Menú alternativo
Toggle preferences menu
Menú alternativo personal
No has accedido
Tu dirección IP será visible si haces alguna edición

Los Títeres (Notas cordobesas)

De Cordobapedia
Revisión del 20:12 24 ago 2026 de Aromeo (discusión | contribs.) (Ordenación alfabética en la categoría Notas cordobesas)
(difs.) ← Revisión anterior | Revisión actual (difs.) | Revisión siguiente → (difs.)


Los Títeres es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

Uno de los espectáculos predilectos del público hace cuarenta años eran los títeres, denominación que generalmente se aplicaba;no a las exhibiciones de muñecos movidos por medio de cuerdas, a las sombras chinescas ni a los juegos de manos, sino a los volatines, a los ejercicios de fuerza y a los trabajos de los acróbatas.

Cuando se anunciaba una función de títeres, lo mismo en el teatro que en la plaza de toros, acudían a precenciarla [sic] casi tantos espectadores como concurren hoy a la fiesta llamada nacional y la gente sencilla deleitábase con los chistes y las inocentes escenas cómicas de los payasos y admiraba, emocionadas, los arriesgados equilibrios del funámbulo o la agilidad prodigiosa de los barristas.

En las tertulias se comentaba la habilidad de los titiriteros como hoy se comentan las faenas del Gallito o Belmonte, y la musa popular les dedicaba coplas que oíamos en todas partes, lo mismo que ahora escuchamos el couplé de moda.

¿Qué persona de edad madura no recordará aquella canción vulgarísima que comenzaba así:

"Si a los títeres vienes

yo te pago la entrá.

Si mi madre se entera

qué dirá, qué dirá."

Uno de los artistas que más llamaron la atención en Córdoba hace cuarenta años fué el que se titulaba el Hombre mono, fiel imitador de dicho animal, que trabajó, durante una larga temporada en el café teatro del Recreo.

Numerosísimo público acudía a admirar a aquel notable gimnasta que, semejando, por su difraz [sic], un enorme orangután, saltaba de mesa en mesa, columpiábase en un trapecio, trepaba por una cuerda vertical con facilidad pasmosa y en sus movimientos, gestos y aptitudes imitaba al mono con rara perfección.

Aquel trovador ambulante conocido por Antonet, todos los días aumentaba su repertorio de coplas de actualidad durante la actuación del artista citado con algunas alusivas al mismo, tales como esta:

"Mamá llévame al Recreo, mamá llévame al café que dicen que el Hombre-mono es lo que tiene que ver." "En el teatro y en el café el Hombre-mono se iba a caer."

Una mañana en las baldosas de todas las calles de esta capital aparecieron escritas con gruesos caracteres negros estas palabras: Miss Zaeo .

El anuncio, nuevo por su forma en nuestra población, despertó la curiosidad general.

¿Quien era Miss Zaeo? Una artista que, pocos días después, se presentó en el Gran Teatro.

Hacia diversos ejercicios, algunos bastante arriesgados; andaba con los pies dentro de unas cestas, sobre un alambre colocado a la altura del anfiteatro; servía de proyectil humano a la especie de catapulta que la lanzaba, con gran fuerza, desde el escenario a una red colocada en el patio de butacas; se arrojaba a esta red desde la claraboya que hay en el centro del techo de la sala y representaba una pantomima en la que, simulando una mariposa, por medio de una complicada combinación de alambres invisibles para el público, volaba sobre las flores de un jardín, deteníase en ellas y burlaba la tenaz penecución de un cazador. En esta escena, presentada con mucha propiedad, producía un efecto sorprendente y era el principal atractivo del espectáculo.

En el mismo coliseo actuaron; bastantes años después, tres artistas muy notables que se denominaban los Han-lon-lés y poseían un repertorio tan variado como original de trabajos gimnásticos, acrobáticos y cómicos.

Tambíén representaban pantomimas muy graciosas y nuevas, entre las que sobresalía por sus extraños episodios una titulada Un viaje a la luna .

Los citados artistas representaban indistintamente papeles de hombre o de mujer y se disfrazaban con tal perfección que el público no llegó a saber el sexo a que pertenecían.

Hospedábanse en el Hotel de Oriente y todos los días anunciaban sus funciones en los espejos de la citada fonda dibujando con jabón los títulos de los trabajos y pantomimas que habían de ejecutar.

Estos anuncios constituían verdaderas obras de arte, tanto por la variedad de los enlaces y combinaciones de letras, como por las primorosas flores y caprichosos pájaros conque los adornaban.

Los dibujos de los Han-lon-lés se hicieron tan populares como sus ejercicios y gran número de personas acudía al Hotel de Oriente para admirarlos.

También es digna de especial mención la compañía de titiriteros japoneses dirigida por Chasco-melli que trabajó asimismo en el Gran Teatro.

Su especialidad eran los ejercicios de equilibrio, en los que no tenia rival, y uno de los artistas que la formaban hacia maravillas con un sencillo juego de niños, el de bailar el trompo.

Finalmente consignaremos, entre los titiriteros más notables que han desfilado por nuestro primer coliseo a Geraldine Leopold, la incomparable gimnasta y creadora de la danza serpentina, pues con su belleza, gracia y distinción, cautivaba a todos los públicos.

En la Plaza de toros, el lugar más apropósito para esta clase de espectáculos, se han celebrado innumerables funciones de títeres y han actuado también artistas de renombre.

Dos de los que más llamaron la atención, en tiempos ya lejanos, fueron Madame Shaqui, una funámbula que se deslizaba, con rapidez vertiginosa, por un alambre inclinado, desde la grada cubierta hasta el ruedo y el Hombre de la montaña espiral, un intrépido artista que ascendía y descendía por una rampa en forma de escalera de caracol sin antepecho ni barandal, subido en una enorme esfera de madera a la que daba vueltas con los pies.

Este arriesgadísimo trabajo le costó la vida en Valencia.

En nuestra capital sólo ha habido que lamentar un accidente desgraciado en esta clase de espectáculos, el cual ocurrió en el Circo de los Tejares.

Un volatinero sujeto a una maroma vertical que tenia arrollada en una pierna, daba vueltas rápidamente; rompióse la cuerda y el infeliz cayó desde una gran altura.

El percance le obligó a permanecer durante algunos meses en una cama del hospital.

Una compañía de gimnastas árabes llamada de Beni-Susú, celebró algunas funciones primeramente en un circo instalado en la feria y después en la Plaza de toros, llamando extraordinariamente la atención por los difíciles y arriesgados trabajos que ejecutaba.

Había un tirador de puñales que hacía con ellos la silueta de un compañero suyo colocado delante de un tablero arrojando dichas armas desde una gran distancia y clavándolas alrededor del cuerpo del artista.

Asimismo figuraba entre: la mencionada. agrupación de árabes uno que descalzo y utilizando como trampolín una baldosa, pasaba, de un salto, por encima de un carro con toldo, y de diez hombres que se situaban detrás de aquel en dos filas provistos de larguísimas espingardas, las cuales disparaban en el momento de saltar el artista.

Pero de todas las compañías que han actuado en nuestra capital ninguna consiguió tanta popularidad como la de los hermanos Resusta Teresa.

Nos visitó en dos épocas, permaneciendo aquí, en ambas durante algunos meses.

Celebraba funciones en el Circo de los Tejares todos los jueves y domingos y, tanto por la baratura del espectáculo cuanto por las simpatías que lograron captarse los Resusta Teresa y sus compañeros, la Plaza se llenaba de público que acudía para admirar los emocionantes trabajos titulados Los trapecios volantes y El hombre-cañón y para reir a mandíbula batiente con las pantomimas de la Muerte y El oso y el centinela .

Cómo en los tiempos a que nos referimos los títeres eran uno de los recreos favoritos lo mismo de las personas mayores que de la gente menuda, no sólo había funciones de volatines en los teatros y en la plaza de toros, sino también se efectuaban en la vía pública.

El célebre funámbulo Blondin cruzó la plaza de la Corredera, cerca del arco. bajo, sobre una maroma sujeta a los balcones de los últimos pisos de las casas.

Dos noches efectuó este arriesgado ejercicio, ante numerosísimo público, que observaba con asombro, con verdadero estupor, cómo el artista se deslizaba por la cuerda, se arrodillaba en ella, se tendía, simulaba en ocasiones que perdía el equilibrio y estaba a punto de caer.

Resultaba una visión interesante la de aquella figura, al parecer suspendida en el espacio, iluminada por los rojizos resplandores de las grandes mechas de trapos y estopa que llevaba en los extremos de su balancín.

En la época de la feria Nuestra Señora de la Salud venían modestas compañías de titiriteros que instalaban trapecios, en la Hollada : detrás del muro posterior de los jardines altos y allí, al aire libre, celebraban funciones todas las tardes.

La concurrencia de espectadores era extraordinaria; muchos ocupaban las sillas del Asilo de Mendicidad, que se colocaba entonces en los paseos y cuyo alquiler valía solamente dos cuartos, pero gran parte del público permanecía en pie, para que la diversión le resultase más barata.

Y en diversas épocas del año, especialmente durante la Pascua de Navidad y el Carnaval, nos visitaban titiriteros de la última categoría en su clase, que en cualquier calle o plaza nos ofrecían un espectáculo de volatines.

Sobre las duras guijas del pavimento extendían un pedazo de alfombra rota y descolorida y allí daban saltos mortales, hacían piruetas y contorsiones, pasaban a través de aros muy pequeños, representaban escenas bufas, después de haber reunido a un par de docenas de transeuntes, en su mayoría mozas y chiquillos, que acudían atraídos por las estridentes notas de un cornetín o el destemplado redoble de un tambor.

Mientras se verificaban estas funciones, algunas mujeres con los rostros pintarrageados y los cuerpos flácidos mal cubiertos por mallas despintadas y cortos vestidillos de colorines llenos de enmohecidas lentejuelas postulaban con un platillo entre la gente del corro.

Esta empezaba a desfilar antes de que les pidiesen la limosna y, en muchas. ocasiones, los infelices. titiriteros suspendían la función por falta de público, llenos de tristeza y desaliento al ver las vandejas [sic] vacías, sin una miserable moneda de cobre.

¡Triste sino el de esta bohemia que pasa la vida divirtiendo a la humanidad y nunca tiene una hora de gozo ni de bienandanzas!.

Marzo, 1920