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Un Tenorio Como Hay Muchos (Notas cordobesas)

De Cordobapedia
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Un Tenorio Como Hay Muchos es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

Se había fundado en Córdoba una sociedad protectora de los obreros, bajo la presidencia de un ilustre prócer recientemente fallecido, y entre los elementos patrocinadores de la benéfica institución constituyóse una junta especial encargada de organizar actos y festivales para aumentar con sus productos los fondos de la sociedad.

Aproximábase el mes de Noviembre y la junta decidió, con el general beneplácito, celebrar una función en la que había de representarse, como es de rigor en tal época, el drama Don Juan Tenorio.

Los iniciadores de la idea pronto formaron un cuadro artístico de gente joven y de buen humor; hízose el reparto de los papeles y comenzaron los ensayos de la obra.

No es necesario decir que cada ensayo constituía una juerga.

Finalizaba el mes de Octubre; casi todo estaba preparado, artistas, decoraciones, trajes, armas y, lo que es más importante, la mayoría de las localidades del Gran Teatro se habían vendido.

Dijimos que casi todo se hallaba preparado porque faltaba lo principal: la Doña Inés. El flamante Don Juan no encontraba joven que quisiera dejarse raptar por él y, en este conflicto, hubo que recurrir a un pueblo para traer a la cándida hija de Don Gonzalo de Ulloa.

Una comisión de actores fué por ella y no tuvo que insistir poco para que la pobre garza enjaulada y sus padres se decidieran a que abandonase la jaula pueblerina durante algunas horas a fin de lucir sus dotes artísticas en la capital.

Díjosele que el ilustre prócer que presidía la sociedad tenia gran interés en que ella tomara parte en la fiesta, que casi todos los socios habían acordado ir a esperarla y otras mentiras como estas para halagar su vanidad y la de su familia.

Doña Inés se decidió al fin a complacer a quienes tanto estimaban sus dotes artísticas y se presentó en nuestra ciudad la víspera de la festividad de Todos los Santos.

Al descender del coche del tren estuvo a punto de representar involuntariamente la escena del desmayo en la celda del convento, pues en la estación no la aguardaban ni el presidente ni los socios de la benéfica institución; ni las autoridades ni la banda de música, como ella tal vez esperaba. Sólo había una pareja de policía dormitando en un banco y dos o tres maletas deseosos de que le encargasen algún porte.

Hízosela creer que una mala interpretación del telegrama enviado desde el pueblo anunciando el tren en que llegaría la artista era la causa de aquella espantosa soledad, y todo marchó a pedir de boca.

Llegó la noche de la función; el teatro presentaba un golpe de vista brillante, el aspecto de las grandes solemnidades, como dicen los cronistas cursis.

Estaba completamente lleno de público, ávido de admirar o de tomar el pelo a la compañía.

Los cómicos, dos horas antes de la de comenzar la función, se hallaban en sus cuartos vistiéndose, atuzándose las barbas postizas, ciñéndose los relucientes aceros, dándose los últimos toques de pintura en el rostro.

Cuando sólo faltaban unos minutos para que llegara el momento culminante de levantar el telón, la mano delicada de Doña lnés dió varios golpecitos en la puerta del cuarto de Don Juan.

Franqueóla éste la entrada y de los labios del ángel de amor salió una frase que dejó a Tenorio hecho una pieza.

La monja calatrava, ya vestida con su níveo traje, no tenía zapatos blancos y si no se le proporcionaban no salía a escena.

El conflicto era morrocotudo. ¡Cualquiera encontraba unos zapatos blancos en tal día y a aquellas horas!

Don Juan y Don Luis sustituyeron sus gorras de largas plumas por las prosaicas cartulinas, se embozaron en sus capas y salieron, como alma que lleva el demonio, en busca del calzado para la dama.

Tuvieron la suerte de encontrarlo; no pregunte el lector dónde porque es un secreto, bástele saber que no pertenecía a ninguna monja calatrava.

Al fin comenzó el espectáculo, confundiéndose los gritos de los malditos con los del público de las alturas que ni vela ni oía, apiñado como las sardinas en banasta.

Huelga decir que la representación fué pródiga en incidentes cómicos.

En el primer acto uno de los alguaciles que salen prender al Tenorio dijo lo que le correspondía y lo que Don Juan debía contestarle y hubiese recitado toda la obra si no se lo llevan a tiempo; en el segundo los criados del famoso Burlador de Sevilla estuvieron a punto de asfixiar a su rival cuando lo amordazan; en el tercero al mozo gallardo y calavera le faltaron las fuerzas a lo mejor y tuvo que soltar a su prenda adorada en medio del escenario para que le siguiera andando, si quería; en el cuarto acto Tenorio, apesar de su bravura, pasó un susto horrible, temeroso de que en el desafío con Mejía éste le diese una estocada de verdad, a causa de su poca vista.

En el cementerio no hubo modo de obligar a las animadas esculturas a que volvieran a sus pedestales, pues prefirieron pasarse en la escena todo el acto, ni fué posible oir una palabra de lo que decía el Escultor, que hablaba muy bajo para no despertar a los difuntos.

En el acto de la cena los muros más espesos se abrieron para que entrara el Comendador, pero no para que saliese y se tuvo que marchar por una puerta.

Además Centella y Avellaneda se quedaron tan profundamente dormidos que, por poco, tiene Don Juan que, arrojarles un cubo de agua para despertarlos.

Y en el acto final Tenorio vistió de mascara los versos de Zorrilla, exclamando Señor don Dios y cosas por el estilo; los cantos funerarios fueron sustituidos por el popular No te tires, Reverte y, en la apoteosis, apareció enmedio de la gloria una tosca y pesada silla de cabra de las que antiguamente había en las tabernas y mesones, colocada allí por Doña Inés para estar más cómoda dentro del sepulcro.

Apesar de todos estos incidentes el público aplaudió a los artistas, teniendo en cuenta el fin benéfico del espectáculo.

Y los flamantes actores quedaron satisfechísimos de su labor. ¡Cómo no, si la función produjo varios cientos de pesetas y ellos recibieron felicitaciones a granel!

Hasta un ministro de la Corona, que pasaba una temporada en una finca de la Sierra, vino a verles, y hubiese venido también el Director general de Seguridad, en el caso de haberlo entonces, si no para admirar, para mandar detener a los improvisados cómicos.

¿Quiere saber el lector quienes fueron los protagonistas de este Tenorio como hay muchos? Pues representaron el Don Juan y el Don Luis, respectivamente, Julio Pellicer, el aplaudido autor de gran número de obras teatrales y el ya viejo periodista que firma este artículo.

Nota final: Doña Inés de Ulloa se llevó, seguramente con el fin de conservarlos como recuerdo, los zapatos blancos que, sólo en calidad de préstamo y para evitar un conflicto, proporcionó otra garza enjaulada a Tenorio y Mejía.

Noviembre. 1917.