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El Precio De Un Articulo (Notas cordobesas)

De Cordobapedia
Revisión del 20:08 24 ago 2026 de Aromeo (discusión | contribs.) (Incorporación de Notas cordobesas, de Ricardo de Montis)
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El Precio De Un Articulo es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

Hace un tercio de siglo habitaba en esta capital una persona de esas que, sin sobresalir por sus méritos ni por su posición social entre la mayoría de las gentes, se distinguen de la turba multa, ya por su tipo, ya por sus costumbres, ya por su indumentaria.

Era un hombre alto, enjuto de carnes, mal encarado, de color cetrino, embutido siempre en un largo y estrecho gabán y con el rostro semi oculto por un cuello de pieles enorme.

Todo el mundo le conocía, no por su nombre, sino por el remoquete de el Modisto que algún bromista le aplicó porque nuestro hombre era corresponsal de un periódico de modas.

Aunque tenía múltiples y diversas ocupaciones, entre todas le producían tan poco dinero que el Modisto no hubiera podido vivir sin un régimen económico inconcebible.

Era glotón en grado sumo y, sin embargo, únicamente comía lo indispensable para no morir de inanición; sólo fumaba cuando algún amigo le ofrecía un cigarro y si se le veía en el café o en un espectáculo que no fuera gratuíto [sic] podía asegurarse que alguien le había convidado.

En cierta ocasión, el hombre del gabán y el cuello de pieles, consiguió, no sabemos cómo, un billete de favor para asistir a las funciones del Teatro-Circo del Gran Capitán.

Diariamente era el primer espectador que entraba y el último que salía, con el objeto de aprovechar bien lo que él, de seguro, consideraba una prebenda o cosa por el estilo.

Pasaba gran parte de la noche en el escenario, ya piropeando a las coristas, ya cortejando a las actrices, ya de charla con los actores.

Dabáselas, entre ellos, de periodista y refería las imaginarias campañas que realizó y los triunfos que obtuvo con ellas en Madrid, Barcelona, Valencia y en todas las principales poblaciones de España.

Los cómicos no daban crédito a tales relatos porque sabían, por los auténticos chicos de la Prensa, que el Modisto jamás había pisado una redacción.

Nuestro hombre se enamoró locamente de una tiple y en vez de ofrecerle alhajas u otros objetos de valor le ofreció dedicarle un articulo encomiástico en un diario local.

La artista recordábale todas las noches el cumplimiento de la oferta y el Tenorio de guardarropía tuvo que tomar la heroica resolución de buscar a un amigo, el ingenioso escritor que firmaba sus trabajos con el pseudónimo de Fray Tranquilo , para rogarle que le sacara del aprieto.

El popular periodista le prometió complacerle, pero pasaban días y días y no le entregaba el anhelado articulo.

El Modisto erigióse en perseguidor constante de Fray Tranquilo . En todas partes le salía al paso dirigiéndole siempre la misma pregunta: hombre ¿cuándo me va a escribir usted esa croniquita?

Harto ya del asedio, el literato, cuyo carácter estaba en perfecta armonía con su pseudónimo, díjole al fin: esta noche, entre once y doce, búsqueme usted en mi tertulia del café del Gran Capitán; desde allí nos iremos a cenar a cualquier restaurante, de sobremesa, le haré el articulito.

No agradó mucho al Modisto lo de la cena por el desembolso que le había de originar; sin embargo, fingiendo una sonrisa de satisfacción, contestó: quedamos de acuerdo.

Apenas sonaron en los relojes las campanadas de las once de la noche, el amante platónico de la tiple apareció en el lugar de la cita y, poco después, acompañado del escritor, dirigíase a un restaurant de la calle de la Plata.

Ambos penetraron en una de las habitaciones más apartadas de aquel; Fray Tranquilo llamó al camarero y cuando se hubo presentado le dijo: nos vas a servir dos tortillas de jamón, dos medios de vino de veinte, aceitunas y pan.

Volvió el sirviente con las viandas y el periodista le encargó dos raciones de riñones en salsa y otros dos medios de vino.

Al hombre del gabán y el cuello de pieles parecióle esto demasiado lujo, pero no se atrevió a manifestar su opinión.

Fray Tranquilo , que era parco en la comida, se había convertido súbitamente en un Heliogábalo. Después de los riñones pidió dos chuletas empanadas, otros dos medios, mis pan y más entremeses.

El Modisto no se pudo contener ya y exclamó: creo que no nos libramos de una indigestión esta noche.

¡Quiá! le contestó su amigo; todos estos manjares son muy sanos y caen perfectamente en el estómago. Ahora nos comemos dos racioncitas de calamares fritos, regados con sus correspondientes medios.

No quedó la comida en todo lo enumerado, pues a los calamares siguieron un postre de queso con más vino y otro de pasas y almendras.

El galanteador de la tiple sudaba tinta.

El ingenioso periodista reclamó otra vez la presencia del camarero para encargarle que les sirviera café y puros y que llevara, al mismo tiempo, recado de escribir.

El Tenorio de guardarropía respiró.

Momentos después Fray Tranquilo y el Modisto saboreaban el exquisito Moka y unos olorosos vegueros, a la vez que el periodista dictaba a su victima un artículo altamente laudatorio para la tiple, lleno de flores y galanteos, hecho con la corrección de estilo característica de su autor.

Ante aquella preciosidad literaria el hombre de color cetrino casi daba por bien empleado el dinero que le iba a costar la cena.

Pero el destino aún le reservaba otra sorpresa desagradable; cuando ambos comensales hubieron apurado el café, hizo palmas de nuevo el periodista y al aparecer la siniestra figura del camarero, le dijo: ahora tráenos una botella de coñac de las tres cepas.

La descarga eléctrica más formidable no habría producido el efecto que esta petición al Tenorio averiado.

Con la última gota de coñac se terminó el articulo; firmólo quien se proponía que le sirviera de ganzúa para abrir el corazón de la artista y nuestro hombre llamó por primera vez, muy tímidamente, al camarero para pedirle la cuenta.

Cuando supo la enorme suma de pesetas a que aquella ascendía estuvo a punto de desmayarse.

No la pudo pagar porque no llevaba dinero suficiente; acaso para abonarla tendría que empeñar o vender el gabán o el cuello de pieles, sus dos prendas de más valía.

La noche siguiente el articulito apareció publicado en un diario local y el flamante periodista se lo llevó a la tiple que sintió halagada su vanidad de modo extraordinario por aquel cúmulo de elogios, flores y galanteos.

Fray Tranquilo, que no frecuentaba los espectáculos, fué aquella noche al Teatro Circo y entró en el escenario para saludar a los artistas amigos suyos.

Entre la tiple, que estaba acompañada de su galanteador, y el periodista, se entabló el siguiente diálogo:

-¡Ha leído usted el artículo que me ha dedicado este señor?

-No, señorita.

-Pues tome usted este periódico y léalo; es precioso.

-Muchas gracias; lo conozco.

-Y ¿cómo lo conoce usted, si no lo ha leído?

-¡Bah! porque anoche se lo dicté al amigo mientras cenábamos.

El Modisto se puso encendido como una amapola y al rojo sucedió en su faz una palidez cadavérica. Miró en su alrededor, con ojos inyectados en sangre, seguramente buscando un arma para matar a quien acababa de ponerlo en ridículo o un escotillón para arrojarse al foso, desapareciendo de la escena, y cayó sin sentido en brazos del traspunte.

Junio, 1923.