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La Caridad Sin Limites (Notas cordobesas)

De Cordobapedia
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La Caridad Sin Limites es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

Aquel ilustre prócer que se llamó don Ricardo Martel y Fernández de Córdoba, conde de Torres Cabrera, personificación de la gran figura inmortalizada por don Angel de Saavedra en su romance Un castellano leal , fué autor de hermosas iniciativas, de importantes proyectos y de admirables obras que acaso por su magnitud no llegaron a prosperar en muchas ocasiones, todo en pro de Córdoba, todo en beneficio de la clase proletaria, por la que se interesaba vivamente.

Bien lo demostró con la creación de la sociedad titulada La Caridad sin limites que, si todos sus protectores hubieran laborado con el entusiasmo y la constancia que el conde de Torres Cabrera, seguramente habría sido una de las instituciones más provechosas de España.

Don Ricardo Martel y Fernández de Córdoba, tras un concienzudo estudio, redactó las bases de dicha Asociación, la cual tenía un doble objeto, auxiliar al obrero cuando se hallase en difíciles circunstancias y establecer lazos de unión entre él y la llamada burguesía, borrando las diferencias y los odios, origen, en nuestros días, de los más grandes conflictos.

El plan protector de la Caridad sin límites era vastísimo; comprendía toda clase de auxilios y socorros. Médico y medicinas en caso de enfermedad, abono del jornal durante el paro forzoso, recomendación oficial para obtener trabajo.

Todo esto se conseguía mediante el abono de una exigua cuota mensual, base de los ingresos de la Asociación, que ascendían a una suma de relativa importancia merced a las cantidades conque voluntariamente se suscribían los socios protectores, a los donativos de algunos particulares y corporaciones y a los productos de las fiestas que organizaba una comisión, constituída con este objeto.

Auxiliaban al ilustre prócer en su admirable labor varias distinguidas personas amantes como él de la clase proletaria, de las que merecen especial mención el inolvidable director de la Escuela de Bellas Artes don Rafael Romero Barros y el administrador de Correos y culto periodista don Pelayo Correa Duimowich.

Los socios protectores y obreros reuníanse los sábados en el salón bajo de sesiones de las Casas Consistoriales, en aquel salón que tenía en uno de sus frentes un artístico retablo y que hoy forma parte de la Casa de Socorro.

Allí se daba cuenta del estado de la Asociación, de los socorros que se concedían y cambiábanse impresiones acerca de los proyectos en estudio para fomentarla.

Los obreros consultaban toda clase de asuntos con los protectores, que les atendían solícitamente y les aconsejaban con prudencia.

Concluidas las sesiones los obreros rodeaban al conde de Torres Cabrera que departía con todos ellos afable, cariñoso, como un padre conversa con sus hijos.

Aquel era un cuadro hermoso, consolador; allí no había antagonismos de clases porque la simiente del bien había germinado en los corazones, extirpando la semilla del odio.

Como prueba del respeto y el cariño que los socios de la clase proletaria profesaban a sus protectores, citaremos dos hechos interesantes.

En una sesión, un obrero que se hallaba beodo, permitióse dirigir ciertos cargos a los miembros de la Junta directiva y, si no hubiera sido por la oportuna intervención de estos, los compañeros de aquel habríanle impuesto en el acto un duro correctivo.

Cuando murió el ilustre artista don Rafael Romero Barros que, en unión del conde de Torres Cabrrera [sic] era el alma de La Caridad sin límites, numerosos obreros de esta acompañaron al cadáver durante el tiempo que permaneció en la capilla mortuoria y todos asistieron al funeral y entierro, en imponente y hermosa manifestación.

Como ya hemos dicho, la sociedad en que nos ocupamos tenía una comisión organizadora de fiestas, las cuales constituían una de las principales fuentes de ingreso de la benéfica institución.

Dicha comisión estaba formada por pintores, escritores y aficionados al arte dramático, gente joven, activa, bulliciosa, que, apenas iniciado un proyecto, lo realizaba siempre con éxito brillante.

Bien lo demostraron sus diversas funciones teatrales, la exposición de vitelas con dibujos, pinturas y poesías instalada en el Circulo de la Amistad, la rifa de panderetas artísticas verificadas en el Gran Teatro y la excelente comparsa que formó un Carnaval, con valiosos elementos, la cual ha sido una de las mejores que se han organizado en Córdoba.

Cuando la sociedad hallábase en estado próspero, el conde de Torres Cabrera empezó a realizar el proyecto más importante que acariciaba desde la fundación de aquella: el de dotar a cada socio obrero de una casa propia.

Para conseguirlo debía construirse grupos de viviendas, las cuales se rifarían exclusivamente entre los asociados, protectores y obreros, imponiendo las condiciones de que si una casa correspondía a uno de los primeros, éste tenía que regalarla a uno de los segundos, y si tocaba en suerte a un obrero que ya fuese propietario de otra, estaba obligado a cederla a la Asociación, para volver a rifarla, mediante el percibo de una suma relativamente considerable.

Con los productos de la rifa de un grupo de casas se edificaría otro hasta construir las barriadas necesarias para que tuviesen albergue todos los socios proletarios.

En solares donados por el Ayuntamiento en el campo de San Antón levantáronse los primeros edificios, que aún subsisten, unas casas de un solo piso, pequeñitas, pero con todas las dependencias necesarias para habitar en ellas cómodamente y fueron adjudicadas, mediante sorteo, a dos familias obreras.

Poco tiempo después la indiferencia, la apatía características de nuestro pueblo se encargaron de hundir aquella admirable institución.

Para que no muriese, el Ayuntamiento se hizo cargo de ella, cuando ya estaba en decadencia, cambiándole el simpático titulo de La Caridad sin limites por el de Asociación Cordobesa de Caridad.

Con él se conserva, pero no es ni sombra de lo que pretendió que fuese su inolvidable fundador el conde de Torres Cabrera.

Hoy se limita a conceder socorros en metálico a los desvalidos, obra benéfica muy plausible pero que no tiene el alto fin social de la hermosa institución primitiva.

Marzo, 1923.