Julio Ruiz es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.
Texto
He vacilado antes de coger la pluma para escribir estos recuerdos de otros días , dudando que sea cierta, y ojalá no lo fuese, la noticia del fallecimiento del inimitable actor Julio Ruiz, porque la prensa le ha matado infinidad de veces; pero en esta ocasión, por desgracia, no debe de haber error; el graciosismio artista, cargado de años y de dolencias, hallábase en muy grave estado desde hacía algún tiempo.
¡Julio Ruiz! ¿Qué aficionado al teatro que peine canas no recordará con satisfacción la labor de aquel cómico notable, ocurrente, ingeniosísimo, que deleitaba al público, treinta años ha, y no tenia rival en su género?
El actor que acaba de bajar al sepulcro dedicóse al llamado genero chico en sus comienzos y fué uno de los que más cooperaron al gran éxito del juguete cómico, la revista y el sainete con música
Reunía tan excelentes dotes de actor como de cantante, era músico, cambiaba de voz con rara facilidad y atesoraba tan extraordinario caudal de gracia y tal número de habilidades que, con todo ello, lograba cautivar a los espectadores y captábase sus simpatías en el momento en que se presentaba en la escena.
Varias veces estuvo en Córdoba, actuando en el Gran Teatro, y llegó a profesar verdadero cariño a nuestra ciudad porque aquí encontró buenos amigos y, lo que para él valía tanto como la amistad, un vino inmejorable.
Cada obra que representaba le valía un triunfo, pero en ninguna conseguía ovaciones tan entusiastas como en Los trasnochadores; caracterizaba en ella un borracho que podía calificarse de creación artística ¡Cuánta naturalidad, qué lujo de detalles, algunos de tanto efecto, tan originales y difíciles como el juego de la capa, en la que rápidamente se envolvía, se despojaba de ella para volver a ceñírsela al cuerpo, se embozaba y desembozaba sin necesidad de tocarla con las manos, valiéndose solamente de los movimientos característicos del beodo, las camballadas y los traspiés.
En la función dedicada a su beneficio siempre ponía en escena un monólogo chistosísimo titulado Ruiz , del que era autor e interprete.
En el representaba innumerables tipos cómicos, chapurreando distintos idiomas y dialectos; cantaba con voz de tenor, de barítono y de bajo; hacía una deliciosa tiple constipada que mayaba en vez de emitir dulces notas; tocaba el piano y lucía, en fin, todas sus habilidades, sosteniendo la hilaridad del público desde que se levantaba el telón hasta que descendía.
Este monólogo acaso fue el precursor del espectáculo que, bastantes años después, dió renombre y dinero al insigne Fregoli, también fallecido recientemente.
Julio Ruiz era un bebedor incorregible; la mayoría de las noches salía a trabajar borracho, pero aquel hombre que entre bastidores daba traspiés y a quien, al hablar, se le trababa la lengua, transformábase en el momento de pisar la escena y, como por arte mágico, quedaba sereno y firme, en el pleno dominio de todas sus facultades.
En una ocasión, al bajar la escalera de madera correspondiente a los cuartos destinados a los artistas en el Gran Teatro, a consecuencia del lamentable estado en que se hallaba, tropezó y rodó todos los escalones.
Como tenía que aparecer inmediatamente en el palco escénico no pudo detenerse para que le limpiaran el traje de etiqueta que vestía y se presentó ante el público con la ropa llena de cal y de polvo.
Cuando terminó la representación, el empresario, hombre de no muy buen carácter, reprendió en términos violentos la conducta del actor y éste exclamó indignadísimo: ¡Hombre, no faltaba más sino que también se metiera usted en mi modo de bajar la escalera; cada cual la baja como le parece!
Siempre que actuaba en Córdoba, al concluir su trabajo, el inimitable cómico dirigíase al popular restaurant de Muñoz Collado, donde le esperaban, con impaciencia aquellos alegres jóvenes que constituían las Turbas , y allí Julio Ruiz derrochaba la gracia y el ingenio y entre chistes, bromas, chascarrillos y libaciones, se deslizaban las horas inadvertidas hasta el amanecer.
La última vez que el veterano artista estuvo en nuestra capital, el autor de estas líneas le regaló un ejemplar de una de sus obras: un monólogo titulado Regeneración , en que un obrero, beodo impenitente, después de sostener escenas y diálogos con seres que forja su fantasía, llega a su casa, abre la puerta de la alcoba y halla muerto al único sér [sic] que supo inspirarle cariño, a un hijo de corta edad.
Súbitamente recobra el conocimiento y aquel golpe terrible le regenera, convirtiendo al hombre vicioso en un modelo de honradez.
Julio Ruiz llevó el monólogo a la tertulia del restaurant de Antonio Muñoz y cuando los vapores alcohólicos empezaban a producir sus efectos en el cerebro de todos los concurrentes leyóles la modesta obra.
De tal modo la declamó, de manera tan maravillosa representó la escena final, que arranco lágrimas a las Turbas . Este, sin duda, fué uno de sus mayores triunfos; hacer llorar a quienes tenían constantemente la carcajada en la boca.
Una broma, una travesura muy propia del eminente actor, la de subir al pedestal de la estatua erigida en la Corte al heróico teniente Ruiz para ofrecer una copa de vino a su tocayo, obligóle a abandonar, no sólo a Madrid, sino a España y marchó a América, donde consiguió ruidosos triunfos.
Después de múltiples viajes y de una larga ausencia, volvió a la madre patria, viejo y achacoso, pero sin haber perdido sus excepcionales dotes artísticas.
Aquí prosiguió su campaña, deleitando nuevamente al público, hasta que las dolencias y los años le han obligado a rendirse en la jornada de la vida.
Julio Ruiz ha muerto pobre, en la miseria, como muere la mayoría de los hombres de talento.
¡Descanse en paz el viejo cómico, insustituible en la escena española!
Mayo, 1919.
