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Preliminares De Carnaval (Notas cordobesas)

De Cordobapedia
Revisión del 20:08 24 ago 2026 de Aromeo (discusión | contribs.) (Incorporación de Notas cordobesas, de Ricardo de Montis)
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Preliminares De Carnaval es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

Antiguamente, cuando Momo no se recluía en los salones para divertirse, sino que recorría la población alegrándola con bromas, gritos, carcajadas y música de cascabeles, no dejaban de ser curiosos los preliminares del Carnaval en Córdoba

Mucho tiempo antes de las fiestas de Antruejo reinaba gran animación en el elemento joven; la gente moza devanábase los sesos pensando el disfraz conque se lanzaría a la calle durante los días de Carnestolendas para dar el golpe.

Al anochecer veíanse grupos de hombres, muchos con la guitarra o la bandurria debajo del brazo que, generalmente, se dirigían a los barrios bajos de la población, internándose en las viejas casonas de vecinos; eran los elementos que habían de constituir las comparsas, los cuales se reunían para ensayar.

Elegían, con este objeto, el local más espacioso y retirado de la calle que tuviera la casona; una habitación que en otros tiempos sirvió de granero o una galería de aquella en que, según la frase popular y gráfica, podían correr caballos.

Llenábanlas de sillas, reclutadas en las habitaciones de todos los vecinos, la iluminaban con dos o tres quinqués de petróleo colgados de las paredes y para aquella gente, ansiosa de divertirse, quedaba convertida la estancia en un verdadero templo del Arte.

Todos obedientes a las órdenes del director repetían una y cien veces el pasacalle, la jota, la habanera, hasta que conseguían interpretarlos con toda la perfección que a un grupo de aficionados se puede exigir.

Cuando concluían el ensayo, más satisfechos y gozosos que quien ha realizado una obra magna, comentaban el efecto que su comparsa había de producir, el éxito que, seguramente obtendría, tanto por su música inspirada y alegre, como por sus coplas ingeniosas y chispeantes.

Todos se juramentaban para no darlas a conocer ni a sus amigos más íntimos, para guardar el secreto más absoluto respecto a la indumentaria que se proponían lucir, con el objeto de que fuese mayor la sorpresa que causaran al público, pero nunca faltaba un chiquillo de buen oído y mejor memoria que, atento desde su habitación, a los ensayos, aprendiera letra y música y fuese repitiéndolas por las calles antes de que llegara el Carnaval.

Los ensayos del primitivo Centro Filarmónico, que se efectuaban en el domicilio de esta Sociedad, situado en la calle Arco Real, eran verdaderos conciertos y producían gran espectación [sic] en los aficionados a la música.

Muchas personas buscaban para asistir a ellos, más influencias que para conseguir un buen destino.

No eran menos los curiosos que pretendían concurrir a los de La Raspa , la comparsa mejor y más popular de Córdoba, exceptuando la de Eduardo Lucena, los cuales, de ordinario, se efectuaban en una de las espaciosas casas del barrio de la Ajerquía.

Ningún director de comparsa tomaba su papel tan en serio como Rafael Vivas, aquel gran entusiasta de las fiestas de Carnaval que, sin poseer conocimientos musicales, era autor de gran número de composiciones ligeras, originales, inspiradas

Cuando se hallaba en funciones directivas su rostro, simpático y risueño siempre, tornábase adusto, convertíase en agrio su carácter jovial y no sólo reprendía severamente al aficionado que se equivocaba, sino que si alguno desatendía sus indicaciones montaba en cólera y amenazábale con el primer listón que encontraba a mano en la carpinteria del veterano panderetólogo Pepe Fernández, donde solía ensayar su comparsa.

A la vez que el maestro Lucena y Vivas muchos aficionados revelaban en esta época aptitudes excepcionales para la música produciendo danzas, jotas y otras composiciones que pronto pasaban a formar parte del repertorio del pueblo, al mismo tiempo que aumentaban el renombre del autor de la Pavana sus inspirados y bellísimos Pasacalles, en los que está compendiada el alma cordobesa.

Desde los poetas mas inspirados hasta los copleros mis vulgares ponían a contribución su ingenio, acosados por los organizadores de las comparsas, para escribir las canciones que habían de ser cantadas por aquellas.

Los hermanos Valdelomar componían las del Centro Filarmónico, delicadas y bellas; el propio Vivas las de La Raspa , satíricas y mordaces; Emilio López Domínguez las de otras muchas agrupaciones, haciendo siempre gala de su vena satírica inagotable.

Hasta el clásico autor de las odas religiosas, Fernández Ruano, tuvo en más de una ocasión que rendir parias a la musa carnavalesca, obligado por compromisos ineludibles.

Suya es la letra de una de las jotas que obtuvieron más popularidad hace cuarenta años, aquella cuya primer estrofa dice así:

Aunque pobres remendados, sin mis luz que la del sol no te pedimos dinero, te pedimos, niña, amor. Que los estudiantes, aunque remendados, son finos amantes, desinteresados.

En esta época del año improvisábanse muchos poetas que pasaban horas y horas exprimiendo el magín para componer canciones con destino a las comparsas.

Algunos muy satisfechos de su obra, cuando encontraban a un amigo íntimo, le decían en voz baja: ya verás que letra he sacado; no dejo títere con cabeza; este año nos llevan a la cárcel.

Por regla general las supuestas terribles sátiras quedaban reducidas a llamar Pollo Antequerano a Romero Robledo, a hablar del tupé de Sagasta o de las orejas de Posada Herrera y a dirigir cuatro piropos a la Niña, palabra conque sustituían la de República, abogando por su advenimiento para que arreglase el país.

Después de Carnestolendas, durante mucho tiempo, en calles, obras y talleres, los chiquillos y los mozos repetían sin cesar las coplas de las comparsas que, unidas con las del último trovador contemporáneo, Antonet, formaban el repertorio del pueblo.

Cuando La Raspa comentó graciosamente, en una canción con música de la opereta Bocaccio , los innumerables aplazamientos de una corrida de toretes organizada con un fin benéfico, a todas horas y en todas partes oíase cantar:

La corrida que estaba ofrecida no se juega hasta Pascua florida, y el ganado que estaba encerrado con la lluvia se ha resfriado.

Otra de las ocupaciones en que los individuos que habían de componer las comparsas invertían todos los ratos perdidos desde mucho antes de que llegara el Carnaval, era el arreglo de la indumentaria.

Todos dedicábanse a la caza de levitas viejas, de pantalones a grandes cuadros o listas y de enormes chisteras, porque este era el traje preferido por la mayoría de las agrupaciones que recorrían nuestras calles animando las fiestas del Antruejo con alegres músicas y canciones.

Quien no encontraba una bimba la hacía de cartón y todos convertíanse en camiseros y sastres, ya para cortar grandes cuellos y colosales chalinas, ya para recortar cualquier prenda con el fin de que resultara grotesca y ridícula.

Esta labor era más ardua en el bastonero que necesariamente había de sobresalir entre todos sus colegas por la extravagancia del traje.

Horas y horas pasaba ya confeccionando una casaca o un frac de larguísimos faldones con retazos de percalina de múltiples colorines; ya convirtiendo unas alpargatas en zapatillas vistosas, llenas de lazos y lentejuelas; ya cubriendo el morrión o el tricornio de borlas, penachos y tirabuzones de papel; ya, en fin, preparando el enorme bastón rematado por una esfera, a guisa de puño, pintada con purpurina, casi del tamaño de la terrestre.

Este individuo era una figura saliente del Carnaval; mientras sus colegas ensayaban pasacalles y jotas, adiestrábase en saltar y hacer piruetas y cabriolas, en arrojar al espacio el bastón y volver a cogerlo, describiendo círculos, con tanta agilidad y ligereza como el tambor mayor más diestro de nuestros ejércitos antiguos.

Unicamente el Centro Filarmónico usaba el clásico traje del estudiante español; los individuos que constituían casi todas las demás comparsas se disfrazaban, como ya hemos dicho, con sendas levitas y apabullados sombreros de copa alta.

Nunca faltaba una en que fuesen vestidos de gitanos o bandoleros ni otra en que dejase de figurar la República o la Niña, representada por un joven con falda encarnada y gorro frigio, todo menos rojo que los parches de colorete que ostentaba en las mejillas.

Las mayores novedades en materia de comparsas que hubo en nuestro antiguo Carnaval, fué una de herreros que iban provistos, no sólo de una fragua, sino de yunques y martillos, cuyos golpes servían de acompañamiento a las canciones, y otra que simulaba la tripulación de un barco a bordo de este.

Los preparativos para su organización no dejaron de ser laboriosos y, de seguro, quitarían el sueño, más de una noche, a los iniciadores de estas originales comparsas.

Tampoco carecían de originalidad las llamadas de los boleros y constituían una nota típica muy agradable de las fiestas carnavalescas.

Los populares maestros de baile Pepito el del huerto, Felipe y Varo, organizaban, con sus mejores discípulas, estas comparsas que resultaban muy vistosas y agradables.

Varias muchachas de corta edad, vestidas con el traje de la bolera primitiva, mucho más artístico que el de la bailarina moderna y acompañadas por bandurrias y guitarras y por el alegre repiqueteo de las castañuelas, bailaban con perfección las danzas españolas de los buenos tiempos del arte coreográfico.

Los boleros visitaban las casas principales de la población y deteníanse en plazas y paseos, siempre rodeados de numeroso público, al que deleitaba la contemplación de los bailes, especialmente de aquel en que las niñas, al efectuar caprichosas evoluciones, llevando cada una en la mano el extremo de una cinta pendiente de una caña, envolvían ésta en un tejido muy bien hecho con las cintas multicolores.

Algunas de las comparsas de boleros iban precedidas de los giganles y cabezudos que había en el Gran Teatro para la representación de El Molinero de Subiza .

Las que postulaban, que eran pocas, solían obtener buenas recaudaciones, merced a las cuales pasaban el Carnaval en diversión perpetua.

El último ensayo constituía un acontecimiento; en él reinaban una animación indescriptible, un júbilo extraordinario. Todos los individuos que habían de formar la comparsa esmerábanse en la interpretación de las obras, las cuales eran repetidas multitud de veces hasta que resultaban a gusto del director.

Este no cesaba de hacer observaciones y advertencias a sus camaradas, insistiendo especialmente en recomendarles la puntual asistencia a la hora que se hubiese fijado para recorrer la población.

Concluídos los ensayos, echábase un guante para festejar la terminación de aquellos con algunas libaciones, y mientras los mozos apuraban las copas de aguardiente, comentaban con gran regocijo, el triunfo que su agrupación había de obtener. De seguro las demás comparsas tendrían que abrir sus filas para dejarle paso entre ellas cuando las encontraran en la calle.

Todos se retiraban a sus hogares más temprano que de costumbre, para madrugar y muchos no dormían pensando en los venturosos días de Carnaval que se les presentaban.

¡Feliz edad en que se cifran todas las ilusiones en cualquier futileza, como el éxito de una comparsa!

No solamente los individuos que constituían las comparsas dedicábanse desde mucho tiempo antes de que llegara el Carnaval a los preparativos de las bulliciosas fiestas de Momo; las personas que se proponían disfrazarse también se ocupaban en arreglar sus trajes utilizando, generalmente, para confeccionarlos, prendas viejas, colchas antiguas o la económica percalina de vivos colores, con el fin de que resultaran baratos.

Bastantes familias pasaban consagradas a esta labor las interminables noches del invierno, alrededor de la mesa-estufa, que se convertía, indistintamente, en taller de sastre, de modista o de sombrerero.

Las muchachas reuníanse para ponerse de acuerdo respecto a los disfraces que lucirían en los bailes del Círculo de la Amistad y el Casino Industrial y, cuando después de largas discusiones, ultimaban sus proyectos, comprometíanse solemnemente a no decir una palabra acerca de ellos a sus amigas para producir el efecto de lo inesperado.

Hasta las jóvenes más aficionadas a frecuentar los paseos y menos amigas de la aguja y el dedal recluíanse en estos días en sus hogares y pasaban horas y horas, sin levantar cabeza ni demostrar cansancio, dedicadas a la costura, al corte y confección del traje de aldeana, de bebé, de mariposa, de odalisca, de pasiega, que eran los más usuales, amen del de chula, preferido siempre, porque se reduce a una sencilla falda de volantes y a un mantón de Manila.

Los muchachos habilidosos también se preparaban sus disfraces, pero, generalmente, la madre o las hermanas de aquellos eran las encargadas de confeccionarlos y no tenían que discurrir poco para hacer con toda clase de retazos de telas, con enaguas y pintarrajeadas colchas, el traje de payaso, de moro, de arlequín, de diablo o el dominó que, por regla general, envuelve a la máscara en un misterio impenetrable.

Entre tanto algunos mozos entreteníanse en transformar una esportilla en elegante sombrero de señora, lleno de cintas y flores; en hacer, con cartón, el sombrero de púa del gitano o el tricornio que había de completar el uniforme de época; en rellenar bien de trapos o virutas el polizón, elemento indispensable para caricaturizar la moda femenina; en arreglar la peluca de estopa, la luenga barba o los grandes anteojos que, con otros postizos, sustituían a la careta.

No faltaban personas de paciencia imponderable que pasaban semanas y meses cortando flecos de papel de colores o canutos de cana para cubrirse con ellos el traje, cosiéndoles naipes y hasta murciélagos vivos.

Muchos, para no tomarse la molestia de confeccionar el disfraz o de alquilarlo, importunaban a amigos y conocidos pidiéndoles, ya la levita raída, ya la chistera apabullada, ya el vestido de miriñaque y algunos hasta los cencerros de las antiguas recuas de hermosos burros porque gustaban de colgárselos al cuello, considerando que este era el mayor alarde de ingenio de una mascara.

Las personas que se dedicaban a alquilar disfraces, Matute, la viuda de Lázaro, Moreno y otras, sacaban los trajes de los viejos arcones en que los tenían guardados para repasarlos y que se desarrugaran; para coser la rotura de un dominó; para poner a una casaca el pedazo de galón que le faltaba; para apuntar la pluma a un chambergo; para arreglar el rabo y los cuernos a una ropilla de diablo.

Los dueños de establecimientos de comercio exponían en sus escaparates las caretas y el público se agolpaba ante ellos para recrearse contemplando las originales y raras figuras.

En la Fábrica del Cristal, en la tienda de La Estrella y en la papelería de don Ramón García Marín, aparecían las caretas finas del payaso, del bebé y del palurdo y las grandes cabezas de asno, de toro y de otros animales, además de las que representaban a Don Quijote y a los políticos de la época: Sagasta, Cánovas, Romero Robledo y Castelar y en el establecimiento de don Saturio exhibíase las caretas modestas, las que utilizaba el pueblo; ya las de cartón barnizado, muy bastas, sin expresión alguna, ya las de trafalgar pintado, con un triángulo superpuesto a guisa de nariz, que sólo usaban los campesinos y los muchachos.

Las jóvenes que no tenían que preparar trajes, pasaban las veladas haciendo borlones de papel para arrojarlos, pendientes de una cuerda, desde los balcones, sobre el sombrero de los transeuntes durante los días de Carnestolendas o cortando en pedazos muy menuditos cuantos prospectos de colores habían podido reunir en el año a fin de lanzarlos a la cabeza y al rostro de las personas conocidas que encontrasen en calles y paseos.

Otras mostraban sus habilidades confeccionando paveos ; ya las peladillas de yeso, ya los exquisitos dulces consistentes en patatas, cebollas y hasta chinas de las márgenes del río envueltas en una capa de merenga.

La semana anterior a la de Carnestolendas en las confiterías de Castillo, de Hoyito, de la Fuenseca y del Realejo se trabajaba sin descanso, lo mismo durante el día que durante la noche, para preparar grandes cantidades de almendras porque era extraordinario su consumo en las fiestas de Antruejo.

No había mozo que dejara de obsequiar a su novia con un vistoso alcartaz lleno de peladillas, ni máscara que no fuese provista de un bolso repleto de almendras para ofrecerlas a las amigas a quienes embromaba, ni chiqnillo [sic] que dejase de invertir sus ahorros en tales dulces, porque así lo imponía una tradición.

Tales eran los preliminares del Carnaval hace cuarenta años, cuando tenía el encanto de la sencillez y la gente se divertía más y mejor que ahora.

Febrero, 1923.