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La Pluma Y La Escribania (Notas cordobesas)

De Cordobapedia
Revisión del 20:08 24 ago 2026 de Aromeo (discusión | contribs.) (Incorporación de Notas cordobesas, de Ricardo de Montis)
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La Pluma Y La Escribania es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

La pluma, ese instrumento admirable del progreso, ese propagandista eficaz de la cultura, ha sido objeto de innumerables transformaciones desde los tiempos, ya remotos, en que se inventó la escritura hasta nuestros días.

A la pluma de caña, al cálamo primitivo, sustituyó la pluma de ave, usada hasta los comienzos del siglo XIX, con la cual están escritas las obras más grandes que ha producido el genio.

Eran, generalmente, plumas de pavo; las ordinarias de su color; las de más lujo, digámoslo así, teñidas de vivos colores, rojo, azul, verde o amarillo.

No resultaba operación muy sencilla, pues requería cierta práctica, la de cortar bien la punta de la pluma a fin de que se pudiera trazar la letra fácilmente.

Para efectuar dicha operación utilizábase unas navajitas pequeñas, a las que, por ser destinadas a tal objeto, denominábaselas cortaplumas, nombre conque se las sigue conociendo, aunque hoy se las utilice para otros usos.

Las plumas de pavo, multicolores, colocadas en posición vertical, en un recipiente de metal o de vidrio, constituían una nota típica, bella, de los escritorios de nuestros abuelos, de los contadores artísticos de las damas, de los viejos pupitres de los dómines, de las desvencijadas mesas de los memorialistas.

Huelga decir que, en manos de ciertos individuos, las plumas de pavo convertíanse en plumas de ganso, pero no en plumas de gacela, como dijo un escritor famoso en un momento de distracción o buen humor.

El invento de la pluma de metal privó al arte de la escritura de un elemento que pudiéramos llamar decorativo, no desprovisto de encanto y de poesía. La pluma de ave, airosa, bella, fue reemplazada por la de acero sujeta en un extremo de un palillo que le servía de mango.

¡Qué antiestéticos resultaban estos portaplumas aunque simulasen la primitiva caña, aunque estuviesen pintados de colores o barnizados pulcramente!

La pluma había descendido rápidamente de categoría; ya ni siquiera se le guardaban los respetos a que era acreedora. Más de cuatro escribientes se permitían la libertad de limpiarla frotándosela en la cabeza, en vez de utilizar para este objeto la mariposa de paño de colores, bordada, y se la ponían detrás de la oreja o la clavaban en una miserable patata, cuando estaba ociosa, en lugar de colocarla en el recipiente o la escalerilla de metal.

En balde algunos industriales pretendieron embellecerla y aumentar su valía dándole formas diversas, llenándola de labores, poniéndole mangos caprichosos de pasta, de metal, de puas [sic] de puerco espín, de hueso, de marfil y hasta de nácar.

Ninguna de dichas plumas se podía codear con las de ave; sólo competían con éstas las de plata, que las imitaban en la forma, y las de oro que solían servir de premio en los antiguos Juegos Florales.

La escribanía ha tenido tantas y tan importantes modificaciones como la pluma; las primitivas eran de metal dorado y constaban de dos recipientes cilíndricos, el tintero y la salvadera y una cajita en el centro para las obleas, algunas, especialmente las de los maestros de escuela, tenían, además, una campanita, que servía para llamar al orden a la turba infantil.

El uso de las escribanías indicadas extendióse tanto que lo mismo las veíamos en la casa del humilde obrero que en el despacho del opulento hombre de negocio.

Luego se comenzó a construir escribanías de madera, de ébano generalmente, con tintero y salvadera de cristal y escalerilla de metal para las plumas, pero no llegaron a hacerse populares como las primeramente mencionadas.

Apesar de su baratura, tampoco obtuvieron los favores del público las de porcelana pintarrajeada con que las fábricas de cerámica pretendieron sustituir a las de metal y las de madera.

El poeta Fernández Ruano tenía en gran estima una de aquellas, regalo de una comparsa, en testimonio de gratitud por haberle escrito la letra de la jota Los remendados , que consiguió en su tiempo, gran popularidad.

Contrastaba con la modestia de las escribanías de metal, madera y porcelana la suntuosidad de las de bronce, muchas de las cuales eran verdaderas obras de arte, que figuraban en los amplios bufetes de caoba de las casas principales y las de plata, no menos artísticas y muy valiosas que constituían uno de los principales elementos de ornamentación de los magníficos salones de la aristocracia.

En los palacios de los marqueses de Benamejí, de los duques de Hornachuelos y de otras familias de la nobleza, había algunas a las que podía aplicarse el calificativo de joyas.

Los condes de Torres Cabrera guardaban entre sus alhajas una escribanía soberbia, de plata y oro, que el Rey D. Alfonso XII utilizó cuando, en una de sus visitas a Córdoba, se albergó en la morada de dichos próceres.

El contraste era mayor entre las escribanías enumeradas y los grandes y sencillos tinteros de porcelana con depósito de agua para las plumas de ave o los tinterillos de asta cerrados a tuerca, que los maestros rurales y los campesinos llevaban, con las plumas, las planas y los cuadernos de escribir, en una manga de la gabardina o la chaqueta, atada por su extremo inferior con un bramante.

Antiguamente, para adquirir tinta, no era preciso ir a los establecimientos donde se expende efectos de escritorio; ofrecíala a domicilio un vendedor ambulante que, sin cesar, recorría la población pregonando: Tinta fina de escribir.

Muchas personas, en vez de la tinta líquida, compraban un papel verdoso que, echándolo en agua, producía una tinta azul, y la gente económica hacíala en casa, utilizando ciertas fórmulas químicas, al mismo tiempo que reemplazaba los polvos de salvadera de limadura de hierro por la arena fina y las obleas por el pan mascado.

Hoy los tinteros de cristal, grandes pesados, antiestéticos, han sustituído en casi todas partes a las escribanías y éstas sólo se conservan en algunas casas como objetos curiosos de otros tiempos, como antigüedades, a las que no concede valor ni mérito la mayoría de las personas.

Agosto, 1923.