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Efectos De Un Artículo (Notas cordobesas)

De Cordobapedia
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Efectos De Un Artículo es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

Encontrar un director para el semanario La Cotorra en la segunda etapa de su publicación era tan difícil como la entrada de un usurero en la Gloria.

Como que tal cargo resultaba una verdadera canongía. Aparte de no estar bien retribuido, quien lo desempeñaba hallábase constantemente expuesto a que le rompieran el bautismo de un estacazo, le echaran fuera las muelas de un par de bofetadas o le enviaran a veranear a la Cárcel.

Por todas estas causas los directores de La Cotorra pasaban por su redacción como meteoros.

En cierta ocasión en que ya estaba a punto de desaparecer el semanario por falta de persona que respondiera de los escritos que en aquel aparecían, la Providencia le deparó un director que ni llovido del Cielo.

El no quería sueldo, ni gratificación, ni billetes para los espectáculos; pretendía únicamente ostentar el titulo de director de un periódico y, a cambio de él, hasta se hallaba dispuesto a contribuir a los gastos de La Cotorra.

Como se trataba de un puesto honorífico, nuestro hombre para nada intervenía en los trabajos de confección del periódico, ni censuraba los originales, ni iba a la redacción más que para convidar a sus compañeros los que escribían el batallador semanario o para suplicarles que denunciaran, súplica que jamás fué atendida, la persecución de que le hacían víctima las autoridades y sus dependientes.

Esta persecución consistía en los partes que, a diario, formulaba contra él la Guardia municipal; en las multas que le imponía el Alcalde y en los juicios que le instruía el Juzgado, con razón sobrada para ello, pues el director de La Cotorra, un pobre diablo que pasó gran parte de su vida sumido en la miseria, vióse un día en posesión de una regular herencia, compró un coche, se empeñó en guiarlo sin que Dios le hubiera dotado de condiciones de auriga y el día que no atropellaba a un transeunte hacía añicos la mesilla de una arropiera u obligaba al caballo a meterse en un escaparate.

Por eso cuando el individuo en cuestión salía a pasear en carruaje todos los agentes de la autoridad eran pocos para intervenir en los desaguisados que producía y la gente, al ver el vehículo a un kilómetro de distancia, corría para resguardarse en los portales de las casas, al grito de ¡sálvese el que pueda!.

Había en Córdoba, por aquella época, unos cuantos jóvenes dedicados exclusivamente a la crápula, los cuales cometían toda clase de abusos escudados en la inmunidad que el dinero y la influencia proporcionan.

Un día penetraron en una casa de mal vivir y, después de promover un escándalo formidable, arrojaron por los balcones, a la calle, todos los muebles y efectos, convirtiéndolos en añicos y tras de ellos las mujeres, que resultaron magulladas y algunas con graves lesiones.

El hecho se comentó en casinos y cafés, pero no hubo agente de la autoridad que lo denunciase.

El día siguiente al del vergonzoso suceso se presentó in la redacción de La Cotorra una persona muy conocida en esta capital, con unas cuartillas para que se publicara su contenido en el caso de estimarlo conveniente.

Tratábase de un artículo titulado Cieno, escrito con gran corrección literaria y forma brillante, en el que se condenaba el acto de barbarie efectuado por los jóvenes aludidos, dirigíase a estos los más duros calificativos y se censuraba a las autoridades por no imponerles el castigo que merecían y dejar impunes hechos impropios de una población civilizada.

Huelga consignar que la redacción acogió con entusiasmo el artículo y prometió publicarlo de fondo en el primer número que saliera a luz.

El autor del trabajo, un bizarro militar tan diestro en el nanejo de las armas que aboyaba, de un balazo de pistola, una moneda de cinco céntimos a una distancia inconcebible y partía, a sablazos, cuantas aceitunas le arrojaban al espacio, manifestó su deseo de que se le guardara el incógnito pero advirtiendo que, en el caso de que alguien pidiera explicaciones se le-dijese que fuera a pedírselas a él.

Llegó la mañana del domingo: los muchachos empezaron a recorrer las calles pregonando La Cotorra, y el público les arrebataba los números, pues bien pronto se extendió la noticia de que el periódico venia bueno aquella semana.

El éxito fué completo; hubo necesidad de duplicar la tirada y en todas partes no se hablaba más que del artículo Cieno.

Los jóvenes aludidos en él, todos presa de gran indignación, reuniéronse inmediatamente y convinieron, por unanimidad, que era preciso comerse los hígados del director de La Cotorra.

Sin pérdida de tiempo fueron en su busca al café en que a aquellas horas se solía encontrar.

Allí estaba, en efecto, apurando una copa de Benedictino.

Los jóvenes le rodearon y con cora [sic] fosca y actitud melodramática exigiéronle una reparación por las ofensas recibidas. Como estas eran muy graves ellos no se conformaban con una rectificación; se imponía un duelo en condiciones terribles, un duelo a muerte, porque solo la sangre podía borrar tales ofensas.

El flamante director palideció; no se le pudo poner el pelo de punta porque era calvo pero en su rostro se notó ese sello especial que el vulgo denomina la herradura de la muerte, y tembloroso, sin apenas poder articular las palabras, tartamudeando, declaró que él no era el autor de tal artículo ni lo había leído siquiera.

Objetárronle que, no obstante, por su cargo, estaba obligado a responder del escrito, puesto que no tenía firma, y entonces, asiéndose a la única tabla de salvación que hallaba en su naufragio periodístico, rogó a aquellos energúmenos que le concedieran un plazo para informarse de quien fuera el autor del articulito y de si estaba dispuesto a arrostrar sus consecuencias, prometiendo, bajo palabra de honor, arrostrarlas él en el triste caso de que no hubiera otro remedio.

Los jóvenes le emplazaron para que, en el término de media hora, él o el incógnito periodista se declararan responsables de aquellas infamias.

Todo lo de prisa [sic] que la flojedad de sus piernas le permitía encaminóse el desventurado director a la redacción de La Cotorra.

Por una casualidad feliz para quien ya se consideraba al borde del sepulcro, cuando llegó, hallábase allí el militar que le había proporcionado el tremendo disgusto, comentando con los redactores el triunfo conseguido.

Como Dios y el pánico le dieron a entender narró la escena que se acababa de desarrollar y el trance apuradísimo en que se veía.

¿Dónde esperan a usted esos valientes? preguntó el autor del artículo al periodista honorario.

En el café del Gran Capitán, contestó éste.

Pues no se apure usted, replicó su interlocutor, que yo respondo del escrito. Vamos a verlos para manifestárselo.

La impresión de júbilo que Cristóbal Colón sintiera al poner la planta en el Nuevo Mundo no podría compararse con la que experimentó el abatido director del popular semanario.

Súbitamente desapareció la palidez de su rostro y volvió a dibujarse en sus labios la sonrisa habitual.

No habían transcurrido veinte minutos cuando ambos estaban en presencia de los indignados jóvenes.

El militar, después de saludarles cortésmente, díjoles que enterado de que deseaban saber quien había escrito el fondo de La Cotorra iba a satisfacer aquella legítima curiosidad, pues era obra suya.

Entonces los protagonistas de la hazaña de la casa de mal vivir fueron los que mudaron la color y una palidez intensa cubrió sus rostros.

Recordaron, sin duda, los blancos maravillosos del escritor, hasta entonces desconocido.

Con gran turbación manifestaron que, en efecto, sólo se trataba de una simple curiosidad, pues cada cual es dueño de juzgar los actos ajenos como le pareciera, aunque ellos consideraban que se había excedido en las censuras.

Pues he de advertir a ustedes, para que no les coja de sorpresa, agregó el militar, que no he concluído y en próximo número publicaré otro artículo mis enérgico que el de hoy.

Dicho esto volvió a saludar y se alejó sin oir una palabra de protesta.

No es necesario decir que el domingo siguiente apareció la segunda parte del articulo Cieno, siendo recibida con extraordinaria complacencia por el público y que apenas terminó la entrevista relatada, el director de la Cotorra presentó la renuncia de su cargo.

Noviembre 1918.