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La Charla De Una Sirena (Notas cordobesas)

De Cordobapedia
Revisión del 20:08 24 ago 2026 de Aromeo (discusión | contribs.) (Incorporación de Notas cordobesas, de Ricardo de Montis)
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La Charla De Una Sirena es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

Apenas caímos en el lecho quedamos profundamente dormidos, a causa, sin duda, del ajetreo propio de una noche de verbena, y tuvimos un sueño original cuyo relato puede constituir una crónica retrospectiva no desprovista de interés.

Súbitamente y por arte de magia nos hallamos en una de las típicas y viejas plazas de Córdoba; en una de esas plazas espaciosas irregulares, a las que sirve de fondo un templo no desprovisto de belleza arquitectónica y en las que tampoco falta una fuente con un pilar de piedra muy grande, rodeada de árboles copudos, que le presten sombra en los calurosos días del verano.

El citado paraje estaba desierto y a la luz de la luna que lo inundaba de claridad poética veíase los primitivos elementos de ornamentación y los sencillos puestos de una velada popular. Al lado de las mesillas cargadas de juguetes y chucherías y de las seras llenas de higos chumbos, sus dueños, tendidos en el suelo sobre una manta, dormían a pierna suelta, como si estuviesen sobre un colchón de plumas.

Súbitamente llegó hasta nuestros oídos una dulce voz femenina, que parecía lanzar al viento hondas quejas. Nos dirigimos al lugar de donde partía, que era un ángulo de la plaza. Allí encontrábase instalada una de las principales distracciones de las verbenas: el tío vivo . Sujetos con barras de hierro a un eje de madera veíanse, formando un circulo, pequeños coches pintados de color azul rabioso, caballos deformes semejantes a los de cartón, que constituyen el encanto de la infancia y las mitológicas sirenas unos tarugos de madera simulando un pez con busto de mujer, tan toscamente hechas como los caballitos y todo lo demás del aparato.

Uno de aquellos monstruos lanzaba las quejas que, momentos antes, llegaron hasta nuestros oídos.

La sirena clavó en nosotros una mirada triste y se expresó de este modo con acento dulce y plañidero:

¡Qué diferencia entre las verbenas de mis tiempos y las que hoy se celebra en los barrios cordobeses! Aquellas tenían un sello propio, característico, original; eran fiestas populares muy típicas. Las actuales son ferias en miniatura, y valga la frase, desprovistas del encanto de la sencillez.

En las de antaño no había el derroche de luz que se hace ahora. Iluminábanlas solamente unos cuantos farolillos a la veneciana colgados de los arcos de follaje, los candilones de los puestos y los diminutos faroles de lata de las mesillas de las arropieras, que envolvían el paraje en una poética y misteriosa penumbra.

Banderas y gallardetes ondeaban acariciados por el viento sobre mástiles cubiertos de monte en los que aparecía el viejo escudo de la ciudad.

Modestos industriales y comerciantes instalaban multitud de humildes puestecillos repletos de los juguetes típicos de Córdoba: las María Verdejo; los niños y las campanas de barro; los herreros y las cigüeñas de madera; las sillas hechas con carrizos y aneas y las macetitas de yeso con un cardo pintado de verde a guisa de boje. Alternaban con tales puestos los de los vendedores de garbanzos tostados y avellanas cordobesas, helados, higos chumbos y melones, sin que faltara tampoco el de la jeringuera que, en su torno, enrarecía la atmósfera con las emanaciones, poco agradables, del aceite frito.

No se conocía las rifas de Pepes; en cambio abundaban las Peponas, unas muñecas de cartón mofletudas y coloradotas que seducían a la infancia.

Había un espectáculo primitivo, que si ya no ha desaparecido está a punto de desaparecer, indispensable en todas las verbenas: los polichinelas. Con cuatro palos, unos costales viejos y unas colchas despintadas, Juan Misas o Antoñuelo Picardías armaban una barraca y en ella, ante un público en el que abundaban las mozas y los chiquillos, improvisaban escenas y diálogos no desprovistos [sic] de ingenio y gracia, entre la Señá Rosita , el Señó Cristobita , la Tía Norica y Riticursi , que desternillaban de risa a los espectadores.

Pero el mayor aliciente de las verbenas, su principal distracción, a la que concedía preferencia toda clase de personas, el alma de las veladas populares, eran los coches de madera, este viejo aparato de que formo parte con orgullo.

Alrededor de él agolpábase una abigarrada multitud aguardando turno para poder disfrutar de este inocente y sencillo recreo y los muchachos encargados de dar vueltas al eje no cesaban un instante en su pesada tarea, siempre aguijoneados por el dueño del pintoresco armatoste que, constantemente, exclamaba: ¡vivo, vivo! para que lo movieran con toda la rapidez posible.

Esto dió origen a la extraña denominación de Tío vivo que generalmente se aplica a los coches de madera.

Aquel hombre amenizaba la distracción favorita de las gentes con incesantes golpes de bombo y platillos, cuyos inarmónicos sones se confundían con el de los pitos de madera, obra exclusiva de los torneros cordobeses; con el de las campanas de barro, con el griterío de las mujeres, formando un conjunto especial, un ruido alegre, ensordecedor, característico de las verbenas.

Las mozas, luciendo sus mejores galas, con la cabeza llena de ramos de jazmines, después de pasear en la plaza y rezar en su templo perfumado por la albahaca, iban en busca de los coches de madera para dar en ellos vueltas y vueltas hasta experimentar la sensación del mareo.

Yo he sentido sobre mí el peso de la damita enguantada y de la humilde sirviente; del muchacho astroso y del niño pulcramente vestido; del pollo almibarado y del tosco obrero, del soldado y del estudiante.

Hoy yo, lo mismo que mis compañeros los caballitos y los coches, vivo, si esto es vivir, relegada al olvido, en el abandono más lamentable; sólo paseamos a algunos chiquillos y niñeras. Nos ha destronado el lujoso carroussel , lleno de cortinillas rojas, de adornos dorados y de espejuelos, que le dan el aspecto de máquina de cazar terreras, movido por la electricidad; con una orquesta más desagradable que los golpes del bombo y los platillos.

La gente nos desprecia porque la humildad, la modestia, la sencillez de los primitivos coches de madera se avienen mal con el fausto y el esplendor de estas veladas llenas de luz, pletóricas de festejos, las cuales mis parecen ferias en miniatura que verbenas populares.

Enmudeció la sirena y nos pareció que de sus ojos sin expresión brotaron dos gruesas lágrimas ...

Amanecía; esfumábanse las sombras de la noche y el sol enviaba su primer beso de luz a la alta torre de la iglesia que se erguía en el fondo de la plaza como una mole ciclópea.

Julio, 1923.