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La Calle De La Plata (Notas cordobesas)

De Cordobapedia
Revisión del 20:08 24 ago 2026 de Aromeo (discusión | contribs.) (Incorporación de Notas cordobesas, de Ricardo de Montis)
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La Calle De La Plata es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

El proyecto de ensanche de la parte alta de la ciudad, cuya realización ha obligado al Ayuntamiento a demoler el hermoso edificio en que estuvieron la fonda, la confitería y el café Suizos, nos amenaza con la desaparición de una de las calles más antiguas e interesantes de Córdoba, la que, hasta hace unos treinta años, se llamó de la Plata.

En el siglo XV en que la actual plaza de Cánovas era uno de los principales mercados de esta población, las tendillas o tiendecillas que entonces le daban nombre extendíase a la calle citada; en sus pequeños portales, de los que aún se conserva algunos con ligeras modificaciones, modestos comerciantes dedicábanse a la venta de pan, de frutas, de hortalizas y otros comestibles. Allí estaban tambien las carnicerías y algunas especerías, verdaderas arcas de Noé en miniatura, donde se encontraba de todo.

En la calle en que nos ocupamos también figuraba en el siglo XV un establecimiento que ha durado hasta nuestros días, una de las clásicas pastelerías cordobesas que gozaban de fama en toda la región andaluza.

Tanta importancia y tan gran renombre logró obtener que de ella recibió sus primeras denominaciones la vía indcada, la cual llamóse, en un principio, del Pastelero y después de Santa Olalla, apellido del primitivo industrial, maestro consumado en la confección de exquisitos pastelones de sidra y sabrosas tortillas de manteca.

El último dueño de esta pastelería, que desapareció en los comienzos de la centuria actual, era gran aficionado al toreo, como lo pregonaban los cuadros con retratos de diestros celebres que adornaban el despacho, donde todas las noches se reunían varios enamorados fervientes de la fiesta nacional, todos hombres sesudos, algunos de los cuales peinaban canas, para comentar los triunfos de Antonio Carmona, Fernando Gómez y Rafael Molina con igual entusiasmo, con el mismo acaloramiento que si fueran jóvenes.

En el siglo XVI se cambió, por tercera vez, el nombre a dicha calle, imponiéndosele el de la Plata, por haber sido establecido en una de sus casas un depósito del metal indicado, para que lo pudieran adquirir los plateros.

La calle de la Plata siempre fué una de las preferidas por los comerciantes; por eso en ella, además de las tiendecillas que pudiéramos llamar complementarias de las del mercado de las Tendillas, ha habido múltiples e importantes establecimientos de todas clases: de calzados, de sombreros, de tejidos, sastrerías, relojerías, librerías y almacenes de comestibles.

El local donde hoy se halla uno de estos estuvo ocupado, durante muchos años, por una confitería que logró tanta popularidad como las del Realejo, la Judería y la Fuenseca.

Dos laboriosos industriales, Antonio Muñoz Collado y Francisco Arévalo, instalaron en ella dos tabernas y casas de comidas, a las que aplicaban el calificativo de restauranes, las cuales llegaron a ser puntos de reunión predilectos de la gente trasnochadora de todas las clases de la sociedad.

¡Qué de conciliábulos políticos celebráronse en los pequeños cuartos de ambas botillerías; cuantas elecciones se amañaron en ellos; a qué considerable numero de aventuras sirvieron de escenario!

Más de una vez convirtiéronse en redacciones de periódicos, en las que escritores ingeniosos y mordaces, entre sorbo y sorbo de Montilla, producían artículos y versos, repletos de gracia o rebosantes de mala intención.

En uno de los portalitos de la calle a que nos referimos aún figura una vieja y típica hojalatería que, durante los días de Carnaval se transforma en abigarrada y pintoresca exposición de disfraces de alquiler.

Hace más de treinta años la gente cundió, no sabemos si con fundamento o sin él, que el dueño de dicho taller había solicitado una plaza de verdugo vacante y, con este motivo, todo el mundo huía del modesto industrial, que tuvo que marcharse de Córdoba, pues aquí hubiera muerto de hambre por falta de trabajo.

Un hombre tan laborioso y emprendedor como poco afortunado en sus empresas, don Enrique Hernández, propietario de la casa de baños única que ha habido aquí en nuestros días, implantó una industria a la que nadie se había dedicado en Córdoba, la fabricación, con máquina, de géneros de punto y para su venta y la de otros artículos, estableció una tienda en la calle mencionada.

Tampoco la suerte se le mostró muy favorable en este negocio, pues hasta tuvo la desgracia de que, una noche, le robaran el establecimiento.

Hasta hace poco tiempo, en una de las casas mas pequeñas de la calle de la Plata tuvo sus oficiuas [sic] un banco, el cual se declaró en quiebra recientemente. 1

Un individuo muy popular por su ingenio y buen humor relataba el funcionamiento de la casa-banca de este modo: llega una persona con dos pesetas para que abran una cuenta corriente; le sale al encuentro el portero y le invita a que pase a una oficina, la única que hay en el establecimiento de crédito y a que se aproxime a una de sus dos ventanillas.

Inmediatamente el ordenanza entra por otra puerta en la oficina, se pone una peluca y un bigote rubios, asómase al ventanillo ante el cual se encuentra el visitante y le pregunta qué desea.

Cuando se ha enterado del objeto de la visita escribe cuatro garabatos en varios libros, entrega un papel al nuevo cliente y le dice que lo presente en el otro ventanillo.

Con la ligereza de Frégoli el empleado transformista se despoja de la peluca y el bigote rubios, pónese una reluciente calva y una luenga barba blanca y aparece, de nuevo, ante el hombre de las dos pesetas, a quien le es imposible reconocerle.

Recoge el papel que momentos antes le había dado, hace nuevos garabatos en otros libros, le obliga a firmar en aquellos mamotretos, entrégale lo que él llama resguardo definitivo, coge las dos pesetas, las suena repetidas veces, arrojándolas sobre un pedazo de mármol y, finalmente, las echa en una alcancía de barro que sirve a la casa-banca de caja de caudales.

En el muro foral de una de las casas de esta calle fué colocado un cuadro con la imagen de la Divina Pastora, como recuerdo de la estancia en Córdoba de aquel venerable religioso capuchino llamado Fray Diego de Cádiz, cuadro que desapareció, ignoramos por que causa, en el 1841.

En la segunda mitad del siglo XIX y en los comienzos del actual, la calle de la Plata fué objeto de varias reformas. Ensanchósela por el extremo contiguo a la del Mármol de Bañuelos; construyóse en ella edificios a la moderna; se sustituyó, en su pavimento, el empedrado por losetas de cemento y cerrósela al paso de carros y coches que, por la estrechez de la citada vía, era un constante peligro para los transeuntes.

En las postrimerías de la última centuria, al morir el docto humanista y catedrático del Instituto provincial de Segunda Enseñanza don Victoriano Rivera y Romero, le fue impuesto su nombre a dicha calle, la cual, no obstante sigue siendo para los cordobeses calle de la Plata, pues no en balde conservó esta denominación más de trescientos años.

Siempre lo mismo, en los tiempos antiguos que en los moderuos [sic], la de la Plata ha sido una de las calles de mayor transito de nuestra población y así se explica que los comerciantes la prefiriesen para instalar en ella sus establecimientos.

Antes de la apertura de la de Claudio Marcelo podía aplicársele, con propiedad, el calificativo de coche parado, especialmente en los días de Feria y de Carnaval.

Una abigarrada multitud invadida constantemente durante las fiestas de Antruejo, la gente deteníase en la confitería para comprar el alcartaz lleno de almendras, las botillerías para entonar el estómago con unos vasos del néctar de Montilla o en la hojalatería transformada en exposición de disfraces para alquilar un dominó o un traje de Mefistófoles [sic].

Hoy el ensanche de la ciudad exige la modificación completa del plano de la plaza de las Tendillas y sus inmediaciones. Aunque acatamos todo lo que significa progreso lamentaremos la desaparición de la calle de la Plata por ser una de las más antiguas e interesantes de Córdoba.

Marzo, 1925.