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El Comercio Infimo (Notas cordobesas)

De Cordobapedia
Revisión del 20:08 24 ago 2026 de Aromeo (discusión | contribs.) (Incorporación de Notas cordobesas, de Ricardo de Montis)
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El Comercio Infimo es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

Entre las manifestaciones del comercio que pudiéramos llamar íntimo; antiguamente había algunas muy típicas y no exentas de originalidad.

En la plaza de la Corredera, antes de que se construyera el Mercado, durante las horas en que aparecía lleno de puestos de todas clases, desde las grandes mesas de los carniceros hasta las enormes cestas de la hortaliza cubiertas por sombrajos que simulaban tiendas de campaña, abundaban en este pintoresco lugar las representaciones del comercio a que nos referimos.

Diseminadas por toda la plaza veíase unas mesillas semejantes a las de los zapateros remendones, llenas de paquetes y montones de monedas de cobre y de baratijas Eran las mesillas de las cambiadoras, pobres mujeres que se dedicaban a un comercio modestísimo con el que, a duras penas, podían atender a sus necesidades más perentorias. Estas mujeres recogían diariamente la calderilla de los establecimientos de mayor venta para devolver en monedas de plata la suma que recibían en piezas de cobre, percibiendo, como beneficio, cuatro cuartos por el cambio de cada duro, de los cuales tenían que entregar dos, como premio, ya en metálico, ya en géneros, a toda persona que cambiase una moneda de cinco pesetas.

Formaban el núcleo principal de los parroquianos de las cambiadoras las despenseras, porque en virtud de un convenio tácito establecido con sus amos, el premio era para ellas, y con los dos cuartos del mismo, el cuarto que les daba el carnicero y los productos de las sisas reunían la cantidad suficiente, no sólo para pagar el medio vaso de café y la chicuela del flojo, sino para adquirir gran parte de los artículos destinados a su alimentación.

Las mujeres y los hombres que hacían su propia despensa, preferían, ordinariamente, a los dos cuartos, las agujas, los alfileres, las horquillas, el cadejo o la madeja de algodón, la caja de fósforos o los cordones para el calzado.

No era preciso cambiar un duro para obtener premio; el cambio de dos pesetas daba derecho a un par de horquillas o de alfileres de cabeza gorda .

Aunque la cambiadora era, de ordinario, mujer de buen carácter, en su diminuto establecimiento se suscitaban, a veces, discusiones y reyertas, motivadas, ya por la negativa de aquella a admitir una moneda que consideraba falsa, ya por la reclamación de un parroquiano que sostenía que en un paquete de cuartos habla advertido la falta de una o dos monedas.

Al terminar las horas de mercado la cambiadora levantaba su puesto, guardaba las baratijas en una cesta, el dinero en varios talegos y después de encerrar la mesilla en uno de los portales de la Corredera, marchaba a liquidar cuentas en los establecimientos que le proporcionaban la calderilla y luego a su humilde hogar, para distribuir el producto de su trabajo y dedicarse a las ocupaciones domésticas.

Los campesinos, cuando por su avanzada edad o por otra causa quedaban inútiles para el trabajo, en vez de implorar la caridad pública o ingresar en un asilo, buscábanse la vida por otros medios, que también les proporcionaba el campo.

Según las épocas del año cogían en la Sierra y luego vendían en la plaza, ya los aliños para las aceitunas, ya las tagarninas y los cardillos para el cocido, ya el monte para los nacimientos y, terminadas las horas de mercado, recorrían la población pregonando los caracoles, las piñas, los madroños o las yerbas medicinales.

Durante las primeras horas de la mañana situábanse en la Corredera y sus alrededores varios hombres provistos de largas y gruesas varas rematadas en su parte superior por un pedazo de pita lleno de objetos multicolores. ¿Qué eran tales objetos? Adornos para las mujeres. Horquillas con una flor de papel o una palomita de yeso que se movía continuamente por hallarse sobre un espiral de alambre muy fino, gruesos alfileres con cabeza de cristal de gran tamaño, verde, azul o morado.

Todas las mozas del pueblo invertían parte de sus ahorros en estas baratijas para ostentarlas en la cabeza o en el pecho, cerrando el pañuelo de talle.

Corrían parejas con estos comerciantes los que se dedicaban, en los sitios indicados, a la venta de cintas de colores, que llevaban pendientes de una caña.

Antes de que se estableciera el monopolio sobre las cerillas fosfóricas, la venta de este artículo proporcionaba medios de vida a muchos hombres que no podían trabajar por impedírselo defectos físicos u otras causas y a no pocos muchachos.

Constantemente les encontrábamos en calles, paseos y cafés, llevando pendiente del cuello una cajita, a veces en forma de escaparate, repleta de cajas de fósforos de todas clases; las ordinarias de cinco céntimos con las láminas en la cubierta que representaban suertes del toreo, escenas de obras teatrales, rompecabezas o acertijos; las finas de diez céntimos con retratos de hombres célebres, vistas de monumentos notables y reproducciones de cuadros famosos; las que tenían figuras de relieve en la cubierta y el cajón sujeto con una goma para que se cerrase solo y las que ostentaban espejitos y constituían la última palabra de tal industria.

Algunos de estos modestísimos comerciantes ampliaban su negocio dedicándose a expender otros artículos, tales como boquillas y papel de fumar y mecha para encender los cigarros.

Estas eran las principales manifestaciones del comercio que pudiéramos llamar ínfimo, en aquellos felices tiempos en que, con un par de pesetas, se podía vivir mucho mejor que ahora con un duro.

Septiembre, 1923.