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Las Calles De Córdoba (Notas cordobesas)

De Cordobapedia
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Las Calles De Córdoba es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

Tienen las calles de Córdoba el sello característico de las vías públicas de todas las poblaciones antiguas, y especialmente de las de origen árabe; son estrechas, tortuosas y forman un verdadero laberinto en el que se pierde quien no conoce perfectamente nuestra ciudad.

Aunque muchas, sobre todo las de la parte alta de la población, han sido ensanchadas y alineadas, quedan bastantes con su carácter primitivo, que constituyen un encanto para el viajero enamorado de las tradiciones.

Al recorrer los barrios bajos, llenos de encrucijadas y revueltas, nos parece que, a través de la celosía de las estrechas ventanas, clava en nosotros su mirada penetrante una mora de ojos grandes y negros sombreados por los sedosos abanicos de sus pestañas, y la fantasía nos hace creer que, al volver cada esquina, vamos a encontrar una ronda de corchetes o dos mozos gallardos que se disputan a estocadas el amor de una doncella.

A mediados del siglo XIX tenía Córdoba cuatrocientas ochenta y dos calles, dieciocho plazas y doce puertas.

Hoy ha aumentado algo el número de las primeras; no ha variado el de las segundas y, desgraciadamente, de las doce puertas sólo quedan dos y una de ellas casi ruinosa: la de Almodóvar y del Puente.

Nuestras calles fueron las primeras en que se introdujo la mejora del empedrado, en virtud de orden de Abderramán III, dictada en el año 850.

En el 1842 empezó la instalación de las aceras, que no se ha terminado aún, pues hay bastantes calles que no las tienen, y en el último tercio del siglo XIX se ensayó el adoquinado en la de Mármol de Bañuelos, extendiéndolo muy paulatinamente a las vías de mayor importancia.

Hace cincuenta años las calles principales eran la la Feria, Librería, Ayuntamiento, Carniceros, San Pablo, Ambrosio de Morales y Santa Victoria y el barrio preferido para habitar en él por las personas acomodadas el de la Catedral.

Nuestro pueblo, que aún conservaba entonces las costumbres del pueblo árabe, poco amigo de exhibirse, tenía gran apego al hogar, sobre todo las mujeres, y solamente lo abandonaban cuando el trabajo, la obligación ineludible se lo exigía.

Por eso las calles de esta ciudad casi siempre se hallaban desiertas; muchas con el suelo cubierto de yerbas y en callejuelas y plazas, delante de los muros de los edificios, nacían malvas y dompedros y crecían verdes y frondosos como en un jardín.

Únicamente en las primeras horas de la mañana, destinadas a hacer la despensa, según la frase gráfica; después, cuando los obreros se dirigían al trabajo y por la noche, al regresar aquellos a sus casas, animábase la población, aunque por breve tiempo.

Como consecuencia de este retraimiento de la vida callejera, reinaba en la ciudad un silencio profundo, sólo interrumpido, al amanecer, por los cencerros de las recuas de los corpulentos burros que traían la harina desde los molinos a las tahonas y, en el resto del día, por el pregón de algún vendedor, las campanillas de los caballos de los pañeros o las planchas de metal del velonero de Lucena.

En el verano, durante la siesta, más que un pueblo dormido, Córdoba semejaba un pueblo muerto. Cerrábanse las puertas de todas las casas, se paralizaba por completo la vida y el vecindario entregábase al reposo.

En el estío, al anochecer, la gente de los barrios bajos se sentaba en las calles, delante de sus casas, para disfrutar del fresco un rato, formando animados corrillos, hasta el toque de Animas, al oir el cual todo el mundo se recogia.

En invierno, los domingos por la tarde, también se salían los vecinos de esos barrios a las puertas de sus hogares para tomar el sol y charlar, al mismo tiempo que las viejas se entretenían en hacer calceta; las mozas, si estaba próximo el Carnaval, jugaban a aparar tiestos en la plaza contigua, y los chiquillos, con sus gorras de papel de colores y sus capillas de percalina, simulaban alegres corridas de toros, haciendo toda clase de suertes al muchacho que sin cesar les embestía con la cornamenta clavada en un pedazo de corcho.

Después, cuando se fomentó el comercio y se instalaron lujosos establecimientos de varias clases en la calle de la Librería y las inmediatas, estas vías convertíanse en paseos durante las primeras horas de la noche.

Las señoras iban a ver las novedades expuestas en los escaparates de la Fabrica de Cristal, La Estrella, la tienda de los Marines o la sombrerería de Madama Lambert; los hombres a esperar la salida de las sastras y modistas de sus talleres y, luego, a tomar el cafe en el Suizo o a ver, por muy poco dinero, a Victorino Tamayo representar un par de dramas espeluznantes en el Teatro Principal.

En el año 1831 se instaló en nuestra población el alumbrado público, formado por faroles y reverberos, que consumían unas ochocientas arrobas de aceite al año.

Luego sustituyéronse los primitivos faroles por otros grandes, de forma triangular, alimentados con petróleo que, aún mucho después de establecerse la iluminación de gas, se utilizaron para el alumbrado de los barrios de la Merced y del Campo de la Verdad, así como de las afueras de la población.

En lo que respecta a los nombre de nuestras calles, antiguamente no había la contradanza que en la actualidad, los continuos cambios que originan confusiones y perjuicios, sobre todo a los forasteros.

Muy raras veces modificábanse dichos nombres, que tenían un origen plenamente justificado y, por tanto, no se debían a caprichos o influencias como en la época actual suele acontecer.

En casi todos los barrios había una calle o plaza con el nombre del santo a que estaba dedicada su parroquia y eran una demostración de los acendrados sentimientos religiosos de este pueblo las denominaciones de muchas vías como las del Santo Cristo, Jesús María, Santa Victoria, San Eloy, San Eulogio y San Rafael.

Otras ostentaban los nombres de los cordobeses inmortales como Séneca, Almanzor, el Gran Capitán y Osio.

La costumbre de agruparse los industriales y comerciantes de cada gremio en una misma calle, era motivo para que a esta se le pusiera el nombre del gremio que la habitaba, y así tenemos las calles de Caldereros, Carniceros, Tundidores, Calceteros, Pleitineros, Zapatería, Aladreros, Especieros, Armas, Aceiteros, Barberos, Bataneros, Cedaceros, Cordoneros, Curadero de la seda, Espartería, Herradores, Librería, Imprenta, Lineros y Odreros.

Bastantes tomaban el nombre de los conventos, ermitas, hornos o huertos que había en ellas o de los títulos nobiliarios de las familias que tenían en esas calles sus casas solariegas

Había otras con denominaciones genuinamente árabes, tales como las de Alcaicería, Alhóndiga, Azonáicas, Almonas y Alfayatas.

No pocas con títulos perfectamente apropiados a una ciudad andaluza, entre ellas las del Sol, de Miraflores, de la Alegría, de los Angeles, de la Rosa y del Paraiso.

También en el laberinto de nuestra población hallábamos denominaciones tan interesantes como las del Silencio, el Socorro, la Paciencia, el Amparo, la Convalecencia, las Dueñas, Judería, Moriscos y el Tesoro.

Entre todos estos nombres no faltaban tampoco algunos sumamente prosáicos, los de Pan y Conejo, Buenos Vinos, el Queso y el Vino Tinto por ejemplo, ni otros tan fatídicos como los del Verdugo, la Muerte, Amortajadores, Enterradores y Cementerio.

Finalmente había también títulos de calles que recordaban tradiciones, como los de la Cruz del Rastro, Abrazamozas y las Cabezas, y otros cuyo origen no se ha podido averiguar, entre ellas las de Arrancacepas, Polichinela, Mata ratones, Mal pensada y el Duende.

En el último tercio del siglo XlX se sustituyeron los antiguos nombres de muchas calles por los de hijos ilustres de Córdoba. Lucano, Ambrosio de Morales, Góngora, etc., pero a estas modificaciones siguieron otras que no tienen justificación.

Se trata de un punto muy delicado por afectar a personas contemporáneas y no hemos de insistir sobre él; sólo diremos que, así como recientemente se enmendó el nombre moderno de la calle de Santa Clara, poniéndole en lugar del de José Rey el de Rey Heredia, también se debería enmendar el de la calle del Pozo, llamada absurdamente de Borja Pavón, puesto que Borja ni es nombre ni apellido y, por lo tanto, debiera denominarse de Pavón y López.

Asimismo sería muy oportuno, ya que los antiguos quisieron perpetuar el recuerdo de su comercio y de su industria en los rótulos de nuestras vías, no dejar en el olvido, como hoy están, los dos artes que más fama tuvieron en Córdoba, por haber obtenido el mayor grado de perfeccionamiento, la Guadamecileria y la Platería, poniendo estos nombres a dos calles, o a una en lugar del de Plateria el de Juan Ruiz (el Vandalino), el gran discípulo de Enrique de Arfe, que llegó, si no a superarle, a ponerse a igual altura que su maestro.

El Ayuntamiento de Córdoba ha padecido errores al rotular algunas calles, como la de Almanzor, que durante muchos años ostentó el nombre de Rey Almanzor, hasta que se cayó en la cuenta de que el inmortal guerrero jamás llegó a ocupar el trono de los Califas de Córdoba.

El pueblo ha modificado algunos nombres, entre ellos el de la calle Abéjar, formando una contracción de ambas palabras y sustituyéndolas por la de la Cardaveja, conque vulgarmente se conoce dicha vía.

También ha dado nombres especiales a ciertos sitios, como las Cinco Calles y la Piedra Escrita.

Cada uno de los barrios de Córdoba tiene un aspecto especial y característico; el de la Catedral siempre fué el más tranquilo y silencioso de la población, preferido para su residencia por sacerdotes y familias amantes del reposo y del sosiego; en los de San Pedro, San Andrés y la Ajerquía se congregaba la industria y el comercio. Resultando, por este motivo, los de mayor vida y más animación; los de San Lorenzo, Santa Marina y San Basilio los barrios populares por excelencia; el primero albergue de gitanos, el segundo de los típicos y originales piconeros y el tercero de la clase obrera más modesta, especialmente de los trabajadores del campo; los de San Nicolás de la Villa, San Miguel, el Salvador y la Trinidad tienen carácter aristocrático; el de la Merced siempre ha sido el barrio de los toreros, que hicieron famoso Lagartijo y Bocanegra; el de Santiago el de los hortelanos y el del Campo de la Verdad, separado de la población por el Guadalquivir, el de los labriegos modestos y los campesinos.

Y todos unidos, con sus vestigios de la ciudad romana, con sus innumerables recuerdos de la dominación árabe, con algunas huellas del paso de la raza judía forman un conjunto típico, que subyuga, que atrae, que encanta y presenta el sello de las viejas poblaciones españolas, que son museos y relicarios de inapreciable valor.

Febrero, 1919.