La Romería De La Candelaria es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.
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Entre las diversas romerías que, desde tiempos remotos, se efectúan anualmente en Córdoba, sólo hay una que no ha perdido su carácter típico ni su animación, apesar de haber variado de paraje, la romería de la Candelaria.
Antiguamente, el 2 de Febrero, el pueblo de Córdoba se congregaba en el Arroyo de las Piedras, para pasar el día entregado a las expansiones propias de las giras campestres, para echar una cana al aire.
Desde las primeras horas de la mañana el camino del citado lugar hallábase concurridísimo; centenares de familias se dirigían al Arroyo, la mayor parte de ellas a pie, otras utilizando toda clase de cabalgaduras, desde la briosa jaca hasta el pacienzudo pollino, algunas en carros y pocas, poquísimas en coches, porque estos escaseaban entonces en nuestra capital, todas provistas de canastos, grandes sartenes y los demás utensilios indispensables para preparar el clásico perol.
Y en el citado paraje de nuestra Sierra, mientras las viejas dedicábanse a las tareas culinarias, la gente joven se divertía, ya bailando al compás de las alegres castañuelas, ya lanzando al viento las sentimentales coplas andaluzas, acompañadas por el rasgueo de la guitarra, ya los mozos columpiando a las mozas, o ya entretenidos con los bulliciosos juegos de prendas.
Una sociedad inglesa estableció en el Arroyo de las Piedras una importante industria, la de fundición de plomo, y los cordobeses, tal vez porque les molestara el humo de la fábrica, quizá porque les desagradara la proximidad de un cementerio, el de los protestantes, o porque cayera en la cuenta de que el sitio a que nos referimos estaba demasiado lejos y de que su camino resultaba muy incómodo, sin previo acuerdo, pero con admirable unanimidad, trasladaron la romería de la Candelaria al Arroyo de Pedroche y, en honor de la verdad, hemos de decir que ganó con el traslado.
El lugar en que hoy se efectúa es mucho más pintoresco que el elegido antiguamente para rendir culto a esta bella tradición; tiene una amplia carretera y se halla próximo a la ciudad.
Por esta circunstancia, la gente no madruga ya tanto como antes para ir al Arroyo, excepto algunos modestos industriales que improvisan allí cantinas y ventorrillos, y muchas familias emprenden la romería después de haber asistido a la solemne fiesta religiosa que el comercio costea en la iglesia de San Pablo y de haber visto la típica procesión de la Virgen de la Luz en el populoso barrio de Santa Marina.
En las primeras horas de la tarde anímase de modo extraordinario el hermoso paraje antedicho, y desde el puente se admira un panorama indescriptible.
Aquello parece un hervidero humano; allí se confunden millares de personas de todas las clases sociales: jóvenes, viejos, niños; las mozas envueltas en una artística policromía formada por los vivos colores de sus trajes, de sus mantones y de las flores conque adornan la cabeza y el busto; impulsados todos por un solo y vehemente deseo, el de divertirse.
En el espacio se mezclan las notas vibrantes de la copla con las destempladas del organillo de manubrio; los pregones de los vendedores con las voces de los borrachos, el murmullo de la charla con el griterío que sigue a la caida de quien pierde pie al saltar el arroyo y se da un baño imprevisto, formando un ruido ensordecedor pero que no desagrada, un conjunto que, a pesar de ser inarmónico, seméjase a un himno, al himno mágico de la alegría.
Luego, más tarde, la carretera se convierte en paseo y por ella discurren, sin cesar y rápidamente, como visión cinematográfica, automóviles y carruajes conduciendo elegantes damas, ginetes en briosos caballos, que, al regreso, se confunden con las caravanas de mozos caballeros en escuálidos burros y con los carros en que muchas familias efectúan la excursión, tan satisfechas como si ocuparan blasonadas y relucientes berlinas.
Y este cuadro, lleno de vida, de luz y de color, se reproduce todos los años, desde hace mucho tiempo; sin duda la romería de la Candelaria es la única tradición popular que no ha decaido en Córdoba.
Como la bota, antes indispensable para toda excursión campestre, se ha quedado ya antigua, los aficionados al mosto recurren a los innumerables ventorrillos que industriales modestos instalan en las inmediaciones del Arroyo, y en los que suelen obtener mas ganancias, durante unas horas, que algunos establecimientos de importancia en un año.
En cierta ocasión un indivíduo [sic] muy popular en Córdoba, profundo conocedor de la química, que con cuatro ingredientes de muy poco valor presentaba lo mismo una botella de exquisito coñac que de espumoso Champaña, propuso a un tabernero, tronado como él, un excelente negocio: instalar un puesto de vinos, a precios inconcebibles por lo económicos, en el paraje citado, el día de la Candelaria, con la seguridad de que se traerian la bolsa bien repleta.
Acogida la proposición con entusiasmo por el tabernero, ambos prepararon los elementos necesarios para acometer la empresa y, en la madrugada del 2 de Febrero, dirigiéronse al punto referido conduciendo, en un carro, dos barriles vacíos, un cubo, vasos, botellas y algunas mesas y sillas.
Antes de que amaneciera instalaron sus reales muy cerca del arroyo, dejando este casi seco, tal fue el número de cubos de agua que sacaron para llenar los toneles; luego echaron en el agua unos polvos y una pequeña cantidad de alcohol y media hora después, y como por arte de magia, el líquido antes cristalino presentaba el color del dorado Montilla y exhalaba el perfume de la más exquisita solera. En cambio el sabor semejábase mucho al de un revulsivo.
Aquellos dos vividores pusieron en su establecimiento un gran cartelón anunciando la botella de vino a quince céntimos y el medio cuartillo a perra chica y, huelga decir que a los pocos minutos no podían atender a todos los parroquianos.
El éxito de la empresa fue extraordinario; antes de que algunos ventorrillos se hubiesen estrenado siquiera, nuestros dos hombres regresaban a la población, por habérseles agotado todas las existencias, con los toneles vacíos y el cubo y los bolsillos repletos de plata y calderilla, lamentando solamente no haber preparado siquiera una docena de botas de aquel néctar de su invención.
Entre tanto la guardia civil y la municipal que cuidan de mantener el orden en la romería eran insuficientes para acudir a todos los lugares en que se suscitaban pendencias, en que se cometían abusos o se desplomaban los hombres como heridos por el rayo, a causa de los efectos del famoso vino.
Si es un día esplendido el de la Candelaria se puede asegurar que muchos pequeños industriales en Febrero hacen su Agosto, pero cuando llueve, lo cual suele suceder bastantes años, algunos de aquellos quedan casi en la ruina. E invariablemente, la gente de buen humor propala la noticia de que se ha suicidado el dueño del ventorrillo denominado La Alegría de Pedroche.
Un año en que no pudo efectuarse la romería por el mal tiempo, el Ayuntamiento, aprovechando la circunstancia de que pocos días después era Carnaval, intentó celebrar la fiesta llamada Entierro de la sardina, el Miércoles de Ceniza, en el Arroyo de Pedroche, pero la lluvia tampoco lo permitió.
Apesar de la extraordinaria aglomeración de público en la tradicional romería y del excesivo consumo de bebidas alcohólicas que en ella se hace, son muy pocos los sucesos ocurridos en la misma que se registran en la crónica negra.
Nosotros sólo recordamos uno: en el año 1907 un organillero llamado Antonio Barrientos Lozano apuñaló a su amante Carmen Bonaires López.
Y al hacer esta cita hemos de consignar un detalle curioso: hace poco tiempo se presentó en nuestra población un joven con melena, elegantemente vestido, que, al parecer, hablaba con dificultad el castellano, quien, acompañado de un individuo con un carrillo de mano lleno de piezas de tela, iba ofreciendo estas de casa en casa. El aludido comerciante era el antiguo organillero.
Muchos notables literatos han dedicado artículos y composiciones poéticas a nuestra romería de la Candelaria, que sirvió de tema de costumbres en los Juegos florales celebrados en esta capital el año 1862.
En dicho tema se concedió el premio a don Antonio Alcalde Valladares y el accésit a don Pedro Nolasco Meléndez.
Una de las veces que visitó a Córdoba el gran poeta Salvador Rueda asistió a la fiesta popular que el 2 de Febrero se celebra en el Arroyo de Pedroche, y tal efecto le produjo, tales encantos encontró en ella, que entusiasmado nos decía: este es un cuadro que no se puede describir; sólo podría pintarse teniendo por lienzo un rnantón de Manila, por pinceles los rayos del sol y por paleta el arco iris.
Febrero, 1919.
