Menú alternativo
Toggle preferences menu
Menú alternativo personal
No has accedido
Tu dirección IP será visible si haces alguna edición

Las Boticas (Notas cordobesas)

De Cordobapedia
Revisión del 20:08 24 ago 2026 de Aromeo (discusión | contribs.) (Incorporación de Notas cordobesas, de Ricardo de Montis)
(difs.) ← Revisión anterior | Revisión actual (difs.) | Revisión siguiente → (difs.)


Las Boticas es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

Entre los establecimientos que han sido objeto de mayores transformaciones, que han variado por completo de carácter en el transcurso del tiempo, figuran, en primer lugar, los destinados a la venta de medicinas. ¡Qué diferencia entre la antigua botica y la moderna farmacia!

Aquélla tenia el encanto del misterio conque antaño se procuraba rodear todo cuanto a la ciencia médica se refería.

A través del pequeño ventanillo del cancel que la cerraba, en los breves instantes que permanecía abierto para despachar un potingue, adivinábase más que se veía el interior del despacho, muy pequeño, con muy escasa luz, velada por persianas y cortinillas verdes.

Cubría las paredes una modesta anaquelería llena de botes de vidrio y porcelana con enigmáticos rótulos en latín y huérfana por completo de los frascos y cajas de formas caprichosas, artísticas, con fundas y etiquetas de colores llamativos, que se usa para los específicos modernos, desconocidos casi por completo hace cincuenta años.

En el centro de la reducida habitación, ocupando una gran parte de ella, había una amplia mesa de pintado pino, como la descrita por Espronceda en su obra inmortal, y sobre ella la báscula graduada, el diminuto peso y una gran cantidad de trozos de papel blanco, dispuestos en forma de rueda y aprensados con un brillante pedazo de mineral de cobre o de plomo.

En una dependencia inmediata, en la rebotica, se hallaban los artefactos indispensables en el laboratorio más primitivo, la hornilla y los típicos morteros de piedra.

Algunas boticas, pocas, las que pudiéramos llamar de lujo, tenían un escaparate con algunos aparatos ortopédicos y en el centro de él la indispensable esfera de cristal llena de un líquido rojo, azul o verde e iluminada por un quinqué de reverbero colocado detrás de ella.

El boticario antiguo, ordinariamente, era un tipo sui géneris , original. Hombre serio, adusto, amigo de la soledad y del silencio.

Muy raras veces salía de su establecimiento y dedicaba las horas que su profesión dejábale libres al estudio y no pocos al cultivo de las letras para el cual es muy apropiado el ambiente de la rebotica.

Cuando el farmacéutico oía llamar al ventanilla del cancel colocábase las antiparras sujetándolas en la punta de la nariz, abandonaba el sillón en que cómodamente estuviera arrellanado y acudía, sin darse mucha prisa, al llamamiento.

Si le presentaban una receta, llena de garabatos y abreviaturas, escrita en un latín macarrónico, descifrábala como Dios le daba a entender y decía al parroquiano: está bien, vuelva dentro de media hora o de un período de tiempo más largo si había que hacer a fuego la medicina porque esto representaba algo así como una obra de romanos.

Cuando la persona que interrumpía la calma augusta del boticario era una vieja que iba por un poco de ungüento para hacerse la ilusión de que calmaba sus dolencias; una maritornes que pedía dos cuartos de flor de malva o un chiquillo pretendiendo que le diesen un ochavo de extracto de palo dulce, nuestro hombre no podía disimular su contrariedad y esta subía de punto si interrumpíanle la lectura, la meditación o el emborronamiento de cuartillas solamente para preguntarle con que se quitaría un dolor de muelas o de estómago.

Las boticas de Córdoba más renombradas eran las de San Antonio y de Don Roque. Desde los puntos de la población más distantes de los sitios en que se hallaban una y otra acudían a ellas muchas personas para adquirir las medicinas, por considerarlas mejores que las de las restantes farmacias.

De la botica de San Antonio, perteneciente al eximio lirerato don Francisco de Borja Pavón, situada en la calle de Maese Luis, nada diremos, pues hace ya bastantes años le dedicamos una de estas crónicas restropectivas [sic].

La de Don Roque, establecida en el típico barrio de San Agustín, es una de las poquísimas que aún conservan su carácter primitivo.

En la calle de San Pablo había una y en la de la Enrarnación otra cuyos dueños, por su mal carácter, solían ser blanco de bromas muy pesadas.

Al de la primera, en una noche de Invierno, le llenaron de agua la trastienda, rompiendo un cristal de una ventana e introduciendo por él, a guisa de manga, una tripa de las destinadas a embutidos, que tenia el otro extremo enchufado en el grifo de la fuente próxima.

Cuando la rebotica se convirtió en alberca llamaron al farmacéutico para que despachara una receta, y al bajar de sus habitaciones estuvo a punto de morir ahogado.

Otra noche le cambiaron el rótulo de la muestra por el de Casa de Comidas y, a la mañana siguiente, los autores de la travesura enviaron a varios mozos de cordel al supuesto bodegón para que les sirvieran un almuerzo.

Al boticario de la calle de la Encarnación solían llevarle, para que las analizase, píldoras hechas de materias inmundas, y le llamaban frecuentemente a media noche encargándole la preparación de un cáustico, para decirle, cuando iba a entregarlo al bromista, que se lo aplicara a a cualquier parte del cuerpo.

La botica más céntrica entonces y que también gozaba de mucho crédito, era la de la cuesta de los Gabachos o de Luján, propiedad de don Francisco Avilés.

En la época de don Francisco de Borja Pavón hubo otro farmacéutico escritor y poeta, don Rafael Blanco, que tenía su establecimiento frente a la puerta del Perdón de nuestra Basílica.

Algunas boticas de Córdoba, como las de otras poblaciones, eran centros de reunión y en ellas se improvisaban tertulias muy agradables.

En la del señor Pavón congregábanse frecuentemente literatos y periodistas para leer sus trabajos, para consultar con el sabio humanista, para deleitarse con su conversación, siempre amena y allí se celebraron, más de una vez, las sesiones de la Academia de Ciencias, Bellas Letras y Nobles Artes.

En la botica de San Pedro, instalada casi frente del lugar donde hoy se encuentra, reuníanse también, con frecuencia, varios parientes y amigos de su dueño, don Antonio Ortiz Correa, y pasaban horas agradabilísimas escuchando los cuentos, las deliciosas anécdotas, las frases y los chistes originales de aquel portento de gracia y de ingenio que se llamó don José González Correa.

La primera botica que se estableció en Córdoba sin ajustarse al patrón antiguo, y valga la frase, con más lujo que las primitivas, prescindiéndose en ella de algunos detalles típicos, pero no del cancel con el pequeño ventanillo para despachar al público, fue la de don Manuel Marín, instalada en la calle del Conde de Gondomar.

Aquella farmacia, que ha llegado hasta nuestros días con ligeras modificaciones, jugó papel importante en la política cordobesa, pues constituía una especie de casino de la plana mayor del partido liberal.

En ella se reunían todas las noches las personas más significadas de dicho partido, como don Rafael Barroso y don Manuel Matilla, para cambiar impresiones acerca de los asuntos de actualidad o sobre la última carta recibida del Marques de la Vega de Armijo.

Y allí, en más de una ocasión, se solucionaron esos conflictos que suele acarrear la política por el incumplimiento de una promesa o por la discrepancia .de criterio en un asunto baladí.

Octubre, 1925.