Juegos Infantiles es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.
Texto
En estos días que, por celebrar en ellos la Iglesia Católica el acontecimiento más grande que se registra en la historia de la humanidad, el natalicio del Hijo de Dios, parecen dedicados a la niñez; en estos días que nos traen a la memoria los dulces recuerdos de la edad más feliz del hombre, nos parece oportuno dedicar unas notas a los juegos infantiles ya olvidados, porque hoy el niño, apenas sus padres lo dejan salir solo a la calle, en vez de buscar a sus camaradas para dedicarse con ellos distracciones inocentes, los buscan para entregarse al vicio, para discutir de toros y, a veces, hasta de política o invierte el tiempo en cortejar a una chiquilla tan precoz como él que pasa las horas acicalándose cuando debería pasarlas vistiendo las muñecas.
Los juegos antiguos de los muchachos pueden dividirse en tres clases; puramente recreativos, beneficiosos y perjudiciales.
En la primera clase figuraban, entre otros muchos, el trompo, las estampas, los botones, los toros, los soldados y las cornetas.
Cada uno tenía su época fija en el año y, cuando llegaba, no había chiquillo que no dedicase a él todos los ratos de ocio, con una constancia impropia de la poca edad.
En la época del trompo los primitivos torneros cordobeses eran pocos para fabricar dichos juguetes y los cordeleros y talabarteros no cesaban de vender zumbeles , denominación que la gente menuda daba a los cordelillos para bailar aquéllos.
En calles y plazuelas formábanse numerosos grupos de niños que se entregaban al entretenimiento de bailar el trompo, demostrando algunos gran habilidad y maestría en esta ocupación.
Era digno de ver cómo los arrojaban al suelo, los cogían en la palma de la mano y los volvían a arrojar, repitiendo infinidad de veces dichas operaciones sin que dejaran de dar vueltas y cómo los peleaban hasta que la férrea púa de uno se clavaba en la madera de otro, haciéndolo dos pedazos.
En el tiempo de las estampas, a las que sustituyeron los llamados cartones de las cajas de fósforos, los traviesos rapaces, apenas se hallaban en posesión de una moneda de dos cuartos, iban a la librería del Diario de Córdoba para adquirir la vida de estampas de Bertoldo, Bertordino y Cacaseno, El Hombre flaco o El Bobo de Coria y cuando los chicos salían de la escuela sentábanse en las gradillas de las casas o en los bancos de los paseos y comenzaban a dar palmotazos, con la mano hueca, después de haber soplado en ella, sobre el mongo de estampas, con el fin de poner boca arriba el mayor número posible, pues, según las reglas del juego, todas las que levantara cada jugador le pertenecían.
En la época de los botones no había guardia municipal ni soldado que tuviera seguros los de su uniforme, porque todo botón de metal, pícula en la jerga infantil, tenia un valor extraordinario; cuarenta u ochenta veces mayor que el de los botones corrientes.
En plazas y paseos formábanse corros de chiquillos, provistos de grandes sartas de botones; abrían un pequeño hoyo en el suelo y comenzaban la tarea de hacer saltar los botones, dándoles papirotazos, hasta que penetrasen en el hoyo, conseguido lo cual se ganaba cierto número de botones.
Con este juego alternaba el del tango, único de los antiguos que no ha desaparecido, si bien hoy no suele constituir un recreo como antes sino uno de los procedimientos que acostumbra a emplear la gente del hampa para ganarse los cuartos.
De todos los juegos el mas vistoso y animado resultaba el de las corridas de toros.
Los chiquillos solían dedicar a el los domingos y días de fiesta; convertían en circo cualquier plaza pública, en la que no faltaban niñas a las que se confiase la misión de presidir la fiesta, y realizaban la parodia de la corrida con regocijo extraordinario.
El chico mas ligero de pies actuaba de toro, armado de una cornamenta, y los diestros en miniatura lucían gorras de papel llenas de tirabuzones y lazos multicolores y vistosas capas de percalina.
Había chiquillos que en estas corridas se revelaban como fenómenos, según el calificativo que hoy se aplica hasta a los maletas y en ocasiones solía terminar el espectáculo como el rosario de la aurora, esto es, con llanto y algunos pescozones, porque la fiera había arremetido de verdad contra un lidiador, derribándole y causándole un chichón o porque un diestro había estado a punto de dejar tuerto al toro con el mojete de una banderilla o con la punta de la espada de madera.
Los chicuelos de hace cuarenta años poseían un espíritu más belicoso que los de ahora y gustaban de jugar a los soldados, de simular batallas, especialmente entre moros y cristianos, porque todo el mundo hablaba entonces de la guerra de Africa.
Armados con sables y escopetas de lata, algunos ostentando cascos y corazas del mismo metal, los jefes con sus monteras de papel y montados en un palo con una cabeza de caballo toscamente hecha de cartón, provistos de sus tambores y cornetas, formábanse en dos bandos y libraban terribles combates que siempre concluían con la derrota de los moros, derrota formal a veces porque los cristianos se entusiasmaban y arremetían contra el enemigo, propinándole verdaderas palizas.
En primavera y verano se ponían de moda las cometas. Los muchachos las confeccionaban cuidadosamente, forrando el armazón de cañas con papeles de colores llenos de adornos y flecos; poniéndoles una larga cola rematada en un pesado borlón a fin de que no cabeceara y desde las azoteas y en los alrededores de la población las hacían elevarse, en ocasiones hasta perderse de vista, entre el regocijo del pequeñuelo que la echaba y del grupo de espectadores, grandes y chicos, que se formaba a su alrededor.
En verano los niños tenían otro entretenimiento que también está a punto de perderse; el de confeccionar farolas con sandías.
Elegían para este objeto las más redondas y verdes; sacábanles la pulpa; con un cortaplumas les grababan en la cascara infinidad de labores y figuras; sujetábanles en el interior un cabo de vela, y antes de que hubiera anochecido por completo, porque la impaciencia propia de la edad infantil no les permitía esperar, numerosos muchachos, cada cual con uno de estos originales faroles en la mano, abandonaban sus casas y recorrían las calles próximas, semejando diminutos serenos o grandes luciérnagas.
Los juegos útiles, beneficiosos, porque sustituían, en parte a la gimnasia y cooperaban, eficazmente, al desarrollo físico, eran también muchos, tales como el de la gallina ciega, del que jamás se prescindía en las giras campestres, interviniendo en él, no solamente chiquillos, sino los mozos y las mozas; el del salto de la comba, un buen ejercicio de piernas; el de las cuatro esquinas y el del esconder, con sus variantes o sean los conocidos por “Justicia, ladrones” y “¿Hay pájaros en el monte?”.
Entre los juegos perjudiciales, con cuya desaparición nada hemos perdido, hallábanse el del trabuco que causaba daño a los niños en el pecho, pues sobre él apretaban fuertemente la maja para efectuar el disparo y solía hacer blanco con los tacos de papel de estraza y badana en el rostro de cualquier transeunte, la vilarda, que al saltar merced al golpe que recibía en una de sus puntas con una vara, podía dejar tuerto a quien menos esperase esta caricia , y los ejercicios de tiro de almezas, por medio de canutos de caña, que ponían en peligro constante al vecindario y solían convertir en añicos los cristales de ventanas y faroles.
Pero ninguno de los juegos anteriormente citados resultaba tan expuesto, tan brutal, como uno de los más típicos en Córdoba hace treinta o cuarenta años, el de las pedreas.
Los chiquillos de los barrios apartados del centro de la población ejercitábanse en él desde que apenas podían andar y era admirable la destreza con que manejaban la honda, que siempre llevaban rodeada a la cintura y la fuerza y velocidad con que sus débiles brazos lanzaban las piedras a una distancia enorme.
Estos muchachos no se limitaban, como los de ahora, a dirimir sus contiendas a pedrada limpia en cualquier calle o plaza, sino que organizaban, en las afueras de la población, formidables peleas en las que intervenían centenares de arrapiesos, pertenecientes a barrios rivales, divididos en dos bandos.
Algunas de estas luchas tenían el carácter de verdaderas batallas campales y en ellas nunca faltaban víctimas; tres o cuatro pequeñuelos con la cabeza rota y muchos con las rojas huellas de la merecida azotaina que les propinaban sus padres.
Las pedreas mas formidables, las más terribles, eran las que libraban los chiquillos de las puertas de Almodóvar y de Sevilla, separados, desde tiempo inmemorial, por odios africanos.
Muchas veces duraban varios días y, casi siempre, para terminarlas tenía que acudir la Guardia civil porque la municipal no era suficiente.
Generalmente resultaba vencedor el bando de la puerta de Almodóvar y entonces el vencido se adelantaba hacia aquel, en actitud humilde, cantando a coro:
Guerra, guerrilla,
guerra, guerrón;
la puerta de Sevilla
pide perdón”.
Este acto de humillación enardecía los ánimos del bando opuesto, que contestaba orgulloso:
La puerta de Almodóvar
dice que no”
Antiguamente las niñas también dedicaban las horas de recreo a juegos que ya han caído en desuso, como el de saltar con un cordel o iban a los paseos llevando, orgullosas, en sus brazos la muñeca de rostro mofletudo y coloradote, vestida por ellas primorosamente.
Hoy las muchachas, en sus ratos de ocio, no se convierten en diminutas señoras, cocineras o niñeras de sus casitas de juguetes, sino que se reunen para hablar de noviazgos o aprovechan los momentos en que se hallan libres de la vigilancia de sus padres para escribir cartas, llenas de garrapatos [sic], a los pollos , todavía encerrados en el cascarón, que las cortejan y requieren de amores.
¡Mudanzas de los tiempos!
Diciembre, 1919.
