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La Calle De La Libreria (Notas cordobesas)

De Cordobapedia
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La Calle De La Libreria es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

¡Qué diferencia entre la calle de la Librería en los tiempos antiguos y en la actualidad! Antiguamente era el centro de la vida de Córdoba porque en ella estaba casi todo el comercio de la población.

Se le dió el nombre que ostenta desde sus primitivos tiempos, es una de las poquísimas a que no se les ha variado, por haberse establecido en ella todas las librerías que hubo en nuestra población hasta hace pocos años, que fueron las de Juan Antonio León, Salvador Martínez, Nicolás Salazar, Juan del Castillo, Juan Ravé, Canalejas y Manté, el Diario de Córdoba y Gacto, de las cuales subsisten las dos últimas.

Estos datos demuestran que no es aplicable a nuestra capital la popular redondilla:

Córdoba ciudad bravía, entre antiguas y modernas, con más de diez mil tabernas y una sola librería.

también abundaron en ella las imprentas, siendo la primera que se instaló y una de las más antiguas en la ciudad la de don Juan Rodríguez de la Torre, abierta a fines del siglo XVIII. Obtuvo el título de real y se hallaba en una casa próxima a la calle de la Ceniza, hoy de Fernando Colón, de la que fué trasladada a la que ocupa actualmente en la calle de García Lovera, pues dicha imprenta es la que se llamó del Diario de Córdoba al aparecer este periódico.

Casi al mismo tiempo que la antedicha imprenta, en un edificio de la acera izquierda de la calle de la Librería, situado casi en su centro abrióse el café más antiguo de que se tiene noticia en Córdoba, denominado de la Juliana; sucesivamente estuvieron en el mismo local la imprenta y librería de Canalejas y Manté, la banca de los señores Jover, el establecimiento de loza, ferretería, bisutería y otros articulas conocido por Fábrica de Cristal, y últimamente el almacén de máquinas de coser y camas titulado La Palma, al que ha sustituído la tienda de tejidos de don Luis Castanys.

En los comienzos de la segunda mitad del siglo XIX, unos comerciantes de la capital de Andalucía establecieron en dicha calle una tienda de quincalla y bisutería con la denominación de Bazar Sevillano.

Allí estuvo después el establecimiento de tejidos de los señores Marín y últimamente la Cocina Económica.

En una de las casas que forman un ángulo en la acera derecha de la calle, casi frente a la Fábrica de Cristal, hallábase la sombrerería de Pella, comerciante que tuvo un fin trágico: una noche, al colgar un quinqué en la pared, se le vertió el petróleo inflamado, causándole tan horribles quemaduras que le produgeron la muerte instantánea.

Bastantes años después don Angel Ariza instaló otra sombrereria en una casa de la calle a que nos referimos, reconstruida con tal objeto, al lado de la Fábrica de Cristal.

Un antiguo platero cordobés, don José Crespo Merino, tuvo su tienda inmediata a la librería del Diario de Córdoba .

Cuatro dependientes de la Fábrica de Cristal se establecieron, para dedicarse al mismo comercio que aquella, en la calle en que nos ocupamos: don Guillermo Jiménez, don Saturnino Martín, don Antonio Izquierdo y don Antonio Castro.

El primero se hallaba donde hoy está la farmacia y el segundo, que denominó su tienda La Estrella y amplió el negocio montando una fábrica de bastones, en la casa que formaba el ángulo con la sombrerería de Pella.

En dicha casa estuvieron después, con algunos intervalos, las imprentas y redacciones de los periódicos La Verdad y El Español , y un industrial llamado don Antonio Porras abrió un café, que arrastró una vida tan pobre como efímera.

Los señores Izquierdo y Castro se situaron a los lados de la Fábrica de Cristal, dedicándose el primero, especialmente, al comercio de guantería.

Otras muchas tiendas de variados artículos ha habido en la calle de la Librería; de ellas recordamos la de sombreros para señoras de madame Lambert, que fue la primera de su clase abierta aquí, y la de óptica de don Juan Viola, quien se estableció también allí cuando vino a Córdoba hace mas de cuarenta años.

En aquel tiempo la calle mencionada estaba concurridísima hasta las altas horas de la noche, en que permanecía abiertos los establecimientos, siendo extraordinaria la animación en Invierno y Otoño, pues convertíasela en paseo nocturno.

Muchas señoras, acompañadas de sus hijas, pasaban la velada, entretenidas en amena charla y curioseando las últimas novedades en la Fabrica de Cristal y en los establecimientos de los Marines, Guillermo Jiménez y madame Lambert.

Los pollos deteníanse ante las aceras para ver las muchachas y dirigirles piropos y bastantes familias, antes de ir al Teatro Principal y gran número de hombres cuando salían del Café Suizo daban una vuelta por la mencionada calle, a la que podía aplicarse el calificativo de coche parado.

En las dos épocas del año antedichas solían exhibirse fenómenos de feria en un portal contiguo a la Cuesta de los Gabachos, hoy de Luján, que frecuentemente estaba desalquilado, siendo extraordinaria la concurrencia de público desde el atardecer hasta bien avanzada la noche.

Allí se presentó la Mujer tigre , una agraciada joven que tenia todo el cuerpo lleno de lunares de pelo y la espalda cubierta, asimismo, de pelo tan abundante y largo como el de la cabeza.

Durante toda la mañana del día del Corpus la calle de la Librería presentaba un aspecto brillante, deslumbrador. Hallábase cubierta con toldos, alfombrada con juncias y mastranzos, llena de arcos y postes vestidos de follaje. En ella se agolpaba un inmenso gentío y en las puertas de los establecimientos, en balcones y ventanas, veíase a infinidad de señoras y señoritas, luciendo sus mejores galas y sus joyas de más valor.

Al pasar la procesión caía sobre la Custodia una lluvia de pétalos de rosas deshojadas por lindas manos femeninas.

En la calle a que se refiere esta crónica habitaban dos familias que diariamente celebraban reuniones a las que asistía gran número de personas de la buena sociedad. Una era la de los señores Pella, ya citada, y otra la de los señores Barberini, que vivían donde luego estuvo la tienda de los Marines.

Muchas mañanas reuníanse en la librería de Gacto dos ricos propietarios de esta capital, que permanecían allí bastante tiempo. ¿Cuál era el objeto de tales reuniones? Esperar a que el pregonero anunciase desde el balcón de las Casas Consistoriales las subastas para la venta de casas por si les covenía adquirir alguna.

Con un intervalo de mucho tiempo se declararon dos incendios en calles inmediatas a la de la Librería, propagándose ambos a esta. El primero se inició en un edificio de la calle del Arco Real, medianero por el fondo con el de los señores Pella, ya mencionado, en el que causó desperfectos considerables. El segundo comenzó en el establecimiento de los señores Salido, situado en la calle de Claudio Marcelo y llegó hasta una tienda de sombreros y otras confecciones de señoras, instalada en una pequeña casa de la calle de la Librería, la cual quedó destruída por completo. La dueña de la tienda, doña Manuela García, sufrió graves quemaduras y estuvo a punto de morir carbonizada.

Los acendrados sentimientos religiosos del pueblo de Córdoba, exteriorizados de múltiples maneras, tuvieron una pública manifestación en la calle expresada. Durante la primera mitad del siglo XIX, en la fachada de la casa número 14, hubo un retablo en el que aparecía un lienzo con una imagen de la Purísima Concepción, obra de Agustín del Castillo, padre del famoso pintor cordobés Antonio del Castillo.

Ante dicha imagen ardía constantemente una lámpara y nunca faltaban devotos que elevasen sus preces a la Santísima Virgen, y al desaparecer el Vía Crucis que los religiosos dominicos del convento de San Pablo tenían en las inmediaciones del mismo, una de las cruces que lo formaban fué colocada en una de las esquinas de las calles de la Librería y de la Ceniza, donde estuvo hasta hace poco tiempo.

Tal era, hace medio siglo, la calle de la Librería, hoy postergada por la de Gondomar, que es una vía moderna, amplia, recta, bien presentada y con buenos edificios, pero desprovista del sello típico de aquella en que los padres de la actual generación esperaban a las muchachas para decirle requiebros y galanterías.

Diciembre, 1923.