Dialogo Entre Dos Cometas es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.
Texto
Al declinar la tarde, en un caluroso día del mes de Julio, encontráronse dos cometas en el inmenso espacio, muy altas, dominando la ciudad.
Una era nueva, pequeñita, ligera como un pájaro y estaba forrada de papel de vivos colores; la otra vieja, grande, descolorida, hallábase llena de remiendos y de roturas.
Como apenas percibíase una ligera brisa las dos cometas permanecieron juntas e inmóviles durante un largo rato, el cual aprovecharon para cambiar impresiones y contarse sus cuitas.
Hoy por primera vez levanto el vuelo, dijo la mas pequeña y en verdad declaro que nunca creí poder admirar un espectáculo tan hermoso como el que aquí se nos ofrece. ¡Qué bello conjunto el de la ciudad, qué admirables panoramas los de sus campos, que sublime cuadro el de su cielo siempre azul y tachonado de estrellas!
Tus palabras me sirven de consuelo, le contestó la más vieja, pues al verme hoy en estas alturas he sufrido una impresión tan dolorosa que he estado a punto de romper la cuerda que me sujeta para caer rápidamente y destrozarme.
Hace un tercio de siglo, todas las tardes un muchacho me echaba en las afueras de la población y yo experimentaba un gozo indescriptible al surcar el espacio infinito, semejando un pájaro gigantesco, de múltiples colores.
Murió mi dueño y me encerraron en un desván, entre un montón enorme de trastos viejos, donde he permanecido hasta hace pocos días en que otro rapaz me encontró produciéndole el hallazgo tanto júbilo como si se tratase de un tesoro.
Me tapó las rajas y agujeros con pedazos de papel recortado formando caprichosas figuras, sustituyóme lós flecos y la cola, que habían servido de pasto a los roedores, por estos flamantes, y hoy, al atardecer, salió conmigo para echarme a volar, dándome mucha cuerda como mi primitivo dueño.
Al pensar que había salido, al fin, del desván en que permaneciera más de treinta años hasta las cañas de mi armazón se extremecieron de gusto.
Al fin me yi en el espacio pero al comenzar a elevarme estuve a punto de sufrir un serio percance; mi cola se enredó en uno de los infinitos alambres que, sobre altos postes, cruzan la población en todas direcciones y me faltó poco para caer a tierra.
Salvado tal obstáculo seguí ascendiendo y al mirar desde estas alturas a la ciudad mi sorpresa ha sido tan grande como mi dolor. Seguramente no habría reconocido a Córdoba si no me hubiese fijado en las imágenes de San Rafael, que coronan sus torres y sus obeliscos. ¡Que diferencia entre la capital antigua, que yo conocí, y la moderna!
Esta, le objetó la cometa joven, será mejor que aquella.
No puedo contestarte categóricamente, respondió la cometa vieja y descolorida, sólo sé que antes era esta una población típica, llena de encantos, que tenía un sello característico y hoy carece de él, pues está cortada por el mismo patrón que todas las ciudades modernas.
A sus casas de poca elevación, amplias y cómodas, con sus patios y huertos llenos de árboles y flores, con sus azoteas convertidas en jardines, han sustituído esos edificios de inconmensurable altura, escasos de luz y faltos de ventilación que más parecen jaulas que albergues de personas.
Hoy muchas familias tienen que resignarse a vivir en sitios destinados antiguamente solo a los palomares, a aquellos palomares que también han desaparecido y entre los que hubo algunos tan famosos como el de la casa de los marqueses del Carpio, o casa del Tinte, como la llamaba la gente, situada en la calle de las Cabezas.
Sus revueltas calles y sus plazas, en las que ya no hay naranjos ni crecen los dompedros, son ahora vías de urbe populosa en las que, ni aún a las altas horas de la noche, reina el silencio augusto que antaño las llenaba de encanto y de misterio.
Hoy ya no se perciben las notas perdidas de una serenata o de la bella canción que el campesino entonaba en la era, ni el monótono chirrido de la vieja noria del huerto, sino el desagradable ruido de los motores y las bocinas de los pestilentes automóviles.
Todo ha sido transformado, hasta las afueras de la ciudad. En estas, antes cubiertas de hermosa vegetación, ahora se construye barriadas o la indigencia levanta sus aduares, más pobres y miserables que los del Rif.
Mira el Guadalquivir; ha variado su curso, perdiendo majestad. En sus margenes del paseo de la Ribera faltan las primitivas casetas para baños; no lo surcan ya las prehistóricas barquillas con sus farolillos que semejaban luciérnagas.
Luciérnagas parecían también los de cáscara de sandia que los niños paseaban por las calles, al anochecer, y los de papel de colores conque nos iluminaban cuando estábamos de moda, cuando jóvenes y chiquillos entretenían sus ocios echando cometas desde las azoteas y plazas y en el campo en vez de dedicarse al juego del balompié.
Al llegar a este punto la cometa joven interrumpió la charla de su compañera diciendo: tal interés me ha inspirado tu relato que, en verdad lamento no haber alcanzado los tiempos a que te refieres.
Súbitamente oyóse en el espacio un extraño ruido; las cometas vieron acercárceles [sic] un objeto deforme, semejante a un pájaro gigantesco y, aterrorizadas, descendieron con rapidez.
Las había asustado un aeroplano; la cometa del siglo XX.
Julio, 1924.
