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La Redencion De Una Mujer (Notas cordobesas)

De Cordobapedia
Revisión del 20:08 24 ago 2026 de Aromeo (discusión | contribs.) (Incorporación de Notas cordobesas, de Ricardo de Montis)
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La Redencion De Una Mujer es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

Se aproximaba el Carnaval; era una noche desagradable y lluviosa del mes de Febrero. Dos jóvenes periodistas, empedernidos noctámbulos, recorrían las calles, casi desiertas, de la población, sin otro fin que el de matar el tiempo. Al llegar a una de las vías más céntricas vieron entrar en uno de sus principales edificios a tres mujeres envueltas en amplios dominós y con el rostro cubierto por el antifaz.

Recordaron entonces que allí se celebraba un baile de máscaras y penetraron en la casona donde pocos años antes estuviera el Casino Industrial, decididos a divertirse, a desechar el aburrimiento que les consumía.

Cruzaron el portalón con pavimento de menudas piedras, subieron por la hermosa escalera que había en él y llegaron al salón de fiestas, en el que reinaba la soledad más espantosa.

En uno de sus ángulos y recostados en unas banquetas, dormitaban los cuatro o cinco músicos que debían amenizar el baile; en otro rincón, sentadas en los divanes, las tres máscaras aludidas charlaban en voz baja, tal vez recordando episodios de su vida triste y llena de azares.

Los periodistas se acercaron a aquel grupo, suscitándose una conversación muy animada. como si se tratase de antiguos amigos.

Pronto las mascaritas se despojaron del antifaz; dos eran mujeres de edad madura, en cuyos rostros el vicio había estampado sus terribles huellas; fa otra que seguía por el mismo sendero que sus compañeras, apenas frisaba en los quince años; en sus ojos interesantes, grandes y negros como el fondo del abismo, reflejábase un alma llena de infinitas amarguras.

Este señor, señalando a uno de los periodistas, dijo a la muchacha una de sus acompañantes, es el que escribe en los periódicos los cuentos cuya lectura te ha hecho llorar muchas veces.

Las horas transcurrían y el salón de baile continuaba desierto; en su virtud los jóvenes noctámbulos se despidieron de las máscaras y lo abandonaron tan aburridos como entraran, sin haber logrado desechar el tedio que les consumía.

Pasaron algunos días y la joven de nuestro relato se presentó en busca de uno de los periodistas a que nos referimos en la redacción donde trabajaba.

Con frases entrecortadas por los sollozos, con una sinceridad encantadora, con una angustia inmensa, le contó su historia; era la de casi todas sus desventuradas compañeras; seducida por un hombre infame y abandonada al borde del precipicio, rodó por él, dejando entre sus zarzales girones del alma. Pero ella no se avenía a vivir en el tugurio infecto de la deshonra; la atmósfera pestilente del lupanar la asfixiaba; la loca alegría del vicio producíale la tristeza más profunda. Ella era buena en el fondo; conservaba en el corazón un caudal de nobles sentimientos y quería a todo trance redimirse, volver al pueblecito donde naciera, al honrado hogar de su familia, ayer risueño y venturoso, hoy cubierto por las sombras del infortunio a causa de la insensatez o la locura de una mala hija. Con el objeto de conseguir su propósito habíase atrevido a molestar al periodista para que él, autor de cuentos que hacían llorar, le escribiera el borrador de una carta que ella dirigiría a sus padres, diciéndoles que estaba arrepentida de su liviano proceder, pidiéndoles perdón, suplicándoles que le abriesen las puertas de su casa, seguros de que observaría en lo sucesivo una conducta ejemplar.

El escritor accedió a los deseos de la muchacha y redactó una carta sencilla, sin galas retóricas, pero llena de sinceridad, pletórica de sentimiento, dictada por el corazón.

Tal epístola surtió el efecto apetecido. La joven fué nuevamente en busca del periodista, radiante de alegría, presa de una emoción indescriptible.

No sabía cómo expresarle la inmensa gratitud de que le era deudora. Le estrechó efusivamente contra su pecho, le besó una y mil veces, no con el beso repugnante que vende la meretriz, sino con el ósculo bendito y puro que estampa el hijo en las mejillas de su madre.

Sentíase dichosa como nunca; sus padres la habían perdonado y aquella misma noche emprendería el viaje al pueblecito donde se meciera su cuna, en el que le aguardaban, anhelantes, unos pobres ancianos, para curarle con el bálsamo del amor las heridas que se causara en su odisea por los antros del vicio.

La despedida fué emocionante, análoga a la de dos seres unidos por los más estrechos lazos que se separasen para siempre. La muchacha entregó al escritor un delicado recuerdo, un ramito de flores sujeto con una cinta de seda.

El periodista recibió varias cartas de la mujer que le debía su redención; en la primera dábale cuenta de su llegada al hogar paterno, donde la recibieron como al hijo pródigo; en otras, de sus nuevas relaciones con un honrado campesino que la cortejó cuando ambos hallábanse casi en la infancia; del casamiento con aquel; de la formación de un hogar en el que, caso raro, la felicidad y la pobreza se hallaban unidas en estrecho maridaje; del nacimiento del primer hijo.

Transcurrieron muchos años. De paso para Sevilla detuviéronse en Córdoba unos grupos de gente del pueblo de las diversas regiones de España, que se dedicaban a interpretar los bailes y canciones típicos de aquéllas.

Entre tales grupos figuraba una pareja de niños aragoneses que bailaba la jota con verdadera maestría.

Dichos jóvenes venían acompañados de sus padres, unos modestos campesinos que cifraban en ellos todas sus esperanzas, todo su orgullo. La madre de aquellos pequeños artistas era la mujer engañada en tiempos ya lejanos por un miserable y redimida merced a la carta de un escritor cordobés.

Este, en el relicario de sus recuerdos, guarda cuidadosamente un ramito de flores sujeto con una cinta de seda, flores que, aunque están secas, exhalan el perfume de la gratitud. Y si alguien preguntara al veterano escritor cual era la mejor de sus obras, seguramente contestaría que una carta sencilla, sin galas retóricas, porque sirvió para arrancar a una desgraciada de las garras del vicio.

Febrero, 1924.