juan de Granada, nieto del Rey de Granada Ismael I.

Ruinosa la iglesia, fué reedificada a principios del siglo XVIII, siendo Obispo de esta diócesis don Marcelino Siurí [sic], que dió de su peculio particular, para las obras, dos mil ducados.

A mediados del siglo XIX, designóse la iglesia de la Merced auxiliar de la parroquial de San Miguel, y en 1835 se destinó a Casa de Socorro-Hospicio, dependiente de la Beneficencia provincial, el hermoso edificio levantado para convento de los religiosos mercenarios.

En este convento, como ya hemos manifestado, se hospedó algunos meses, durante la permanencia en Córdoba de la Corte, el inmortal navegante Cristóbal Colón, que vino aquí para tratar con los Reyes de la colosal empresa del descubrimiento de América, considerada por muchos un sueño irrealizable.

En 1406, por mandato del Rey don Enrique III, se comenzó a construir la Torre de la Malmuerta, que ha sido objeto de importantes obras de reparación en distintas ocasiones.

Antiguamente sirvió de prisión para la nobleza y después hubo en ella un observatorio astronómico.

Hace unos sesenta años se la utilizó para polvorín, lo cual produjo gran alarma entre el vecindario de aquellas inmediaciones por el peligro en que lo ponía.

Así lo comprendieron las autoridades y ordenaron el traslado del depósito de explosivos a otro lugar distante de la población.

No ocasionó menores sustos que el polvorín a las personas supersticiosas o de poco espíritu un extraño suceso que, poco después, se observó en la Torre de la Malmuerta.

A media noche veíase a través de sus almenas una débil luz que sólo duraba algunos minutos y luego se oían ruidos que no faltaba quien considerase de ultratumba.

¿Qué ocurría en la vieja torre? Esto se preguntaba todo el mundo sin que nadie diera una contestación categórica y las gentes sencillas hablaban de la aparición de fantasmas, duendes y almas en pena.

Al fin se logró descifrar el enigma: un mendigo conocido por Cortijo al hombro , a causa de gran número de trapos viejos que llevaba encima, falto de albergue, eligió para vivienda la referida torre. A las altas horas de la noche, para no ser visto, encaramábase en ella; encendía un cabo de vela mientras cenaba con los mendrugos y sobras que había recogido; apagábalo al terminar el opíparo banquete y se tendía sobre un montón de paja y trapos comenzando a roncar de manera tan desaforada, que su ronquidos corrían parejas con los imponentes rugidos del mar y del viento.

En 1491 doña Isabel la Católica ordenó, por Real Cédula, el establecimiento en Córdoba de un matadero y carnicerías en las afueras de la Puerta del Rincón.

El matadero estuvo en varios sitios del Campo de la Merced y últimamente delante del barrio a que dió nombre.

Su instalación en dicho lugar aumentó la serier de anacronismos que se consignan en los populares versos:

Lo que en Córdoba sucede no tiene en el mundo ejemplo; la Verdad está en el Campo, la Mercé en el Matadero, la Caridad en el Potro, la Salud en el Cementerio y para colmo de gracia el Punto se halla en un Cuerno.

El barrio del Matadero estaba habitado, casi exclusivamente, por matarifes, carniceros y chindas, nombre por el que aquí son conocidas las mujeres que se dedican a la venta de los despojos de las reses.

Pertenecientes a las familias de estos industriales eran los famosos toreros Panchón, Pepete, Camará, Lagartijo, Bocanegra y otros muchos, todos nacidos en el típico barrio de la Merced.

El local destinado a matadero, al que se le unió una casa contigua para el degüello de cerdos, conocida por el mataderillo, no reunía las condiciones necesarias y el Ayuntamiento acordó, por iniciativa del alcalde don Bartolomé Belmonte Cárdenas, construir un edificio destinado a este objeto, en el Campo de San Antón, donde fue instalado dicho establecimiento.

El matadero actual tampoco se ajusta a las prescripciones de la higiene pues, como el primitivo, se halla dentro de la población y, además, muy próximo a un cementerio.

Cuando fue edificado la gente decía que se le instaló en dicho lugar por cuestiones políticas más que por beneficiar a la ciudad y murmuraba una historia relativa a una venganza por haberse negado los vecinos del barrio de la Merced a votar en favor de cierto candidato en unas elecciones.

¿Tenían fundamento tales murmuraciones? ¡Quien es capaz de averiguarlo!

Antiguamente celebróse gran número de fiestas, espectáculos y otros actos distintos en el Campo de la Merced.

En el año 1759 fue construida en dicho lugar una plaza de toros, de madera, la cual se inauguró en el mes de Noviembre con una gran corrida, en la que tomaron parte los diestros de más fama en aquella época, organizada para celebrar la proclamación del rey Carlos III.

En esta plaza, desarmada, reconstruida y ampliada varias veces, efectuáronse muchos espectáculos taurinos, en los que actuaron toreros de renombre, como Panchón, a pesar de que casi todas las corridas reales se verificaban en la plaza de la Corredera.

En el circo del Campo de la Merced demostró más de una vez sus excepcionales aptitudes para la lidia de reses bravas el vizconde de Miranda, perteneciente a una familia de la aristocracia cordobesa.

Otro aristócrata cordobés, don Rafael Pérez de Guzmán, que se dedicó al toreo con gran éxito, no como aficionado sino como profesional, escribió y publicó un folleto en el que consigna detalladamente muchas de las corridas efectuadas en la plaza a que nos referimos.

Cuando se trató de crear una escuela taurina patrocinada por el rey Fernando VII los aficionados de Córdoba procuraron que se estableciera en esta ciudad, utilizando para ella el circo mencionado, pero los sevillanos tuvieron más influencia que los cordobeses y la escuela taurina se implantó en la ciudad de la Giralda.

La plaza del Campo de la Merced desapareció en el año 1831.

En el paraje a que nos venimos refiriendo, para festejar natalicios y bodas de personas de estirpe regia, proclamación de Soberanos y otros acontecimientos, se han celebrado funciones de fuegos artificiales y más de una vez instaláronse fuentes de vino, con extraordinario regocijo del pueblo.

También ha habido en el Campo de la Merced brillantes paradas y revistas militares.

En en el año 1886 fue instalado allí un Museo anatómico y de figuras de cera verdaderamente notable. Llamaban la atención en el una numerosa colección de fetos de fenómenos, niños con cuatro piernas, con dos cabezas, unidos por el abdómen [sic], etc., y dos momias egipcias muy bien conservadas.

Dicho Museo, a poco de haber estado expuesto aquí, fue destruido por un incendio.

Algunos años después hubo en el lugar a que dedicamos esta crónica retrospectiva un circo en el que trabajaban gimnastas y acróbatas y un domador de fieras, el coronel Boone, presentaba una colección de hermosos leones, perfectamente amaestrados.

Una noche en que el circo estaba lleno de público el domador invitó a la persona que quisiera a entrar con él en la jaula de los leones, garantizándole que no correría peligro alguno.

Un joven muy conocido en esta capital expuso su deseo de efectuar la arriesgada visita a las fieras y momentos después entraba en su encierro, precedido del titulado coronel Boone.

Los feroces animales, apenas notaron la presencia del intruso , dispusiéronse a abalanzarse sobre él lanzando terribles rugidos.

Un pánico indescriptible se apoderó de los espectadores.

El domador, a costa de grandes esfuerzos, restallando su fusta al mismo tiempo que hacia disparos de revólver al aire, consiguió dominar a los leones y acorralarlos , esta es la palabra apropiada, en un extremo de la jaula, mientras el joven se salia de ella, con una tranquilidad asombrosa.

Cuando empezó a desarrollarse en Córdoba la afición al deporte del ciclismo celebráronse carreras de velocípedos, varios años, durante la feria de Nuestra Señora de la Salud, en un velodromo que se establecía en el Campo de la Merced.

Como se trataba de un espectáculo nuevo en esta ciudad, numeroso público acudía a presenciarlo, figurando en las tribunas muchas señoras y señoritas.

En el año 1904 la Cámara de Comercio de Córdoba, por iniciativa de su presidente don Carlos Carbonell y Morand, organizó una Exposición regional de industria y arte, la cual se celebró en la plaza de Colón durante los días de la feria de Nuestra Señora de la Salud.

Para instalar dicha Exposición fueron construidas en la citada plaza cuatro amplias naves, de madera y lienzo, unidas formando un paralelógramo, que cerraban una especie de patio de grandes dimensiones, en cuyo centro se instaló una cascada luminosa.

El pórtico de entrada era de estilo árabe.

Tal Exposición constituyó una de las manifestaciones más interesantes de la vida industrial de Córdoba y su provincia, a la vez que de otras poblaciones andaluzas, por lo cual tuvo excepcional importancia.

Cuando terminó la Exposición no fueron desarmados sus pabellones y, una noche, los destruyó un incendio.

Con bastantes años de intervalo otros dos siniestros análogos ocasionaron desperfectos y pérdidas muy considerables en un almacén de maderas y una fábrica de dulces establecidos en aquel lugar.

Hace algún tiempo, los vecinos de la plaza de Colón concibieron el propósito de celebrar una verbena en los jardines de aquel paraje, que entonces eran unos de los mejores de Córdoba, obteniendo, para realizar la idea, el concurso del Municipio.

Como el día de Nuestra Señora de las Mercedes, que parecía el mas adecuado para la velada popular es el 24 de Septiembre, víspera de la Feria de Otoño, la verbena se efectuó el 31 de Agosto, fiesta de San Ramón Nonnato, cuya imagen se venera en la iglesia del antiguo convento de religiosos mercenarios, hoy Casa de Socorro Hospicio.

Resultó una de las más lucidas de nuestra ciudad, por la extensión y la belleza del lugar; sin embargo no arraigó, como otras, y dejó de celebrarse a los dos o tres años de haber sido organizada por primera vez.

Corrió la misma suerte que las del barrio de las Margaritas, el patio de San Francisco, la plaza del Salvador y otras, que fueron solo flor de un día.

En uno de los amplios edificios de la parte del Campo de la Merced comprendida entre la desembocadura de la calle de Torres Cabrera y la Puerta del Rincón estuvo el único establecimiento de baños que hubo en Córdoba durante el siglo XIX, amén de los que se instalaban, en verano, en ambas márgenes del Guadalquivir, que contribuían a aumentar la animación del pintoresco paseo de la Ribera.

El balneario a que primeramente nos referimos fué trasladado del Campo de la Merced a la calle de San Alvaro, donde hubo necesidad de cerrarlo porque transcurrían semanas y meses sin que acudiera a utilizarlo persona alguna.

Su dueño, don Enrique Hernández, un hombre tan activo y emprendedor como locuaz, decía lamentándose del fracaso: cómo había de creer yo que una población que en tiempo de los árabes tuvo cuatrocientas casas de baños, no podría sostener hoy una, apesar de contar con más de cincuenta mil habitantes.

De igual manera podría haberse lamentado el popular Mendoza, más generalmente conocido por Ballesteros, que instalaba los baños del Guadalquivir, pues corrió análoga suerte que don Enrique Hernández.

En la actual plaza de Colón también hubo diversas e importantes industrias, algunas características de nuestra ciudad, como las de curtir pieles y adobar aceitunas; fábricas de tonelería, de fundición de hierro, de aserrar maderas y la de cencerros, llamada del Maestro Pepe, hombre popularísimo en el barrio.

La Casa de Socorro Hospicio tuvo telares para la confección de lienzos, un taller de zapatería y una imprenta.

En las postrimerías del siglo XV frecuentemente veíase, paseando en el olivar del Campo de la Merced, a tres personas que formaban un interesante grupo: dos frailes y un seglar. Era éste hombre de mirada viva y penetrante, reveladora de una superior inteligencia; de fácil palabra, a la que siempre acompañaba un gesto expresivo y una acción elegante.

Hablaba mucho y su conversación debía tener excepcional importancia, grandes atractivos, porque los religiosos le escuchaban con profunda atención.

Los tres amigos caminaban muy despacio, deteniéndose a cada instante, abstraídos por completo de todo cuanto les rodeaba.

¿Quiénes eran aquellos hombres?

Cristóbal Colón y dos religiosos del Convento de la Merced; fray Jorge de Sevilla, que ofreció hospedaje en su celda al inmortal genovés y fray Juan Infante, que le acompañó en la empresa de descubrir el Nuevo Mundo, siendo el primer sacerdote que celebró el santo sacrificio de la Misa en la tierra americana.

Ambos oían con singular deleite el relato de los proyectos del navegante insigne y le alentaban para realizarlos, seguros de que no se trataba de una quimera forjada en el cerebro de un demente.

Por el Campo de la Merced pasaron, acompañados de brillantes séquitos, los reyes doña Isabel II, don Alfonso XII y don Alfonso XIII cuando fueron a visitar el Desierto de Belén.

Don Alfonso XII mandó detener su carruaje en dicho lugar para estrechar la mano del famoso torero Rafael Molina Sánchez (Lagartijo).

El Monarca vestía el uniforme de un regimiento alemán, de ulanos, del que era coronel honorario, indumentaria de la que formaba parte un casco muy antiestético.

Lagartijo se fijó en él y, el Soberano, al observarlo, dijo con el gracejo que le caracterizaba: te ha extrañado el morrión, ¿eh? Con esto ha ocurrido en Alemania lo que en España con las monedas de bronce: allí quisieron hacer un casco y resultó un mortero y aquí trataron de grabar un león y salió un perro.

Cuando visitaron a Córdoba los orfeones catalanes titulados Coro Clavé, celebraron un concierto público en el centro de la extensa plaza de que tratamos, la cual hallábase ocupada por un gentío inmenso.

Pocas veces se ha congregado allí tan considerable número de personas como acudió para oír a los Coros citados.

Antiguamente la procesión de la Virgen del Carmen, que el 16 de Julio salía de la iglesia del convento de San Cayetano, procesión suprimida a mediados del siglo XIX y restablecida hace pocos años, pasaba por el Campo de la Merced, donde se la recibía con fuegos artificiales y se congregaba, para verla, numerosísimo público.

Asímismo recorría parte de dicho lugar, cuando era sacada procesionalmente en otros tiempos, el Domingo de Ramos, la imagen de Nuestra Señora de los Dolores que se venera en la iglesia del hospital de San Jacinto.

En nuestros días, al verificarse de nuevo esta procesión, también ha pasado alguna vez por el paraje a que nos referimos.

Hace más de cuarenta años, al anochecer de un día de invierno, presentóse en una taberna del Campo de la Merced una mujer que llevaba un canasto de grandes dimensiones.

Pidió permiso al tabernero para dejar en un rincón de su establecimiento la cesta que, según dijo pesaba mucho, la cual recogería cuando volviese de dar un recado poco más allá de la Torre de la Malmuerta.

El comerciante accedió a la pretensión y la mujer marchóse después de haber colocado el canasto en un extremo del mostrador de la taberna.

Avanzó la noche sin que volviera la desconocida; llegó la hora de cerrar el establecimiento y su dueño, cuando hubo efectuado esta operación, aguijoneado por la curiosidad abrió la cesta y, con el natural asombro, encontró dentro de ella una niña recién nacida, envuelta en pobres pañales.

Infructuosas resultaron todas las indagaciones realizadas para descubrir a los padres de la niña que fué prohijada por un modesto funcionario del Municipio.

Este suceso misterioso constituyó el tema de las conversaciones durante mucho tiempo, en todo Córdoba, y las comadres se hartaron de chismorrear a costa del mismo, inventando toda clase de leyendas y fábulas.

Un pobre hombre, perteneciente a una familia muy conocida en esta capital, falto en absoluto de conocimientos literarios, concibió el proyecto de escribir un drama basado en el hecho referido.

Llevó la ardua empresa no diremos que a término feliz sino desgraciado, y un día apareció en los carteles del Teatro del Recreo el anuncio del estreno de una obra original de un autor novel, titulada La Hija de la Providencia o los serenos de Córdoba .

Numerosísimo público asistió a la representación y desde los comienzos de esta se advirtió la hostilidad de los ánimos contra el flamante dramaturgo.

Al llegar el segundo acto, que se desarrollaba en el patio de una casa de vecinos durante la celebración de bautizo de la protagonista, estalló la tormenta que se cernía en el espacio.

El pateo fue espantoso y muchos espectadores intentaron asaltar el escenario para agredir a los actores y al autor, si le encontraban.

Este que, vestido de rigurosa etiqueta, con traje prestado, aguardaba el feliz momento de presentarse en el palco escénico para recoger los laureles, tuvo que marcharse por una puerta muy distante de la principal, temeroso de que lo lyncharan [sic].

La fantasía popular ha urdido varias leyendas relacionadas con el Campo de la Merced.

Dos de ellas se refieren a la Torre de la Malmuerta. Según una, la construcción de dicha torre fue el castigo que el Rey impuso a un antecesor de los marqueses de Villaseca, por haber matado a su esposa en un rapto de celos injustificados y de aquí que se la denominara de la Malmuerta.

Agrega la tradición que el Soberano condenó, además, al parricida a pasar el resto de su existencia encerrado en la torre que él mismo levantara, por lo cual retardó todo lo posible la terminación de aquélla.

Tal especie carece en absoluto de fundamento, pues consta que en construir la torre se tardó solamente dos años.

Hay quien supone protagonista de esta fábula, no a un ascendiente del marqués de Villaseca, sino a Fernán Alfonso de Córdoba, antecesor de los condes de Priego que, según otra novela, mató a su esposa, al amante de esta, a toda la servidumbre que tenía en su casa y hasta a un papagayo que había en la misma porque, sabiendo hablar, no le contó la traición de que era víctima.

La otra leyenda aludida es la de que quien, al pasar, corriendo a caballo, por debajo del arco de la torre pudiera leer la inscripción que hay en él, vería abrirse la tierra allí mismo y aparecer un gran tesoro que le haría feliz.

La inscripción que tal milagro puede operar, y que nada tiene de enigmática ni misteriosa, es la siguiente:

“ EN EL NOMBRE DE DIOS: POR QUE LOS BUENOS

PECHOS DE LOS REYES NO SE OLVIDEN, ESTA

TORRE MANDÓ FACER EL MUY PODEROSO

REY DON HENRIQUE, É COMENZÓ EL CIMIENTO

EL DOCTOR PEDRO SANCHEZ, CORREGIDOR

DE ESTA CIVDAD, É COMENZÓSE A SENTAR

EN EL AÑO DE NUESTRO SEROR JESV CRHISTO

DE M.CCCCVI AÑOS, É SIENDO OBISPO DON

FERNANDO DEZA, É OFICIALES POR EL REY

DIEGO FERNÁNDEZ MARISCAL, ALGUACIL

MAYOR, EL DOCTOR LUIS SANCHEZ,

COREEGIDOR É REGIDORES FERNANDO

DIAZ DE CABRERA, É RUY GUTIERREZ...

É RUY FERNANDEZ DE CASTILLEJO,

É ALFONSO.... DE ALBOLAFIA, É FERNAN GOMEZ, É, ACABÓSE

EN EL AÑO M.CCCCVIII AÑOS”

Por último, hace poco más de medio siglo, el vecindario del Campo de la Merced y sus inmediaciones hallábase bajo el influjo de un pánico indescriptible; apenas anochecía recluíase en sus hogares, cerrando a piedra y lodo las puertas de las casas; ni la comadre más curiosa sentíase con valor para permanecer tras la espesa reja de una ventana esperando los acontecimientos y muchas personas ni siquiera lograban dormir porque el miedo se lo impedía.

¿Qué motivaba este indescriptible terror? La aparición, a media noche, de la ternerilla descabezada , un monstruo del Averno, con forma de becerra sin cabeza, que rugía como un condenado, a la vez que hacia sonar un cencerro y arrojaba fuego, no sabemos por dónde.

Haremos constar que la ternerilla descabezada era un ingenioso ardid de los contrabandistas para introducir en la población bombonas de alcohol y corambres de aceite, sin que les molestaran los empleados de consumos, puesto que se escondían en el centro de la tierra al oir el fatídico cencerro.

Mucho tiempo después de establecido el alumbrado público de gas siguieron iluminando la actual plaza de Colón los típicos faroles triangulares, de gran tamaño, con quinqués de petróleo, cuya débil luz aumentaba el encanto y el misterio del paraje, muy apropósito para inspirar leyendas y narraciones fantásticas.

Tal es el resumen de la historia del Campo de la Merced, uno de los interesantes parajes de nuestra ciudad que más recuerdos evocan de épocas pasadas.

Septiembre, 1922.