Mascaras Ingeniosas es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.
Texto
Antiguamente el Carnaval callejero tenia en Córdoba el encanto de la sencillez.
Las gentes no se devanaba los sesos para idear un disfraz caprichoso y original ni gastaba el dinero en alquilar trajes de lujo.
Con una colcha o una sábana improvisaba un dominó y muchos hombres del pueblo colocábanse, sobre su ropa; una camisa o una falda y una blusa de mujer y se lanzaban a la calle, dispuestos a correrla .
Nunca faltaban el jayán con las piernas desnudas y tiznadas, provisto de una linterna y un enorme cencerro que iba, no a la caza de pájaros, sino de una pulmonía, ni el mozo envuelto en felpudos, simulando el oso; ni quien se presentara con el traje cubierto de canutos de caña, de naipes o de flecos de papel, disfraces que revelaban, en sus autores, una paciencia de benedictinos.
Entre estas mascaras vulgares había muchas que se distinguían por la propiedad conque caracterizaban a ciertos tipos y, sobre todo, por su ingenio y su gracia.
Podía decirse de algunos individuos, como de los buenos actores, que lograron hacer verdaderas creaciones de determinados tipos populares. Por muy bien disfrazados que fueran aquellos el público les conocía apenas les divisaba y rodeábales, celebrando con grandes carcajadas sus bromas y sus chistes.
¿Representaba la máscara un gitano desgarbado, ocurrentísimo, con sombrero de púa, enormes tijeras en la faja medio caída y pantalón de campana? Pues era Nicolás Toro.
¿Caracterizaba a un palurdo con sombrero de felpa y larga capa de paño que hacia grandes aspavientos ante la cosa más sencilla y expresaba su asombro en lenguaje muy pintoresco? Pues sin duda tratábase del procurador Guevara.
¿Simulaba un cojo con la mis extraña y ridícula de las cojeras? Pues entonces, sin género alguno de duda, era el travieso Pepe Clot.
Cuando apenas se conocía en Córdoba los automóviles, un Carnaval se presentó en el paseo un joven aristócrata, en un automóvil de su invención. Era un barril que, al parecer, andaba solo, sobre el cual iba sentado el aludido aristócrata.
¿Cómo se movía aquel artefacto? preguntábase la gente. Muy sencillo. El joven iba dentro del barril, que no tenía fondo, llevándolo sujeto a la cintura con unas correas y, por lo tanto, marchaba por su pie. Las piernas que aparecían sobre el tonel eran simuladas y producían perfectamente la ilusión de que se hallaba sentado el conductor del original vehículo.
Una mañana, de uno de los alegres días de Carnestolendas, presentóse en uno de los establecimientos de comercio más populares de Córdoba una mujer vestida con un traje auténtico de piconero.
Aquella mascara embromó de lo lindo a los dueños y a los dependientes de la tienda, derrochando el ingenio y la gracia y demostrando que conocía perfectamente lo mismo la organización del establecimiento que a todo su personal. ¿Quien era el piconero en cuestión? Nadie lo pudo averiguar y este misterio preocupó durante mucho tiempo a todos los embromados.
Al fin se descifró el enigma; la ocurrente máscara que había utilizado para disfrazarse el traje de un piconero, era una distinguida señora, esposa de uno de los propietarios de la tienda a que nos hemos referido.
Algunos individuos se distinguían por su habilidad extraordinaria para imitar a determinadas personas, generalmente tipos populares; las caracterizaban con tal perfección que a veces el público, al verles, no sabia si se trataba del personaje original o de la caricatura.
Un año se presentó en los paseos una máscara, reproducción tan admirable de un pobre demente, don Luis Junquera, que éste, al verla, exclamó absorto: ¡o yo no soy yo o hay dos personas iguales en el mundo.
Otro año causó las delicias de la gente una pareja, el vestido de levita y sombrero de copa y ella con traje blanco, que saludaba ceremoniosamente a todo el mundo desde el coche en que se paseaba con majestad olímpica.
Aquella pareja de mascaras, compuesta de dos hombres, podía considerársela una copia fotográfica de un matrimonio en el que entonces tenia fija su atención todo el vecindario.
Entre las mascaras ocurrentes, graciosas, no se debe omitir al famoso Carlillos el Pintor, aunque de ordinario, empleara su inventiva tan mal que solía dar con sus huesos en el arresto o en la cárcel.
No sólo en los paseos y en las calles hacían alarde las máscaras de su ingenio; en los salones donde se celebraban bailes presentábanse algunas que llamaban justamente la atención por la originalidad de su disfraz o sus bromas cultas y chispeantes.
Un súbdito francés avecindado en Córdoba, don Enrique Huguet, iba al Círculo de la Amistad, todas las noches de baile, provisto de un variadísimo y pintoresco guardarropa y ya aparecía en el salón vestido de dómine, ya de palurdo, ya de poeta melenudo, ya de sacamolero ambulante, causando con su tipo y con su charla las delicias de la concurrencia.
La nota saliente de una de dichas fiestas en el Círculo, hace más de treinta años, fue una señorita de la buena sociedad que representaba, de una manera sorprendente, una momia egipcia.
Aquella joven, alta, delgada, iba envuelta en blancas túnicas, semejantes a un sudario, que sólo le dejaban descubierto el rostro, rodeado de amuletos y medallitas.
No llevaba careta y, sin embargo, su bella faz aparecía horriblemente desfigurada. ¿Cómo se había operado tal transformación?
La ingeniosa mascarita se tiñó la cara de amarillo con azafrán; púsose unos parches negros en la punta de la nariz, los cuales producían la ilusión de haber sido destruída aquella por la acción del tiempo; se cubrió los ojos con unas gafas de pequeños cristales redondos y negros que producían el efecto de unas órbitas vacías y entre los labios y las encías sujetóse una enorme dentadura de cartón, desigual y amarillenta, que desfiguraba por completo su linda boca.
Aquel rostro era realmente el de una momia y tal efecto producía que muchas personas lanzaban un grito de terror al acercárseles la máscara.
Luego la conversación de ésta, agradable, discreta, ocurrente, atraía hasta a los más cortos de espíritu.
La momia egipcia constituyó la figura más saliente de aquel Carnaval, el tema de todas las conversaciones durante algunas semanas, y quizá la recuerden algunos lectores de estas crónicas restropectivas [sic], recordando a la vez tiempos pasados, mucho mejores que los presentes, porque fueron los tiempos de la juventud, de las ilusiones y de las esperanzas.
Febrero, 1923.
