Frasecillas Del Pueblo es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.
Texto
El pueblo andaluz usa en su conversación infinidad de frasecillas, picarescas unas, chispeantes otras, burlescas las más, que constituyen la salsa picante de su charla, siempre ingeniosa y amena.
Esas frasecillas, como todo, pasan de moda y se suceden, basándose muchas veces en la actualidad.
Algunas de ellas obtienen tanta fortuna, logran tal popularidad que continuamente oímos repetirlas en todas partes a hombres y mujeres, a niños, mozos y ancianos.
En Córdoba nunca faltó a la gente del pueblo una muletilla para intercalarla en su conversación o ponerle fin; muchas importadas de otras poblaciones, no pocas nacidas y muertas aquí, sin que hubieran traspasado los límites de nuestra ciudad.
Hace cuarenta arios había un vendedor ambulante de golosinas que nos atolondraba con este pregón: Los corrucos, ¡ay qué roscos!, al cual daba tal expresión que constituía una verdadera burla.
Así lo comprendían grandes y chicos, por eso cuando alguien les dirigía un consejo, una advertencia, una reprensión y las mozas un piropo que no les agradaba, invariablemente respondían: ¡Ay que roscos!, poniendo en la frase intención aún más aviesa que la del vendedor callejero.
La palabra corruco sirvió de calificativo a las personas zafias, ignorantes, de pocas palabras, a esas que, por su figura, llamamos apretadas o rechonchas, a los campesinos denominados también tolillos o catetos, sin que jamás nos hayamos podido explicar la semejanza que tengan esos hombres con las líneas que forman el ángulo recto de un triángulo.
Entre los individuos a quienes se aplicó la denominación de corruco figuraba un torero; este anuncióse en el cartel de una corrida con el apodo de Camar á y los guasones, al leer los programas del espectáculo en que había de tomar parte el torero aludido, exclamaban: ¡Camará con el corruco!
A la frase ¡Ay que roscos! sustituyó, siendo empleada en el mismo sentido que aquella, la de ¡Y más municipal! semejante a estas: ¡Y un jamón! y ¡Ministros y concejales! muy corrientes en casi toda Andalucía.
No había muchacha ni mozo, en tiempo ya lejano, que al encontrar a una amiga no la detuviera para decirle: quisiera que te murieras ¿sabes?
Esta frase sirvió de tema al último trovador callejero, Antonet, para componer uno de sus originales tangos.
Al efectuarse la apertura del primer trozo de la calle de Claudio Marcelo, una hermosa palmera que en el citado lugar había fué trasladada a los jardines de la Agricultura.
La operación se realizó a costa de grandes trabajos, invirtiéndose en ella muchos días, y pocas horas después de haber sido plantada en el nuevo paraje que se le destinara, la secular palmera se troncho al trepar a su copa un jardinero para despojarla de las ramas secas.
Este lamentable accidente originó la frase: has quedado más mal que la palma, con la que sustituímos otra muy generalizada hasta entonces: has quedado peor que el Mojoso , la cual aplicábamos a quien fracasaba en una empresa, cometía una pifia o hacía una plancha, según se dice comunmente.
Hubo una época en que, apenas se reunían dos personas de buen humor, una de ellas preguntaba a la otra: y de la niña ¿qué?
Esta pregunta solía originar el siguiente intencionado diálogo, al que acompañaba una mímica bastante expresiva.
Un pordiosero tardo del oído fingíase más sordo de lo que era en realidad para poder insistir en sus peticiones de limosnas sin que le llamasen impertinente.
Iba de casa en casa, repitiendo en todas, con tono plañidero, esta relación: una limosna al pobrecito Sordo; Dios se lo pague a usted y le de salud; igualmente a toda su familia. Cuando le contestaban: perdone usted por Dios, no lo oía aunque se lo dijeran a grito pelado e insistía en su cantinela, y si la persona importunada, harta ya de la pesadez del pobre, exclamaba: yaya usted al infierno! o algo parecido, el pordiosero respondía, sin variar su tono suplicante y como si nada hubiese oído: igualmente toda la familia.
Esta frase hízose popular y muchas personas de buen carácter, de esas que jamás se incomodan, cuando alguien les dirigía una palabra malsonante, un insulto o un chaparrón de improperios, se limitaban a contestar: igualmente toda la familia.
Durante algunos años estuvo de moda esta frase: por tener la lengua así te van a poner la cara así, a la que siempre acompañaban ademanes para indicar la longitud de la primera y la deformación que produciría en la segunda la lluvia de bofetadas en perspectiva, según la terrible amenaza.
Unos payasos de circo también popularizaron y dieron carta de naturaleza entre nosotros a las frases: ¿Te has caído? y ¡Cómo no veo! qne [sic] constantemente oíamos en todas partes.
Con estas y otras muchas frases y muletillas de la conversación, graciosas y oportunas, contrastaba un estúpido y perjudicial entretenimiento que también estuvo en boga durante no escaso tiempo y que por fortuna, no fue invención cordobesa, sino importado aquí, no sabemos de dónde [sic].
Lo mismo en sus casas que en las calles, chiquillos y mozuelas no cesaban de repetir: Boboito, boboazo, boboeño, ¡pum!, boboito ¡pum! boboazo ¡pum!, boboeño ¡pum! y cada vez que exclamaban ¡pum! golpeábanse, alternativamente, con las puntas de los dedos unidos, en la boca y en las mejillas.
Era frecuente ver a los necios que se entregaban a esta distracción con los morros hinchados y los carrillos mas rojos que tomates, pero sufrían impasibles molestias y dolores, sin duda por aquello de que palos con gusto saben a almendras.
Diciembre, 1924.
