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Medicinas Y Botiquines Caseros (Notas cordobesas)

De Cordobapedia
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Medicinas Y Botiquines Caseros es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

Antiguamente los médicos, aquellos señores graves, serios, de larga levita, enorme sombrero de copa y bastón de borlas que eran considerados como seres sobrenaturales, poseedores de una ciencia incomprensible para el resto de la humanidad, debían ser poco amigos de los boticarios, pues sólo para combatir las dolencias graves recurrían a la farmacopea y en los demás casos, utilizaban las medicinas caseras, en las que el pueblo siempre ha tenido más fe que en todos los potinges y menjurjes de las boticas.

Este era el motivo de que en los patios y jardines y huertos de nuestras viejas casonas abundasen las plantas medicinales, a las que se hacia objeto de tantos cuidados como a las flores más delicadas y de mayor mérito.

Nunca faltaban en aquellos deliciosos parajes que parecían trozos de la Sierra trasladados a la ciudad, el torongil y la yerbaluisa para corregir los desarreglos del estómago ni la manzanilla para abrir el apetito.

Cuidábase de que tampoco faltasen las malvas, de múltiples y diversas aplicaciones; ni la yedra conque se cubría las llagas producidas por los cáusticos; ni la uña de león, que cicatrizaba rápidamente las heridas.

Los naranjos eran otro elemento esencial de la medicina casera, pues tanto los refrescos de su fruto como la infusión de sus hojas los recomendaba el médico para muchas enfermedades.

Todas las familias hacían buen acopio, durante el verano, de pepitas de melón que guardaban, después de haberlas tenido durante algunos días puestas al sol con el objeto de que las secara, porque con ellas se hacia una horchata excelente para los enfermos.

Cuidábase, asimismo en las antiguas casas cordobesas, al llegar la época oportuna, de echar las guindas en aguardiente, no para matar el gusanillo por las mañanas, sino para tomar una copa cuando no sentaba bien la comida.

En todas partes había lo que pudiéramos llamar un botiquín casero; un cajón grande repleto de envoltorios de papel de estraza.

Aquellos envoltorios, de diversos tamaños, contenían la tila para aplacar los nervios, el té para las indigestiones, las flores cordiales para los resfriados, la raíz de malvavisco para las fluxiones de la boca, el crémor para utilizarlo como purgante, la harina de linaza para las cataplasmas, la mostaza para los sinapismos.

Unidos con los envoltorios hallábanse el frasco del árnica para los golpes y caidas y el tarro con el ungüento que quitaba el asiento de estomago a los niños.

Completaban el botiquín vendas y cabezales de hilo y paquetes de hilas que las mujeres se entretenían en hacer de trapos viejos, alrededor de la estufa, durante las veladas invernales.

En los grandes y claveteados arcones guardábase pedazos de bayeta encarnada y amarilla, los rojos para cubrir con ellos el pecho de quien padeciera afecciones del corazón y los pajizos para envolver los miembros atormentados por el reuma.

Los papeles de estraza, que ya no se fabrican, en que antiguamente envolvían en los almacenes los comestibles, eran cuidadosamente guardados para cubrir con ellos el pecho de la persona acatarrada.

En una de las tablas de la despensa o la alacena siempre figuraban el tarro con la manteca sin sal para las unturas y el recipiente de lata que contuvo conservas lleno de enjudia de gallina, remedio eficaz para curar lo que el vulgo denomina aprieto de garganta.

En un rincón del desván veíanse amontonados varios ladrillos muy limpios y lustrosos. ¿Quiere saber el lector para qué servían? Para ponerlos envueltos en trapos, después de haberlos tenido cerca del fuego, a los pies de la cama del enfermo, donde sustituían ventajosamente a la estufilla y el calentador.

Había medicinas caseras que resultaban verdaderamente originales, como las ruedas de patata que muchas mujeres se ponían en las sienes para combatir el dolor de cabeza y la moneda de dos cuartos mojada en vinagre que las madres aplicaban a sus hijos sobre el chichón producido por cualquier travesura infantil.

No citaremos otros tan absurdos como la castaña que, pendiente del cuello en una bolsita, preserva de la erisipela y la cuerda llena de nudos, que puesta a guisa de collar, calma instantáneamente el dolor de muelas, según las personas en quienes la credulidad corre pareja con la ignorancia.

Nuestros abuelos, para purificar la atmósfera de sus viviendas, usaban solamente los zahumerios de romero y alhucema, a los que sustituían, en primavera y estío, los perfumes del azahar, las rosas, la albahaca y los jazmines, que aspirábamos con deleite, en patios, jardines y huertos.

El desinfectante preferido para las casas era la cal de Cabra o de Espiel, blanca como el ampo de la nieve, y para las ropas la legía [sic] de ceniza, colada a través de aquella en grandes canastas y la base de la higiene una limpieza rayana en la exageración, la limpieza característica de nuestras mujeres.

Algunas familias y las monjas de varios conventos preparaban, por tradición, ciertas medicinas, en las que tenia gran fe mucha gente, tales como los encerados para curar el asiento de estómago de los niños y el jarabe de caracoles para facilitar la espectoración, especialidad de las religiosas del monasterio del Corpus Christi.

Estos y otros remedios caseros quitaban mucha venta a las boticas, a aquellas antiguas y misteriosas boticas de cancel impenetrable, por cuyo ventanillo asomaba el farmacéutico la cabeza, cubierta con un enorme gorro, para deletrear la receta ininteligible, escrita en latín macarrónico, o para despachar un purgante, un par de cáusticos, una caja de píldoras o cuatro cuartos de ungüento.

Marzo, 1923.