El Gran Teatro En Feria es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.
Texto
Durante el último tercio del siglo XIX, época en que se rendía culto al verdadero arte, eran brillantísimas en el Gran Teatro las temporadas de Feria de Nuestra Señora de la Salud.
Casi todas las familias de la aristocracia cordobesa y muchas de los pueblos de esta provincia se abonaban a palcos, plateas y butacas y un público numerosísimo invadía todas las noches las localidades del anfiteatro y el paraíso.
Por el escenario de nuestro primer coliseo desfilaron las mejores compañías y los artistas más eminentes de aquellos tiempos ya lejanos y venturosos en que no se conocía el cinematógrafo ni las variedades.
¿Quién que haya pasado de los sesenta años y sea aficionado a la ópera no recordará con fruición a Blanca Donadio, Enrique Tamberlik y Napoleón Vergeer, los tres cantantes insignes que, ya en el dintel de la vejez, visitaron, en dos ocasiones a Córdoba y nos deleitaron con la magia del arte más exquisito, haciendo gala de portentosas facultades como si estuvieran en plena juventud y apesar de hallarse uno de ellos, Napoleón Vergeer, tan enfermo, que el público le invitaba a que cantara sentado porque apenas podía tenerse en pie?
Posteriormente también actuó dos veces en el Gran Teatro Enma Nevada, aquella mujer con cuerpo de muñeca y voz de ruiseñor que no tuvo rival en su género.
Cuando cantaba venían muchos forasteros a oirla y entre las butacas y en los pasillos de las plateas había que colocar sillas a fin de aumentar el número de localidades.
Y ¡terribles caprichos de la suerte! aquella cantante sin-rival, pocos años después de haber recorrido triunfalmente el mundo, volvió a Córdoba, ya en el periodo de decadencia, sin compañía, sola; anunció un concierto en el mismo teatro donde obtuvo éxitos inolvidables y no lo pudo celebrar por falta de auditorio.
Otra artista casi tan notable como la anterior, Regina Paccini, nos cautivó así mismo interpretando La Son á mbula, Lu cía de Lanmemoor y El b arbero de S ev ilIa.
Y últimamente en el coliseo de la calle de la Alegría aumentaron la interminable serie de sus éxitos artísticos la Kuffer y la Bonaplata y él tenor Viñas, que hoy ocupa el primer puesto entre los cantantes españoles.
Alternaban con las compañías de ópera las llamadas hoy de za r zu e la grande, para distinguirlas de las que cultivan el género chico, y de aquellas consignaremos la de Pablo López, que pasaba frecuentes y larguísimas temporadas en esta capital, la de Roca Subirá y la de Gorgé, formada casi exclusivamente por una sola familia.
Nuestros abuelos y nuestros padres no se cansaban nunca de ver y oir El anillo de hierro, La tempestad, El salto del pasiego, Marina y otras muchas obras de argumento interesante y música inspirada que hoy califican de cursis quienes tienen estragado el gusto por las pantomimas del novísimo teatro y los cuplés de moda.
¡Qué revolución produjo entre nuestro público lo mismo que entre el de todas las poblaciones de España Arderius, con sus bufos inolvidables!
Era su género completamente nuevo, original, sugestivo. Obras cómicas llenas de gracia, con música retozona y alegre, en cuya presentación se hacia un derroche de lujo y de visualidad. Decoraciones fantásticas, trajes caprichosos, brillantes juegos de luces y, sobre todo, una legión de mujeres jóvenes y bellas que tenían poca voz, pero muchos encantos que admirar.
El público no se cansaba de ver Robins ó n, Sueños de oro, El Potos í submarino, La vuelta al mundo y El siglo que viene y la primera temporada de feria que Arderius actuó en Córdoba fue, sin duda, una de las mejores del Gran Teatro.
Este genero que casi murió con su creador fué resucitado bastantes años después por Cereceda, quien volvió a ponerle en moda con gran éxito.
Y aquí como en todas partes, la Pascua de Pentecostés en que lo dió a conocer contaba por llenos las representaciones de El chaleco blanco , con su banda de cornetas femeninas; La espada de honor, con sus desfiles y maniobras militares, también. a cargo de mujeres, y Cádiz, con su marcha patriótica que el público no se cansaba de escuchar y aplaudir.
Dignas de las compañías de ópera y zarzuela que trabajaban en el citado coliseo eran las de opereta italiana que también venían a actuar en la época de feria..
De ellas citaremos sólo una, la más notable; lade Giovannini, en la que figuraban el veterano tenor Tanchi, que en más de una ocasión vino a cantar el Miserere en nuestra Basílica, y los graciosísimos actores Grossi y Gallino, que deleitaban al público en C in -ko-ka y Fatinitza .
Todas las eminencias del arte dramático español que había en los comienzos de su decadencia desfilaron también por la escena del Gran Teatro, ofreciendo el espectáculo más importante y culto que figuraba en los programas de feria.
Antonio Vico, Donato Jiménez, Ricardo Calvo, acompañados de la Contreritas, una actriz sin pretensiones pero de mayor mérito que muchas de las que hoy pasan por eminencias, nos recreaba con las hermosas creaciones del teatro clásico español, y Vico que, ya viejo y desalentado procuraba solamente salir del paso, estuvo en una temporada de feria a la altura inconmensurable de sus mejores tiempos, reveló su talento y su inspiración portentosos, aguijoneado por las acerbas censuras de un periodista, que llegó a decir del insigne creador de El zapatero y el rey verdaderas heregías [sic], tales como las de que no sabia sus papeles ni vestía las obras con propiedad.
Luego Emilio Mario nos recreaba con su extraordinaria naturalidad, caracterizando tipos tan interesantes como el Cura de Longueval , en comedias lindísimas, admirablemente secundado por una agrupación de buenos actores, entre los que figuraba, como dama joven, una de las primeras actrices que hoy disfrutan de reputación más legítima, Carmen Cobeña.
Recibida con júbilo extraordinario por todos los amantes del arte escénico era María Tubau, que poseía un repertorio varadísimo de obras francesas y españolas muchas de las primeras traducidas por el esposo de la genial actriz Ceferino Palencia y la mayor parte de las segundas originales de éste.
¡Qué irreprochablemente, con qué lujo de detalles representaba La Corte de Napole ó n ! ¡Y de qué manera tan asombrosa caracterizaba a Margarita Gautier, la dama de las camelias, personaje en cuya interpretación sólo la superó la trágica sin rival en el mundo Sara Bernard!
Cuando María Tubau ponía en escena dicha obra el público, al par que en la eminente artista, fijaba la atención en sus hijos, unos ángeles rubios que desde un proscenio arrojaban besos y aplaudían a su madre y se deshacían en llanto al verla con los estertores de una agonía que, en otro lugar, nadie habría podido apreciar si era una realidad o una ficción.
De categoría inferior a las mencionadas, pero muy estimables, eran las compañías de Paulino Delgado, actor que con su declamación altisonante y con sus latiguillos oportunos lograba arrebatar a los espectadores de la galería; la de Wenceslao Bueno, el médico que, por caprichos de la suerte, se convirtió en cómico; hombre serio, formal, como lo demostró enviando sus padrinos en Córdoba a un espectador que se permitió dirigirle una broma desde una platea, y la de Cepillo, que logró aquí popularidad extraordinaria con la preciosa comedia Milita r es y paisanos, en la que se destacaban por su extraordinario relieve Concha Constán y Manuel Espejo.
Finalmente mencionaremos al innolvidable [sic] Julián Romea, actor y autor de merito excepcional que consiguió uno de los mayores triunfos obtenidos en nuestra población, con su admirable sainete El mundo comedia es o el baile de Lui s Alons o .
Julián Romea actuó en el Gran Teatro durante diversas temporadas y frecuentaba esta ciudad aunque no tuviera que trabajar en ella, parque aquí dejó un pedazo de su corazón; un hijo que en edad muy temprana le fue arrebatado por la muerte.
Entre las localidades constantemente abonadas figuraba una platea la que el público llamaba de las viejas ric as porque la ocupaban varios amigos, todos alejados ya la juventud, solterones recalcitrantes y hombres de buena posición, siempre dispuestos a actuar de Tenorios entre bastidores.
¡Cuántas cómicas aventuras de las viejas ricas podríamos relatar si la discreción nos lo permitiera!
Mayo, 1920.
