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Artistas Y Espectaculos Ambulantes (Notas cordobesas)

De Cordobapedia
Revisión del 20:12 24 ago 2026 de Aromeo (discusión | contribs.) (Ordenación alfabética en la categoría Notas cordobesas)
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Artistas Y Espectaculos Ambulantes es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

Entre las muchas notas pintorescas de tiempos ya lejanos que han desaparecido o están a punto de desaparecer, figura una muy típica, muy original: los artistas y espectáculos ambulantes

Antiguamente había una legión de bohemios que no vivía, como los de ahora, a costa de la generosidad o la candidez del prójimo, sino explotando cualquier habilidad, divirtiendo al público de manera sencilla, inocente.

Esos bohemios recorrían el mundo sin que su constante peregrinación les causara fatiga ni tristeza, porque estaban seguros de que a la terminación de cada penosa jornada no habían de faltarles unas monedas para recuperar las fuerzas perdidas con una cena, si no exquisita, abundante, y poder entregarse al descanso en el humilde lecho de un mesón, a lo cual se reducían todas sus aspiraciones.

Por Córdoba desfilaban muchos de esos tipos interesantes.

Frecuentemente venían italianos astrosos, ya con el organillo al compás de cuya música danzaban algunos pequeños autómatas o sobre el cual lucía sus habilidades un diminuto mono, ya con el arpa, que lo mismo pulsaban en la vía pública que en la reunión familiar del pueblo, en la taberna o en el prostíbulo.

De vez en cuando llegaba hasta nuestros oídos una canturia triste, monótona, mal acompañada con un acordeón; salía de los labios de una robusta gallega que a la vez de cantar y tocar el ingrato instrumento antedicho, ejecutaba una especie de baile muy lento, siempre igual como la canturia.

El artista callejero más original de todos era el que hacia sonar a la vez cuatro o cinco instrumentos de muy diversa índole, formando una orquesta endiablada, insoportable.

Cubría su cabeza con una especie de capacete rematado por un chinesco; llevaba a la espalda un bombo, unos platillos y un triángulo que, mediante una ingeniosa combinación de cuerdas, tocaba con los pies, y las manos le quedaban libres para manejar una flauta, un clarinete o un acordeón.

Si la referida orquesta resultaba inarmónica en grado sumo, no ocurría lo mismo con las formadas por ciegos, algunas de las cuales interpretaban con afinación exquisita, no sólo las composiciones populares, sino obras clásicas y trozos de óperas.

En Córdoba residían dos de estos artistas callejeros, que no necesitaban, para buscarse la vida , salir de nuestra población; uno era Bautista el del arpa, como le llamaba la gente, indispensable en toda juerga y baile de candil, y otro Antonet, el trovador del pueblo, que improvisaba coplas llenas de ingenio y gracia, siempre de actualidad,. y las cantaba, también con música compuesta por él, al compás de la guitarra, de la que era tañedor afortunado.

No menos popular que los dos bohemios citados era la Murga cordobesa , formada por cuatro o cinco individuos que, a fuerza de pulmones, arrancaban sonidos destemplados a unos instrumentos de metal casi prehistóricos y se dedicaban a amalgar [sic] la fiesta onomástica de todas las personas conocidas, obsequiándolas con serenatas, a las que cuadraría mejor el nombre de cencerrada o de música perruna.

La Murga desapareció hace pocos años, por muerte de todos sus profesores , y resultaba una nota muy típica, aunque no fuera muy armónica.

Con músicos y danzantes callejeros compartían la no difícil empresa de despertar la curiosidad de las gentes sencillas y sacarles el dinero, los romanceros y vendedores de relaciones. Unos y otros ejercían su profesión por parejas, formando un hombre y una mujer las de los primeros, y dos hombres, maestros en truhanerías, la de los segundos.

Los romanceros, acompañados de su guitarra, situábanse en los sitios de mayor tránsito de la población y, ora al compás de la vihuela, entonaban las coplas picarescas que vendían, para hacer su propaganda, ora recitaban, con igual objeto, algunos de los romances más en boga.

Y no había sirviente que no comprase, por dos cuartos, la canción que más le agradaba para amenizar con ella las prosaicas tareas de barrer los suelos y fregar los platos, ni mozo campesino que se retirara del corro de los romanceros sin adquirir un par de romances, “El ganso de la Catedral” y “Las ligas de mi morena”, por ejemplo, para aprenderlos de memoria y lucirse declamándolos en la cocina del cortijo durante las interminables veladas del invierno.

Los romanceros no limitaban su negocio a la expendición de coplas y jácaras; también ofrecían, todo por el ínfimo precio de dos cuartos, ya el Oráculo de Napoleón con la rueda de la Fortuna; ya el libro con la explicación de los sueños o ya el formulario para redactar cartas amorosas, además del Almanaque Zaragozano al llegar los últimos meses del año y los villancicos cuando se aproximaba la Noche Buena.

Los pregoneros de relaciones poseían, como ningún otro de estos bohemios, el secreto de atraer al pueblo y de interesarle de modo extraordinario con las estupendas y terroríficas historias que le contaban.

Estos individuos no permanecían todo el día en las calles como sus colegas los romanceros, para ganar el jornal; bastábanles las primeras horas de la mañana y de la noche para volver al mesón en que se alojaban con los bolsillos repletos de cuartos.

Muy temprano, casi al amanecer, instalábanse en los alrededores de la plaza de la Corredera provistos de un enorme cartel en que una mano inesperta en el manejo de los pinceles pintó de modo absurdo una larga serie de escenas espeluznantes de crímenes horrorosos.

A los pocos minutos el par de truhanes se hallaba rodeado de un gentío inmenso e inmediatamente uno de aquellos empezaba a recitar con entonación melodramática y monotonía abacadabrante la relación del hijo que mató a sus padres, asestando a cada uno doscientas puñaladas, de la loca que devoró a sus hijos vivos, o del novio que asesinó a su novia y la picó para albondiguillas, al par que el camarada del pregonero de tales tragedias iba señalando con una varita los cuadros que querían representarlos en el cartelón.

El público arrebataba los ejemplares de la estupenda relación y, agotado en poco tiempo el papel, los dos individuos marchaban, contentos, a la posada, para preparar otra remesa de hojas con el afortunado romance o a la taberna para aclararse la voz enronquecida por la charla con unos cuantos medios de vino.

Al anochecer volvía a presentarse en escena la pareja, pero ya sin cartel, sino cada uno con varias resmas de relaciones en la mano.

Dirigíanse a los barrios bajos de la población y recorrían todas sus calles pregonando sin cesar, pues cuando uno se cansaba sustituíale el otro, “la hoja suelta extraordinaria que acaba de salir ahora con el espantoso crimen cometido en Cantarrana; el retrato del asesino; las últimas palabras que pronunció en la capilla y su muerte en garrote vil” o algo semejante.

Hombres y mujeres, viejos y jóvenes, corrían a las puertas de las casas para adquirir el papel, que luego leían aterrorizados, con el vello de punta, considerando artículo de fe todas las mentiras de la relación, y había personas inocentes a quienes originaba terribles pesadillas el recuerdo de la tragedia.

Estos vividores, aunque para ellos ninguna época era mala porque en todas explotaban de lo lindo la credulidad del vulgo, hacían su agosto cuando se efectuaba la incorporación de los quintos a filas y cuando los obreros campesinos venían a holgar.

Entonces el negocio aumentaba de modo extraordinario y había relación que producía mucho más que la novela, el drama o la comedia de moda.

Un espectáculo ambulante que tenia cierto encanto y ha desaparecido por completo era el llamado tútili mundi y más vulgarmente el mundo por un agujero .

Consistía en una especie de arca adornada con banderitas o en un carrito pintado de color verde, provisto de unos cristales redondos de aumento, a través de los cuales admirábanse vistas y paisajes, más o menos fielmente reproducidos, de las principales poblaciones y de los parajes más pintorescos del globo; cuadros interesantes de batallas; cacerías de fieras y escenas curiosas de la vida de los pueblos salvajes.

Cualquier persona, por el módico precio de dos cuartos, podía darse el gusto de conocer las maravillas del mundo sin más trabajo que el de acercarse a las lentes del tútili mundi.

Un hombre tosco explicaba en forma pintoresca y original cada vista, anteponiendo a su peroración la indispensable frase: “ahora señores se verá” y rematando el discurso con un largo redoble de tambor.

En épocas de ferias el público formaba siempre cola ante el mundo por un agujero , ansioso de contemplar sus cuadros.

Había familias enteras que recorrían pueblos y capitales con un carrillo pintado de verde que si a la gente ofrecía un espectáculo agradable y hasta instructivo, a sus dueños servíale de hogar ambulante, de un hogar muy humilde en el que tal vez reinaba la felicidad que no se encuentra en los palacios y se desarrollaban dulces idilios como el descrito por un famoso novelista extranjero.

También en la vía pública solían exhibirse hace treinta años algunos fenómenos como el niño de dos cabezas, encerrado en una caja de zinc con alcohol, que un jayán anunciaba amenizando su charla con la musiquilla de un acordeón.

Cuando lograba reunir a su alrededor buen número de curiosos pasaba ante ellos un platillo para que echasen monedas y, concluida la póstula, destapaba la caja de zinc donde frecuentemente hallábase un feto con su cabeza y otra de cera tan mal adherida al cuello que el menos lince notaba la superchería.

Hoy de aquella legión de bohemios sólo quedan las caravanas de húngaros sucios, desarrapados, que obligan a bailar a famélicos osos, al compás de extrañas canturias y del monótono son del pandero, para después pedir una limosna.

A los artistas callejeros de otras épocas ha sustituido el andarín, esa grotesca figura que pasa la vida corriendo del hambre, su constante perseguidora, sin lograr evadirse de ella ni un momento.

Diciembre, 1919.