Los Santos Y Los Difuntos es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.
Texto
Antiguamente la fiesta de Todos los Santos y la Conmemoración de los fieles Difuntos tenían en Córdoba un sello característico que está a punto de borrarse, como todo lo tradicional.
Durante los últimos días del mes de Octubre aumentaba extraordinariamente el trabajo en las hojalaterías; los latoneros tenían que velar, causando grandes molestias con sus golpes al vecindario, para cumplir todos los encargos que recibían de construir y componer faroles y candilejas para iluminar las sepulturas de los cementerios.
La víspera de las festividades indicadas los jardineros y las monjas de algunos conventos dedicábanse, sin dar tampoco paz a la mano, a confeccionar coronas y ramos de flores naturales con destino a tumbas y nichos, porque entonces apenas se conocía las lujosas coronas de plumas y de flores artificiales con que la industria ha sustituido aquellas.
En los bazares únicamente vendíase las de diminutas siemprevivas de color amarillo, severas, propias para exornar la mansión de la muerte.
El 1.º de Noviembre no había plaza ni esquina en que no apareciese un puesto de castañas; una mesita pequeña con un peso viejo y desnivelado y un anafe o una hornilla portátil con el tostador, que al mismo tiempo servía de estufa de calefacción al vendedor o la vendedora de la mercancía.
Hombres, mujeres y chiquillos constantemente formaban cola en los puestos, pues nadie se hubiese resignado, entonces a pasar el día de Todos los Santos sin comer castañas.
Muchas familias las adquirían crudas en la plaza de la Corredera, donde hallábanse expuestas a la venta en montones, para asarlas en sus casas, ya en grandes ollas agujereadas, ya colocándolas sobre las ascuas del brasero, y servirlas como postre en la comida o la cena.
Las personas encargadas de hacer la despensa también se proveían de todo lo necesario para confeccionar un plato tan indispensable ese día como las castañas: las gachas.
Las mujeres más hábiles en el arte culinario preparaban el exquisito manjar en los peroles de reluciente azófar.
Eran los componentes de aquel harina, azúcar y aceite o leche, sin que tampoco le faltasen los clásicos coscorrones o pedazos de pan tostado y, los trozos de cáscara de limón.
De los peroles pasaban las gachas a las enormes fuentes de pedernal, donde eran espolvoreadas con canela y a veces regadas con miel en sustitución del azúcar.
Los bordes de la fuente solía adornarse con hojas verdes y algunas confeccionadoras del plato a que nos referimos lo llenaban de caprichosas labores hechas con el polvo de canela.
Muchas familias invitaban a sus amigos a comer gachas la noche del 1.º de Noviembre, sirviendo esta invitación de pretexto para improvisar veladas muy agradables.
Al mediodía millares de personas iban a los cementerios cargadas de faroles, lámparas, coronas y ramos de flores, para dedicárselos a los muertos, como piadosa ofrenda, y al atardecer comenzaba la visita a las necrópolis.
Mujeres y hombres, en su mayoría enlutados, ellos luciendo la airosa capa que era indispensable ponerse en este día, se congregaban en los sagrados lugares del reposo eterno, para orar ante la tumba del ser querido, para verter unas lágrimas sobre su yerta losa.
Aquí se detenían para leer un epitafio sentido, allí para admirar el sauce artificial, perfectamente hecho, que inclinaba sus ramas sobre un sepulcro, más allá para deducir consideraciones del simbolismo que encierra la columna truncada o el ángel en actitud de imponer silencio.
Muchos se abismaban en profundas meditaciones al leer las sublimes coplas de Jorge Manrique, escritas en los arcos del cementerio de San Rafael y a no pocos les sugería epigramas la frase: “Pronto te acompañaré”, mandada grabar en la tumba de su esposo por una señora que volvió a contraer matrimonio al poco tiempo de quedar viuda.
Durante las primeras horas de la noche gran número de personas también acudía a la Catedral, recorriendo sus amplias naves y deteniéndose a la puerta de las capillas de algunas familias aristocráticas, recintos decorados con verdadero lujo, o ante los pequeños túmulos levantados sobre las sepulturas de algunos Obispos.
En todas las casas, desde las doce de la mañana del 1.º de Noviembre hasta la misma hora del día siguiente, ardían mariposas, como sufragio por las almas de muertos, ante las urnas y los fanales con imágenes de Cristo o de la Virgen que en ningún hogar cristiano faltaban.
La gente apegada a la tradición y amiga de divertirse no faltaba a las representaciones del popular drama de Zorrilla titulado entonces Don Juan Tenorio o el convidado de piedra , las cuales, a cargo casi siempre de aficionados, eran pródigas en incidentes cómicos.
El público llenaba el Teatro Principal y el Gran Teatro para regalar el oído con la divina música de los veros del inmortal cantor de Granada, para solazarse con las aventuras del famoso Burlador de Sevilla y para reir cada vez que aparecían en la escena Brígida y Ciutti .
Las jóvenes románticas soñaban aquella noche con el rapto de Doña Inés y los chiquillos no podían dormir temerosos de que se les presentara la fantástica procesión de esqueletos que, según les había contado la abuela, aparecía todos los años el l.º de Noviembre al sonar las campanadas de las doce de la noche.
Algunos mozos de buen humor embromaban a sus amigos y conocidos tapándoles, con gachas, la cerradura de la puerta de su casa, a las altas horas de la noche, y eran dignas de verse las escenas que se desarrollaban al volver muchas familias a sus hogares y no poder penetrar en ellos como consecuencia de la gracia mohosa de cualquier mal intencionado.
En tiempos antiguos, cuando no cesaba el doble durante la noche del l.º de Noviembre y la madrugada del 2, los amigos íntimos de los campaneros se reunían, para acompañarles, en las torres de las iglesias y todos procuraban pasar la velada de la mejor manera posible.
La charla no se interrumpía un momento, menudeaban las bromas y entre tirón y tirón de las cuerdas de las campanas los reunidos solían reponer el desgaste de las fuerzas que tal ejercicio les causara comiendo castañas y apurando sendas copas de aguardiente.
El día de la Conmemoración de los fieles Difuntos madrugaban hasta los más trasnochadores para asistir a las misas en sufragio por el alma de los seres queridos que pagaron su tributo a la muerte y, desde el amanecer, las iglesias hallábanse llenas de fieles, porque la Fe estaba arraigada en todos los corazones.
Anualmente, el 2 de Noviembre, aparecían en las columnas del Diario de Córdoba unos versos elegíacos del catedrático del Instituto provincial de Segunda Enseñanza don Manuel Burillo de Santiago que, siguiendo el ejemplo de su padre, ofrendaba las flores de su inspiración a los muertos.
Así celebraban antaño los cordobeses las fiestas de estos días dentro de la ciudad; muchas familias preferían pasarlas en la Sierra, entregadas a las expansiones propias de las jiras campestres, para desechar las ideas tristes y los recuerdos luctuosos.
Noviembre, 1924.
