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El Arte De La Encuadernacion (Notas cordobesas)

De Cordobapedia
Revisión del 20:08 24 ago 2026 de Aromeo (discusión | contribs.) (Incorporación de Notas cordobesas, de Ricardo de Montis)
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El Arte De La Encuadernacion es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

El cuero fue uno de los elementos más importantes de la industria y las artes cordobesas en tiempos ya lejanos. Las tenerías o fábricas de curtir pieles, de las que hemos tratado en estas crónicas, constituían una verdadera fuente de riqueza de nuestra ciudad y los cordobanes preparados en ellas gozaban de renombre.

El calzado de los botineros y zapateros cordobeses; tenía, igualmente, fama tanto por su buena confección cuanto por los cueros con que se construía, procedentes de las fábricas a que nos hemos referido, todos inmejorables, desde el becerro basto para los recios zapatos de los campesinos hasta las badanas más finas para los zapatitos de las muchachas elegantes.

La guarnicionería, una de las industrias locales que esta a punto de desaparecer, hacía también gran consumo de nuestros cueros para las elegantes monturas de los caballos en la época en que estaba de moda el deporte de la equitación; para los vistosos jaeces a la calesera; para los arreos de los troncos de mulas que arrastraban las diligencias y los coches de campo.

Los fabricantes de muebles, de aquellos muebles de caoba, cedro y otras valiosas maderas, primorosamente tallados y torneados, daban, asimismo, aplicación a los cueros en su arte; con ellos forraban arcones y baules, llenos, como las puertas antiguas, de clavos dorados y de artísticos herrajes y por el cuero sustituíase la enea en el asiento y el respaldo de los sillones de lujo a los que, por esta causa, llamábaseles de baqueta, aunque la generalidad de la gente los denominaba frailunos.

De las dos industrias artísticas genuinamente cordobesas que adquirieron extraordinario desarrollo en épocas ya remotas y lograron fama universal, una fue, como nadie ignora, la guadamacilería. Los guadamaciles con sus bellos dibujos, con sus admirables policromías, con sus caprichosas labores doradas y plateadas, que decoraban las casas señoriales, los muebles de lujo, los retablos las iglesias, constituyen hoy joyas de gran valor y, en unión de las obras de orfebrería de Enrique de Arfe, el Vandalino y sus sucesores, dan su mayor realce, un envidiable esplendor a la noble ejecutoria artística de esta ciudad.

Finalmente, el cuero también se utilizó en otro arte que no dejó de tener aquí importancia en el siglo XVIII y la primera mitad del XIX: el arte de la encuadernación.

Con esas finas y amarillentas pieles llamadas pergaminos cubríase los primeros libros impresos, a los que se las sujetaba con pequeñas correillas de badana.

Como todo progresa, andando el tiempo, la encuadernación progresó también y al pergamino reemplazaron las llamadas pastas, que eran tapas de cartón cubierto de baqueta.

En el lomo del libro se solía estampar labores doradas y pegábase un trocito de badana de un color vivo ostentando el titulo de la obra en letras de oro.

Los libros de lujo, que eran, generalmente, los de las iglesias, aquellos libros de rezo, enormes, lucían cubiertas las cuales podrían figurar dignamente al lado de las mejores obras de guadamacileria.

¿Cómo se labraban tales cueros? Después de haberlos tenido en agua durante muchas horas, para que se ablandaran, extendíaseles sobre unas gruesas tablas, de peral o naranjo por ser maderas muy duras y de escasos poros, en las que estaban tallados los dibujos que habían de lucir las tapas del libro; colocábaseles después en una prensa en la que permanecían hasta que estaban completamente secos y con las labores en alto relieve tal como las admiramos en los viejos misales y libros de coro de nuestros templos.

Esta clase de encuadernación únicamente se hacía en el convento de San Pablo, donde hubo una de las primeras imprentas establecidas en Córdoba.

Allí, en la tranquilidad del claustro, lejos del mundanal ruido, mientras unos religiosos se consagraban al estudio y a escribir importantes libros para difundir la Religión, la Ciencia o la Literatura, otros, auxiliados por obreros, dedicábanse a encuadernarlos, realizando, para ello, entre otras operaciones, una muy curiosa, la de golpearlos insistentemente, cuando estaban cosidos, con un martillo de hierro, sobre un trozo de columna, a fin de que se uniesen bien las hojas, pues el papel no era tan terso como hoy.

Bastantes años después de haber desaparecido la imprenta del convento de San Pablo el dueño de otra de las principales que, en sus tiempos, hubo en Córdoba, don Rafael Arroyo, adquirió parte del material de aquella, incluso los tacos de madera tallados con que se labraba las tapas de cueros de los libros.

Los antiguos talleres de encuadernación de nuestra ciudad, exceptuando el mencionado, tenían poca importancia: únicamente consignaremos, por considerarlo principal, el de don Mariano Arroyo, hermano del impresor a que antes nos hemos referido

En tal establecimiento, como en los demás de su época, ya no se utilizaban para la encuadernación el pergamino ni la baqueta; sustituyéronse las pieles por el papel pintarrajeado que resultaba mucho más barato y acaso más vistoso, aunque de mucha menos duración.

Las novelas por entregas a cuartillo de real, tan popularizadas entonces, que no había familia, rica ni pobre, que no estuviese suscrita a una obra de Pérez Escrich o Fernández y González, proporcionaban ocupación constante a los encuadernadores y don Mariano Arroyo tenía que velar frecuentemente, para realizar, a tiempo, todo el trabajo que se le encargaba.

Estas veladas, dicho sea en honor de la verdad, agradábanle poco porque prefería pasar la noche en su tiendecita abstraído en la lectura de los libros que le llevaban para que los empastase.

En cierta época del año, la del comienzo del curso académico, las personas dedicadas al arte en que nos ocupamos no daban par a la mano para encuadernar los libros de texto.

Algunos de ellos dedicábanse también a la compra y venta y al cambio de libros viejos, con lo cual conseguían agregar unas cuantas pesetas a sus modestos jornales.

Uno de los encuadernadores que se ocupaban en este trafico era el popular Libri , quien sacaba del centro de la tierra una Gramática de Araujo o un Diccionario de Raimundo Miguel, en buen uso, para venderlos a un estudiante.

Libri , enamorado ferviente de la lengua del Lacio, se aprendió de memoria una docena de palabras latinas y las repetía a cada instante en su conversación, viniesen o no a cuento. Esta monomanía originó el apodo por el que todo el mundo le llamaba y del cual sentíase tan orgulloso como si se tratara de un titulo nobiliario.

Tal remoquete servía de pretexto a la grey estudiantil para hacer blanco a este infeliz de burlas y bromas, que él soportaba pacientemente, sin incomodarse jamás, procurando poner a mal viento buena cara, lo cual no conseguía porque su rostro demacrado y amarillo era triste y fúnebre como un entierro.

Septiembre, 1925.